(ZENIT Noticias – TerraSantaNet / Beirut, 25.05.2026).- La motivación es siempre la misma: eliminar estructuras y armas de Hezbolá situadas cerca de la frontera sur del Líbano, utilizadas para amenazar el norte de Israel, especialmente Galilea. Así, las fuerzas armadas israelíes atacaron a principios de mayo la aldea de Yaroun, a menos de dos kilómetros de la Línea Azul —la frontera israelí-libanesa—, donde quedaban pocas familias cristianas y musulmanas, destruyendo la escuela católica de las hermanas salvatorianas de la Anunciación, una pequeña orden religiosa grecocatólica. El centro existía desde hacía más de medio siglo y era un referente para la comunidad local. El convento también resultó dañado.Diez días antes, el ejército israelí había precisado los parámetros de una «zona de seguridad avanzada» que pretende establecer en el sur del Líbano de cara a un alto el fuego definitivo. Según los datos recogidos por el diario libanés L’Orient-Le Jour, el área se extiende por algo más de 600 kilómetros cuadrados, equivalente a casi el 6 por ciento de todo el territorio libanés, y comprende decenas de ciudades y aldeas. Son 68 las aldeas controladas por el ejército israelí, según declaró el 11 de mayo el primer ministro libanés Nawaf Salam: antes de que la guerra se reanudara el 2 de marzo, eran solo cinco. La ocupación abarca aproximadamente la mitad del territorio al sur del río Leonte (Litani), a unos treinta kilómetros de la frontera israelí. La estrategia de las FDI israelíes consiste en prohibir completamente el acceso a estas aldeas a sus habitantes. Una ocupación que reproduce la que Israel impone en los Altos del Golán desde hace casi sesenta años, y en la mitad de la Franja de Gaza desde octubre de 2025.A falta de un censo fiable —que en el Líbano no se realiza desde hace décadas—, las estimaciones sobre la población forzada a abandonar las aldeas se basan en los padrones electorales de 2022 e indican que al menos 200.000 adultos han sido obligados a dejar sus hogares (quedan excluidos los residentes menores de 21 años, por no figurar en dichos padrones).Esta nueva guerra ya ha causado casi tres mil muertos. Numerosos civiles, personal de rescate y periodistas han sido asesinados. El uso por parte del ejército israelí de bombas de fósforo, que hacen los territorios permanentemente inhabitables e imposibles de cultivar, ha sido denunciado por múltiples partes.Un franciscano entre los desplazadosFray Toufic Bou Mehri, fraile menor de la Custodia de Tierra Santa, es párroco de los católicos latinos en un amplio territorio del sur del Líbano, entre Tiro, en la costa, donde se encuentra el convento, las aldeas del interior y la Línea Azul. Relata cómo la gente ha tenido que abandonar sus casas y sus recuerdos, obligada a vivir en un presente suspendido sin poder pensar en el futuro.«La comunidad parroquial de Deir Mimass, en la montaña, a solo cuatro kilómetros de la frontera con Israel, ha quedado aislada —nos dice—. Yo no puedo llegar hasta allí. No puedo alcanzar a mis feligreses que han quedado bloqueados. En este momento están con ellos un sacerdote ortodoxo y un sacerdote melquita». Continúa el padre Toufic: «En nuestro convento de Tiro hemos acogido a casi doscientas personas desplazadas de los pueblos cercanos. Todo lo que hemos podido darles es un poco de cercanía y un techo. Los primeros días no estábamos preparados para recibir a semejante cantidad de gente. Se instalaron en las aulas que usábamos para la catequesis, utilizaron el gran salón donde se preparaba alguna lección o un curso de mosaico. La tela que debía servir de base para el mosaico fue la manta para los niños. Este es un recuerdo que jamás borraré de mi mente… Intentamos darles un poco de dignidad porque se sentían realmente incómodos».Es una zona montañosa la que Israel está ocupando, llamada Jabal Amil, donde históricamente se formó una mayoría musulmana chiita, aunque a lo largo de los siglos muchos cristianos encontraron allí refugio. Un territorio que quedó en los márgenes durante el Imperio Otomano; más vinculado en su economía rural al puerto de Haifa, hoy en Israel, que al de Beirut. En la región se organizó ya tras la Nakba de 1948 una resistencia contra Israel, alimentada por los refugiados palestinos. A lo largo de las décadas, Israel siempre ha intentado controlarlo para reducir la amenaza que desde allí provenía. Ocupó los territorios al sur del río Leonte entre 1978 y 2000, sembrándolo de minas; libró un mes de guerra en 2006.La UNIFIL, la fuerza de interposición de la ONU que existe desde 1978 y que en 2006 inició su último mandato, está llegando al final de medio siglo de presencia. La misión de crear una zona tampón conteniendo a las fuerzas de Hezbolá —de facto un ejército dentro del Estado libanés— ha fracasado en última instancia, mientras la diplomacia internacional debate sobre las fuerzas y los modos con que sustituirla.«El Líbano sea espacio de diálogo abierto y permanente»Los obispos católicos maronitas, representantes de la Iglesia oriental más numerosa del país, reunidos en asamblea el 6 de mayo, quisieron subrayar que «el Líbano no es una simple entidad política contingente y transitoria, sino un mensaje de presencia humana y civil basado en la libertad, la pluralidad y la convivencia».Por ello, instaron a las instituciones del país a asumir sus responsabilidades para hacer prevalecer la Constitución y el Estado de derecho y evitar «todo tipo de deriva hacia los conflictos ajenos».El Líbano sigue en un equilibrio precario: «Ni Israel ni Hezbolá» podría ser el eslogan capaz de aglutinar al mayor número de personas y ofrecer una tercera vía, pero que las instituciones aún no han tenido la fuerza de llevar a la práctica. Por eso los obispos reclaman un Estado más fuerte —que las tensiones entre Hezbolá y los demás componentes del país obstaculizan— y un proceso de paz que conduzca al Líbano a la neutralidad, alejado de los conflictos de Oriente Medio, para recuperarse de las devastaciones económicas y sociales que desde 2019 lo han golpeado.«La inmensa mayoría de los libaneses —concluyen— no quiere una guerra sin fin, una guerra combatida en nombre de otros a costa de su propia vida y su propia seguridad».Fray Toufic observa cómo el Líbano, aunque pequeño, alberga en su interior enormes disparidades: «En el mismo país hay jóvenes que salen por la noche a discotecas en Beirut y en el Norte. Y hay niños que viven con miedo en el Sur, mientras sus iglesias y sus escuelas permanecen cerradas». Continúa el fraile franciscano: «Algunos me han dicho: «Padre, no somos una cifra para las estadísticas y no somos una mercancía que vender para obtener un poco de apoyo y ayuda. Somos personas que piden vivir, y piden vivir con dignidad»». (f.p.)Gracias por leer nuestros contenidos. Si deseas recibir el mail diario con las noticias de ZENIT puedes suscribirte gratuitamente a través de este enlace. The post Sur del Líbano: historias de ocupación appeared first on ZENIT - Espanol.