PP-Vox y la demolición social de Sevilla  

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El ayuntamiento de la derecha PP-Vox no logra cuadrar sus cuentas políticas con la realidad cotidiana de Sevilla. Mientras su aparato propagandístico insiste en dibujar una ciudad próspera y en expansión, la experiencia diaria de miles de vecinos revela un paisaje muy distinto: una ciudad cada vez más cara, más expulsiva y más subordinada a los intereses del turismo y la inversión especulativa. Cuando se habla de los efectos nocivos del turismo masivo, muchos limitan el problema al casco histórico, como si se tratara de una cuestión estética o de convivencia localizada entre monumentos y terrazas. Pero la turistificación no entiende de fronteras urbanas. Su lógica es expansiva. El encarecimiento de la vivienda, de los alquileres y del coste de vida acaba extendiéndose como una mancha de aceite hacia todos los barrios y municipios del área metropolitana. Quienes creen escapar desplazándose a la periferia descubren pronto que no han salido del problema: simplemente se han convertido en población obligada a la movilidad permanente, atrapada entre alquileres imposibles, largos desplazamientos y una ciudad que ya no se organiza para sus habitantes, sino para el consumo externo. Ahí reside la centralidad del debate sobre el modelo económico de Sevilla. No se trata únicamente de turismo; se trata de dependencia. De una ciudad entregada progresivamente a un monocultivo económico extremadamente vulnerable y socialmente destructivo. sociedadEn este país no hay quién viva: los jóvenes ya tienen que dedicar el 98% de su sueldo al alquiler de una vivienda Emilio CabreraEl centro histórico sevillano no llegó a esta situación por casualidad. Durante décadas sufrió un abandono prolongado, funcionando como una enorme reserva especulativa a la espera de rentabilidad futura. A partir de los años ochenta, cuando el urbanismo comenzó a regirse abiertamente por la lógica de la ganancia, el casco antiguo inició una transformación acelerada. El resultado es visible hoy: Sevilla ha perdido más de 6.000 habitantes en su centro histórico en los últimos años. No es una casualidad demográfica ni un fenómeno natural. Está directamente relacionado con la proliferación de apartamentos turísticos y con la conversión de la vivienda en activo financiero. Mientras tanto, la vivienda pública permanece abandonada a las reglas del mercado. El alcalde encadena anuncios, titulares y promesas, pero la construcción efectiva nunca llega en la dimensión necesaria. Y cuando llega, lo hace mediante promociones con precios inasumibles para buena parte de la población trabajadora. La consecuencia es un círculo vicioso perfectamente reconocible: los vecinos son expulsados hacia zonas más asequibles, esas zonas se encarecen después por efecto arrastre y la presión vuelve a desplazarlos aún más lejos. La ciudad se convierte así en una máquina de expulsión social. José Luis Sanz llegó a la alcaldía prometiendo regulación y equilibrio. Sin embargo, tras tres años de mandato, ha profundizado todavía más el modelo que decía querer corregir. Sevilla vive instalada en una política de escaparate: eventos constantes, marketing urbano y grandes anuncios, mientras numerosos espacios patrimoniales permanecen abandonados o eternamente bloqueados en proyectos que nunca terminan de arrancar. La cultura queda reducida a un instrumento de promoción turística y no a una herramienta de cohesión ciudadana. Lo más preocupante es la ausencia total de aprendizaje político. La pandemia ya ofreció una advertencia severa sobre la fragilidad de una economía excesivamente volcada en el turismo. Bastó una crisis sanitaria para paralizar la ciudad y dejar al descubierto la precariedad estructural delmodelo. Nadie sabe de dónde llegará la próxima sacudida —una guerra, una crisis financiera internacional o un colapso energético—, pero llegará. Y Sevilla continúa avanzando exactamente en la dirección contraria a cualquier idea de resiliencia económica o equilibrio urbano. El alcalde parece escuchar únicamente a promotores, hoteleros e industriales del negocio turístico. El horizonte que se dibuja es claro: convertir Sevilla en un paraíso para la inversión. El problema es que, mientras tanto, deja de ser habitable para quienes la sostienen cada día con su trabajo y su vida.