El calor licuó colmenas, secó millones de árboles y volvió inútiles décadas de tecnología aplicada contra la desertificación. El Sáhara se convirtió en un entorno incompatible con la vida. Y entonces ocurrió algo inesperado: no fue la biología ni la ingeniería lo que empezó a ganar la batalla, sino un gesto físico tan simple que parecía irrelevante.