Cuando empecé en el mundo del misterio, me sentía un enano entre gigantes. En aquel entonces, admiraba a mucha gente y anhelaba que tal investigador supiese de mi existencia, o que aquel divulgador me firmase ese libro que atesoraba como oro en paño. Es más, cuando conocí a mi pareja, quien llevaba más años inmersa en la parapsicología, y me contó a quiénes conocía, aluciné. Pero lo que más me llamó la atención fue cómo normalizaba esos contactos, basándose en la idea de que todos somos iguales. Sin embargo, cuando entré a trabajar en Rutas Misteriosas, vi que, pese a mis conocimientos, seguía arrastrando esa ancla: “¿Qué hace este pringado haciendo rutas junto a semejantes profesionales en la misma empresa?”. Recibí críticas; es normal. Al iniciar un camino hay que aprender, y a veces el ensayo y error es la mejor fórmula para alcanzar la excelencia, o al menos para lograr que los turistas se marchen con una sonrisa en el rostro y con nuevos conocimientos. Lo que más me sorprendió fue la animadversión de cierto sector ultraconservador del ámbito del misterio. Mi pensamiento casi siempre ha sido el mismo: un investigador que no divulga y un divulgador que no investiga son figuras inservibles. En mi opinión, resulta tan inútil como una farmacéutica que descubre una cura y se la guarda. Se puede sacar beneficio de un descubrimiento; quizá en el ejemplo médico sea poco ético, pero en lo que nos atañe lo veo lógico. Hacerlo no te convierte en mejor persona, pero tampoco en peor. Ahora bien, guardártelo para ti mismo es una opción válida, aunque desde mis convicciones lo vea absurdo. Si mantienes una postura tan hermética, ¿Para qué organizar eventos donde se amenaza con denunciar a cualquier asistente que se atreva a sacar un móvil para emitir el acto de manera altruista? ¿Por qué criticar a aquel investigador con opiniones opuestas, si este no te impide seguir con tu juego masónico? Ese sector que huele a rancio, esa chusma selecta que juega a reinar en un imperio imaginario para sus cuatro palmeros locales, me afectó al principio debido a las inseguridades generadas por una vida nada fácil. Incluso reconozco que tuve unas tiraderas curiosas por redes sociales cuando insultaron mi trabajo como guía del misterio en su municipio; y tras responderles con un artículo en este mismo medio, tuvimos nuestros cruces de palabras en Facebook. Y, sinceramente, me afectaba. El tiempo pasó. Ese investigador inseguro publicó de manera tradicional tres libros, realizó más de trece rutas, colaboró más de cien veces en la radio, hizo su propio podcast y creó redes sociales con seguidores activos. Además, colaboró con entidades públicas en Halloween, fue invitado a programas ajenos, escribió más de cien publicaciones en dos columnas de opinión, se convirtió en miembro de la TCI y organizó cuatro jornadas del misterio junto a una asociación cultural; con la cual también llevó a cabo experiencias paranormales en lugares abandonados. Ese mismo investigador ha colaborado en multitud de investigaciones privadas, impartido ponencias, fundado su grupo oficial de investigación y, hoy en día, copresenta un programa de televisión junto a una gran investigadora. Y entonces, la chusma volvió. Afilaron sus dedos para volver a la carga. Pero esta vez no me afectó. Me encuentro en una etapa en la que por fin creo en mí mismo. Me siento varios escalones por encima de esos elitistas que conviven tan a gusto en su agujero. ¿Y qué pensamiento ocurrente me vino a la mente? Para criticar detrás de una pantalla son los putos amos, ahí les otorgo la victoria. Ahora bien, en el terreno que manejo, que es la parapsicología, podremos debatir cuando consigan tener, al menos, la tercera parte de lo que yo me he ganado a pulso. Como les dije la primera vez que intentaron derrumbarme, mi mano sigue tendida. Pese a todo, creo que las reuniones, los encuentros y las charlas con tintes parapsicológicos nos nutren a todos. Pero si tras varios años siguen demostrando esa misma arrogancia, continuan siendo simplemente una chusma disfrazada de grupo selecto. Mientras tanto, yo seguiré llenando con mis rutas las calles de casi todos los municipios de la provincia de Cádiz... incluyendo las de su propia ciudad. Richard Stine.