Igual que se ficha en las oficinas con las apps o el cuerpo de funcionarios despliega formularios, Jonas Vingegaard captura al fin la 'maglia' rosa del Giro de Italia. Lo hace en cumplimiento de un programa, piezas engranadas en una cadena que entregan un resultado. Sin emoción ni misterio, nada de épica o grandeza en la elaboración, el danés vencedor de dos Tour de Francia y una Vuelta a España, es el nuevo líder del Giro en recambio del portugués que sí se dejó la vida desde su inferioridad, el portugués Afonso Eulalio. Tan apasionante como que mañana es domingo, Vingegaard despliega un plan de trabajo en una jornada laboral de sábado con su equipo, el Visma Lease a Bike. Una idea trazada en la reunión matinal del autobús con los datos de los corredores, las altimetrías del trazado y la cuestión estratégica de sus directores. «Hemos completado un grandísimo trabajo, todo lo teníamos bajo control, había corredores peligrosos en la fuga, con Kuss y Piganzoli lo podíamos hacer bien en el último puerto a la espera del ataque de Vingegaard, que ha rematado un gran trabajo global». Con estas palabras ratifica el director deportivo del Visma, Marc Reef, el enclave táctico de su equipo y la carencia de sentimientos respecto a la obra. No hay risas, ni parabienes, tampoco algún detalle contagioso para el personal. «El Giro tiene una gran historia detrás», concede Reef entre las comisuras de la boca. Sin réplica posible, el Visma controla la escapada de 23 unidades que se va reduciendo según caen los kilómetros de una etapa corta (133) y van surgiendo más puertos. Por allí han asomado cuatro corredores del Movistar, el equipo que sigue peleando con máximo empuje para atraer la suerte a su lado. Ni Einer Rubio ni Enric Mas pueden acelerar el avance de la fuga por los puertos cercanos al valle de Aosta, por más que lo intentan junto al italiano Ciccone y al noruego Leknessud y el ecuatoriano Narváez. El Visma siempre los tiene a tiro. Llegados al puerto de desenlace en Pila (16 kilómetros al 7 por ciento de desnivel), los fugados solo tienen 1 minuto y 40 segundos para escapar de las fauces del Visma, que no se pone nervioso. Calcula el ritmo con Kuss y luego con Pingazoli y administra segundos como quien despacha facturas. No hay nada deslumbrante ni apasionado en el ataque de Vingegaard, que se levanta un segundo para tomar impulso y se sienta en su bicicleta para apurar con paso firme y piernas de acero los cuatro kilómetros hasta la cumbre. Se repite la historia, sale Félix Gall en su persecución en distancia, sin posibilidad de aproximarse, Hindley y Pellizari quedan lejos muy pronto. Vingegaard no tiene rival en el Giro salvo la fatalidad o una desgracia. El danés besa su Cervélo al llegar a la meta, también su anillo de casado una vez más. Vestido de azul por el reinado de la montaña, cambia el atuendo por el rosa. Y no hay mucha historia más en sus declaraciones: «Cuanto más empinado era el terreno, más debía intentarlo. El equipo ha hecho un gran trabajo y lo merecíamos». Hay más pasión en los últimos metros del portugués Afonso Eulalio, que se retuerce en cada curva para no regalar ni un segundo de su 'maglia' rosa al nuevo líder. Y obtiene premio. Es segundo en la general, a 2:26 del nórdico implacable.