En el recién clausurado Festival de Cannes, protagonistas del cine español volvieron a exhibir la vis machista. Esta realidad abarca desde las manifestaciones más brutales, como la masculinidad tóxica de algunos lideres mundiales y los feminicidios que denunció Javier Bardem y que abordamos en nuestra entrega anterior, hasta las sutilezas más normalizadas. Resulta inadmisible que a estas alturas se siga infantilizando a las actrices adultas llamándolas “chicas” y que éstas queden irremediablemente subordinadas a la autoría de un hombre, como evidencia la paternalista y cuestionable etiqueta de “chica Almodóvar”.El lenguaje es un instrumento de distribución de poderLas palabras no describen la realidad: la construyen. En el campo de los derechos de las mujeres, la lingüista y profesora Deborah Cameron lleva décadas documentando cómo el lenguaje ordinario reproduce jerarquías sexistas sin que mediemos conciencia crítica. Desde este marco, la expresión "chica Almodóvar" merece un análisis que va más allá de la nostalgia cinéfila de la movida.Resulta muy reduccionista, llamar “chicas” a mujeres adultas como Carmen Maura, Victoria Abril, Marisa Paredes, Verónica Forqué, Penélope Cruz, Chus Lampreave, Cecilia Roth, Rossy de Palma, Elena Anaya y otras actrices con largas trayectorias, e incluso carreras internacionales, premios y un universo interpretativo propio. Sin embargo, la expresión "chica" se usa con sistematicidad para referirse a las actrices que trabajan con Almodóvar.La cuestión no es menor. El uso de diminutivos para referirse a mujeres adultas en contextos profesionales es una forma de infantilización lingüística que denota machismo, como el que recientemente evidenció el patrón del Real Madrid al llamar “niña” a la periodista Lola Hernández, de 54 años y veterana de FOX Sports con más de 32 años de trayectoria profesional.Es discriminación sexistaLa investigadora feminista Sara Mills ha analizado en su obra sobre el lenguaje y el género como mecanismo que resta autoridad y madurez a quienes se aplica. Y jurídicamente resulta una discriminación sexista. De hecho, no existe ningún equivalente cuando se refieren a los hombres: nadie habla de los "chicos Almodóvar" cuando mencionan a Antonio Banderas, Javier Cámara, Gael García y otros actores; sencillamente, son actores que han trabajado con este director. A ellos, la lengua no los infantiliza, ni los convierte en una posesión del director.Esa asimetría no es casualidad. Es la huella de una estructura que Simone de Beauvoir ya señaló en El segundo sexo (1949): la mujer es definida siempre en relación a otro, nunca como sujeto autónomo. "Chica de" es, gramaticalmente, una aposición: no predica nada sobre ella misma, sino sobre su vínculo con un hombre.La propiedad simbólica y la lógica de las musasHay algo más inquietante en la estructura del término: la preposición. "Chica Almodóvar" no sólo infantiliza; también otorga intención posesoria. Coloca a las actrices en el campo semántico de la pertenencia, como los objetos, los territorios o los títulos, y las convierte en extensiones de la visión artística de otro. Bajo la etiqueta "musa" o "chica de", se oculta una relación jerárquica por razón de sexo que en otro contexto llamaríamos subordinación sexual. Actrices con registros radicalmente distintos, como la comedia gamberra de Rossy de Palma, la intensidad dramática de Victoria Abril, la sobriedad de Penélope Cruz, la comedia surrealista de Chus Lampreave quedan fundidas bajo una marca única que no habla de ellas sino de Almodóvar. Se borra así la especificidad del trabajo actoral y se prioriza el universo masculino del cineasta.El mito del descubrimiento y el talento tutelado: la invisibilización de las mujeres"Chica de" no predica nada sobre la actriz; sino de su vínculo con un hombre que es el que la descubre, moldea y le da valor en la industria. No se trata de negar el papel de Almodóvar como realizador. Se trata de cuestionar la asimetría: a ningún director se le atribuye el talento de sus actores masculinos con la naturalidad con que se le atribuye el de sus actrices. Esta lógica del talento tutelado, que la filósofa Kate Manne, en Down Girl (2018), encuadra dentro de la estructura del patriarcado como sistema de distribución desigual del crédito y el reconocimiento, tiene consecuencias materiales: eclipsa currículos, desvía la atención crítica y perpetúa la idea de que el acceso de las mujeres a la excelencia requiere intermediación masculina. De ahí que Camille Claudel, Dora Maar, Lee Krasner, Shigeko Kubota y muchas más, sean más conocidas por ser las musas de Rodin, Picasso, Pollock o Paik, que por su propio arte.Un sello rancio de un país que sigue siendo machistaEl uso del lenguaje no sexista es un mandato legal para las administraciones públicas en España, establecido de forma explícita en la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres; pero también se extiende en las relaciones privadas. El lenguaje no es un espejo neutro de la realidad: es uno de los instrumentos más eficaces con los que una cultura distribuye poder, el reconocimiento, la fama. Llamar a Carmen Maura o Penélope Cruz "chica Almodóvar" no es un homenaje. Ha llegado el momento de que el periodismo cultural, la crítica cinematográfica y el público en general adopten un vocabulario no sexista que esté a la altura de las actrices a las que se refiere. Mujeres adultas, profesionales con méritos propios, artistas con nombre. Las actrices españolas no son chicas de nadie.