Roland Garros enloquece: Djokovic también cae

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Carlos Alcaraz se dio de baja de Roland Garros por la lesión en la muñeca derecha: Jannik Sinner sucumbió ante las altas temperaturas y un estupendo Juan Manuel Cerúndolo en segunda ronda, y en tercera es Novak Djokovic el que se despide de París tras ver cómo Joao Fonseca minimizaba sus dos primeros sets y se hacía enorme en la Philippe Chatrier. Tras cinco horas de partido, el brasileño protagoniza otra sorpresa en París al tumbar al serbio por 4-6, 4-6, 6-3, 7-5 y 7-5. Se despide Djokovic de la pista que conquistó en tres ocasiones con una mano en el corazón. Hay una ovación profunda y emocionada porque cada vez es una menos que le quedan en el contador de su carrera. Y este adiós es doloroso porque es demasiado temprano para sus ilusiones en este Roland Garros loco, y porque sucede después de haber logrado los dos primeros sets y hasta de tener un 3-1 en el quinto. Pero es la vida, y el ciclo del tenis, porque al otro lado había un enorme Joao Fonseca que se lo fue creyendo conforme pasaban los minutos. Que quería despegar por fin el brasileño, que con 19 años había ilusionado, pero en el salto al circuito de los mayores lo deslumbraron un poco los focos. Así que este partido tenía todo lo que necesitaba para afrontar el examen de la madurez. Y qué notaza saca Fonseca. Porque tenía enfrente a la leyenda que lo somete en los dos primeros sets como si no tuviera 39 años. «No parece que tenga la edad que tiene», admitía el joven después de ganar el partido de su vida. Así se muestra el serbio, descomunal en la gestión del tenis, de las emociones, del físico durante una hora de juego impoluto, del Djokovic de las mejores tardes. Pero lo admitía también el de Belgrado, que necesitaba partidos cortos y sin demasiado desgaste y ya en la previa tuvo que esforzarse hasta los cuatro sets y el cuerpo ya no recupera tan bien como antes. Y Fonseca, al contrario, sacó a relucir su edad, su garra, su derecha, su fenomenal puesta en escena y esa estabilidad con la que a veces se desequilibraba en los grandes escenarios. A partir de ese 0-2 hubo un Fonseca superior, evolucionado, con una madurez y una confianza que empiezan a sacar de quicio a Djokovic, que juega con todo en algún momento del encuentro porque ya el físico empieza a renquear. No así el tenis, y el partido en la Chatrier gana enteros, sube niveles, revoluciona los efectos y enloquece al personal, una auténtica batalla entre los ruidosos brasileños y los que se niegan a retirar a Djokovic. Hay enfados del serbio a la cámara, hay saques directos a 160 kilómetros por hora, hay ángulos que dejan sin respuesta a Fonseca, pero este aguanta y aguanta y aguanta los estirones de brillantez porque sabe que se acabarán y sabe también que él tiene mucho para ofrecer. Empieza entonces su recital, aunque Djokovic lo presione, aunque la Chatrier empuje a la leyenda. Ahí se mantiene en pie Fonseca, para arañar el tercer set, el cuarto y para demostrar que son 19 años muy bien construidos cuando en el quinto vuelve a ceder su saque para que Djokovic se encamine a la victoria con el 3-1. El brasileño tira de todo, de muñeca, de saque, de afición, de jugar con el público que él también sabe. Y empieza a desdibujar al último integrante de una generación que, por edad, le suena a prehistoria. Que ahí están su capacidad de desbordar con una derecha supersónica que agota las reservas de oxígeno de Djokovic, que aún tiene un último aliento para ganarse una bola de 'break' y empujar el partido al 'tie break' y ahí siempre ha sido el mejor, pero se lo niega este Fonseca imperial, que no solo salva la opción de rotura con un saque directo, a las cinco horas de encuentro, sino porque ejecuta dos más, a las líneas, para rubricar la victoria, para levantar los brazos, para inmortalizar el partido de su vida. Que era Djokovic, y toda su leyenda, que eran dos sets en contra, que es la Philippe Chatrier y él apenas la había pisado. Pero ahí está, Joao Fonseca, en octavos de final con todo merecimiento y aplauso del serbio. Que se despide así, con la mano en el corazón. Quién sabe si por última vez de esta Philippe Chatrier.