Queridos alumnos, es decir, ilustres mamones de esa alma mater o madre nutricia que os espera a la vuelta de la esquina:Después de treinta años dando clase me encuentro por primera vez en esta tesitura. Con buen tino y notable perspicacia, generaciones anteriores de compañeras y compañeros han procurado librarme de esta obligación y algo en mí me decía que lo iba a conseguir finalmente. Pero no. Resulta que el destino tiene algo de eutrapélico capricho y puede más y heme aquí entonces para que, presuntamente, os diga algunas cosas tan convenientes como empáticas, cosas del estilo del futuro o la esperanza, del trabajo o la dedicación, del éxito y la satisfacción. Pero, claro, hay un problema, pues ya conocéis este talante atrabiliario, que es que lo conveniente y adecuado se me convierte inmediatamente en problemático, por no hablar de la dichosa empatía, que es un invento moderno de los mortales esos que poco va conmigo.Ahora bien, como después de todo me conozco, y la ocasión está claro que no es para una jeremíada o una filípica (aunque no por falta de ganas), pues he resuelto el brete en que me han puesto los que tan bien me quieren preguntándole al ChatGPT (como es natural y hace todo el mundo): grandes y chicos, letrados y semiletrados, por si me podía ayudar con una cosa así. Una cosa como más convencional y solícita, para salvar el expediente, vamos, y no descubrirme demasiado ni quedar corrido en mis adentros por cierta solemnidad impostada. No obstante, al no ser muy ducho en estas contingencias, se me ha ocurrido darle algunas instrucciones porque tampoco quería que lo hiciera él solito y me repitiera discursos con poemitas ridículos al final o frases rimbombantes que nadie entiende pero que quedan muy bien. De esta manera, le he puesto Virgen de la Cabeza, alumnos, por aquí, graduación, por allá, y bachillerato y tutor y universidad y Marmolejo, y no sé cuántas cosas más. Luego le he dicho, así, entre nosotros, que introdujera algunas palabras y expresiones típicas de la comarca, como para darle un color local a la cosa y no me traicionara mi Bardulia querida. Y entonces..., pues le he dado al botón. Y nada. ¡La Vística! En diez segundos tenía mi discurso de bachillerato, de graduación, de fin de ciclo. Admirable, desde luego. Pues bien, he aquí tal, y con él empiezo en consecuencia. Olvidaos por tanto de lo que acabo de decir y atended ahora. Estoy seguro de que se le va a entender mejor que a mí. Que la máquina ignore la parresía, aquella vieja y cínica virtud de hablar con franqueza y sin tapujos, mi último privilegio, es lo de menos. Lo que importa es que ha obedecido y me ha hecho un favor. No es poco.Dice así entonces esa inteligencia emasculada de nuestro tiempo.Queridas alumnas y queridos alumnos:Subo al atril para desearos felicidad lo mismo que un chocolatín del cielo, para recomendaros generosidad en vuestras vidas, pues bendita la aceitera que da para casa y para fuera, para induciros a que viváis con alegría pues es jiennense anhelo. Es verdad que os lo dice un profesorucho de instituto, morenito y pequeñito, aunque ensoberbecido por la platina del orillo de esos libros suyos que no habréis de leer, pero que en verdad disfruta de su oficio como el que lo hace con la luz de la luna.Cervantinamente, lo suelo llamar bachillear, aunque alguno lo haya comparado con desatascar barrenillos o atrapar escarabajas. Y de verdad os digo que mentira seríe si otra cosa os dijiere. Mester que os diga, por si quedaran suspicacias, que todo esto sale de un corazón que no sabe de cuentas y de un entendimiento que no conoce albardas, por lo que os exhorto a que estéis atentos al menos a dos cosas, por si me queréis hacer caso por un momento: atención entonces, por una parte, a cuando os pongáis a hacer las vuestras propias para conseguir esos objetivos que os lastimarán la vida; atención, por la otra, a cuando notéis que os subyugan o intimidan o entristecen y caigáis en la tentación de pensar, de desear que las cosas fueran sido de otra manera. Sabed que nadie puede tanto, mal que les pese, que nunca se sabe, que todo está por delante, cierto, pero que ese delante está abierto a cada momento, y que hay trochas y calveros y lugares donde remansarse, donde asentarse y hasta perder el sentido hasta el punto de no saber si se va o se vuelve. Y es que esa es la gracia de todo, de absolutamente todo, de esos amores que tengáis (enamoraos al menos una vez), de esos hijos que traigáis al mundo (y a los que deberéis contar cuentos cuando estén a pique de acostarse) o de esas cosas que hagáis con vuestras manos e inteligencias (sólo os pido que no sean demasiado inútiles y estúpidas, valga la farfolla o redundancia). Pero a lo que íbamos. No malbaratéis el talento ni derrotéis las oportunidades; no tenéis derecho a hacerlo. Vivid sin miedo, aunque guarde la viña, según dicen, y recordad que, a fin de cuentas, aquí me tenéis, colgado entre cielo y tierra, para un roto o un descosido, pues que tutor se es durante un tiempo, pero extutor... toda la vida. ¡Viva el Virgen de la Cabeza!