Qué ver en Tallin, la ciudadbáltica en la que se colocó el primer árbol de Navidad del mundo

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Hace 800 años, Tallin era ya una ciudad estratégica de la Liga Hanseática que asombraba por sus iglesias, mansiones y edificios públicos que los caballeros de la Orden Teutónica levantaron tras construir una fortaleza en la colina más alta de la capital estonia. Los mercaderes impulsaron también este recinto protegido por una monumental muralla adornada con cuatro puertas y 26 torres , desde la más popular llamada 'Margarita la Gorda' (con un diámetro de 25 metros) hasta la 'Torre Tall Hermann', donde la bandera de la nación se alza con sus tres colores, azul, blanco y negro. Se encuentra en la parte baja de la urbe, separada como si fuera otro estado de la alta, con su plaza del Ayuntamiento que sigue siendo hoy su corazón neurálgico, el lugar donde se colocó el primer árbol de Navidad del mundo en 1441. Entonces la gente bailaba enérgicamente a su alrededor, antes de que se prendiera fuego al árbol, y de ella parten ahora un ramillete de calles estrechas y serpenteantes en las que se respira una atmósfera medieval. Se puede sentir también en su restaurante más clásico, 'Olde Hansa' , donde se cena casi a oscuras, con la tenue luz de unas velas que apenas permiten distinguir la comida, unos deliciosos platos elaborados con recetas de hace 500 años y compartidos con una original cerveza con canela, miel o hierbas, o en la Iglesia del Espíritu Santo con su precioso altar en el interior y su reloj exterior tallado por Christian Ackermann a finales del siglo XVII, una verdadera obra maestra de la época. Tampoco se debe dejar de visitar la farmacia (Raeapteek) en activo más antigua de Europa, situada en una esquina de la plaza del Ayuntamiento y donde se venden remedios tradicionales que sorprenderán a más de un visitante, y conocer otros que eran muy populares en la Edad Media como la poción de piel de serpiente, el zumo de momia, abejas quemadas, lombrices de tierra o el polvo de murciélago. Se puede adquirir en este local el clásico mazapán de la ciudad, pero si se prefiere probar una versión recomendada de este manjar tradicional, lo mejor es acercarse al Café Maiasmokk, el más antiguo de Tallin abierto en 1864, donde Helli Erdel pinta de manera asombrosa decenas de piezas y figuras de mazapán y se pueden tomar algunas variedades originales. Los más atrevidos pueden animarse, por ejemplo, a probar un Vana Tallinn Coffee elaborado con ron jamaicano y extractos artesanales de vainilla y canela. Abandonando el perímetro amurallado y los miradores espectaculares de la ciudad alta, toca visitar el barrio de Rotermann, que se distingue por su arquitectura contemporánea visible en los antiguos edificios industriales de ladrillo y fábricas remodelados: lo que antes eran almacenes de cereales, molinos, destilerías de vodka y licores o talleres de carpintería se han convertido hoy en tiendas, boutiques, restaurantes y apartamentos, donde la gente joven se reúne. Este fenómeno también se ha producido en el barrio de Kalamaja, en la Telliskivi Creative City , emplazada en el antiguo complejo industrial de la capital, pues alberga galerías, pequeñas tiendas, empresas creativas, restaurantes -dos ellos lucen una estrella Michelin- y otros espacios donde se celebran más de 800 eventos culturales a lo largo del año. Uno de sus grandes iconos es Fotografiska Tallinn, un museo de fotografía que se ha convertido en un lugar de encuentro para el arte, la buena comida, la música y el diseño. No hay que perderse las magníficas vistas del casco antiguo desde el bar-restaurante de su sexta planta. También ofrece otra cara Noblessner, el barrio del puerto donde la Rusia imperial construyó el mayor astillero de submarinos, y ahora las modernas edificaciones se mezclan también con un iglúpark en el que los estonios comparten una relajante sauna, el refrescante aire marino y un buen baño con tanto éxito que hasta David Beckham adquirió una de estas saunas por 12.000 euros. El paseo por este litoral es muy agradable, tanto a pie como en bicicleta, y se puede visitar el Museo de los Hidroaviones , que exhibe el submarino Lembit, uno de los dos que se construyeron aquí antes de la II Guerra Mundial; la siniestra prisión de Patarei, destinada a convertirse en un edificio de apartamentos, y la playa urbana de Kalaranna , más pequeña que la playa de Pirita, a tres kilómetros del centro, a la que puede acceder con el autobús 1. Este nuevo espacio contrasta con el cercano Palacio barroco de Kadriorg , construido por el zar ruso Pedro el Grande en el siglo XVIII, y con el Auditorio del Festival de la Canción   de Tallin, escenario clave de la llamada 'revolución de las canciones', que permitió a Estonia independizarse de la Unión Soviética sin derramar una gota de sangre en 1991. «Conseguimos la libertad cantando -comenta el guía de este recorrido por la ciudad-, todos los días 300.000 personas entonaban himnos y canciones de nuestro país hasta que logramos el objetivo y en 1994 salió el último soldado ruso de Estonia». Desde Tallín se pueden disfrutar algunas excursiones en pleno contacto con la naturaleza. Por ejemplo en Viru Bog , a solo 30 minutos en automóvil desde la capital, en el límite del Parque Nacional Lahemaa , para caminar por pantanos y zonas húmedas utilizando unos zapatos especiales que funcionan de una manera muy parecida al calzado de nieve. Los excursionistas pueden caminar libremente sin hundirse ni causar daños al medio ambiente atravesando algunas zonas por plataformas de madera entre áreas húmedas con ciénagas y turberas. Si se prefiere un tour por el Báltico, un recorrido en el antiguo crucero 'Katharina' es la mejor manera de admirar el maravilloso panorama del casco antiguo de Tallin y sus torres. Los huéspedes aprenden un poco más sobre la historia marítima de la capital estonia y pueden tomar fotografías en el puente de mando de esta embarcación construida en Noruega en 1964 con el capitán. Otra opción para el visitante es vivir la experiencia de plantar un árbol en uno de los bosques nacionales contribuyendo a crear un planeta verde y más saludable. Según los expertos, «permanecer en el bosque alivia el estrés, reduce la presión arterial y te hace sonreír», así que puede ser un magnífico broche para acabar un viaje a Estonia.