Bad Bunny incendia Barcelona con una descomunal fiesta de identidad compartida

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Primero fue la pantalla, enorme. Desde allí unos chavales hablaban sobre el concierto, en una calle, en catalán, los idiomas son importantes en él. Luego salió. Se quedó plantado en el escenario, diáfano, sencillo, una plataforma. Detrás la banda de rosa. Él de crema, trajeado, respirando como para encajar el griterío atronador de la multitud, ya rendida. Pasaron unos segundos, largos y tras ellos la banda comenzó a salsear y pareció que sus ojos, tras una gafas de montura dorada, brillaban aún más mientras sonaba La Mudanza. El griterío subió, y el estadio bailó sonriente y cadencioso, todo él, con Callaita y luego con Pitorro de coco, introducida con un solo de cuatro puertorriqueño. Sonido orgánico para canciones de siempre que desde generaciones han palpitado en la memoria latina, pop tropical con Weltita, bolero en Turista, salsa de nuevo, trombones desatados en Baile inolvidable coreografiado con lucecitas que partían de las cámaras repartidas en la entrada y más salsa con Nuevayol con su motor dembow. Emocionante en mayúsculas, piel de gallina, todo el mundo enloquecido, solo estático el cemento. Bad Bunny en Barcelona. Mejor no se podía empezar, en serio. El día se despedía, comenzaba la fiesta y el orgullo de ser latinos iluminaba más que los focos. Seguir leyendo