La sangre es algo tan cotidiano que casi nunca pensamos en ella, como en respirar (ahora tendrás que respirar manualmente). Está ahí siempre, circulando por el cuerpo con un tono rojo en prácticamente todos los animales, transportando oxígeno, participando en la defensa frente a infecciones y manteniendo en marcha funciones básicas para la vida. Sin embargo, su origen es un misterio.Ahora, un equipo internacional liderado por la Universidad de Kioto ha llegado a la conclusión de que parte de la historia de nuestras células sanguíneas podría remontarse 700 millones de años atrás, cuando nuestros antepasados todavía eran organismos unicelulares, ya que entonces los animales apenas estaban naciendo.La sangre es más antigua de lo que pareceLas células no fosilizan como lo hacen los huesos, las conchas o los dientes. Por eso, reconstruir la evolución de la sangre no es tan fácil como desenterrar un fósil y compararlo con una especie actual. En este caso, los investigadores han tenido que seguir otro camino.Lo que han hecho es comparar el transcriptoma de distintos organismos. El término suena enrevesado, pero el concepto idea resulta simple: el transcriptoma muestra qué genes están activos en una célula en un momento concreto. No basta con saber qué genes tiene un organismo, porque casi todas las células comparten el mismo ADN. Lo importante es saber cuáles se encienden y cuáles permanecen apagados.El equipo analizó datos de humanos, ratones, peces cebra, erizos de mar, moscas, gusanos, esponjas y organismos unicelulares próximos al origen de los animales. A partir de ahí, buscaron patrones comunes. Si dos células muy separadas en la evolución usan programas genéticos parecidos, puede ser una pista de que comparten una raíz antigua.La comparación llevó a un protagonista claro: los macrófagos. Son un tipo de glóbulo blanco que actúa como una patrulla de limpieza del sistema inmune. Se mueven por los tejidos, detectan amenazas y pueden engullir microbios o restos celulares mediante un proceso llamado fagocitosis. En otras palabras, se comen aquello peligroso o inútil para el organismo.Según los investigadores, las primeras células sanguíneas pudieron parecerse más a estos macrófagos que a los glóbulos rojos actuales, cuya función principal es transportar oxígeno. Eran células móviles, defensivas y con un comportamiento muy parecido al de ciertos organismos unicelulares.Aquí entra en juego el gen FOS, un concepto clave. Este gen está relacionado con la regulación del crecimiento y la diferenciación celular, es decir, con la forma en la que una célula cambia y adopta funciones concretas. El estudio lo encontró repetidamente tanto en células sanguíneas animales como en organismos unicelulares. Al activar su expresión en uno de estos organismos, las células dejaron de agruparse y adoptaron un estado más aislado y parecido al de una ameba.Esto no significa que llevemos seres ancestrales viviendo dentro de la sangre. La lectura es que la evolución habría reciclado mecanismos ya existentes y los habría refinado durante millones de años. Primero habrían surgido células parecidas a los macrófagos. Después, a partir de esa base, se habrían diversificado otros linajes, como los mastocitos, los linfocitos T, los glóbulos rojos, las plaquetas o los linfocitos B.