La estafa del madrugón

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Tal y como está la vida, conviene ser desconfiado para todo. Y si hablamos del Estado y de los dineros, más todavía.Para gozo y agrado propio, mi reciente paternidad me ha granjeado una de las gratas sorpresas con las que uno, anticipadamente, no contaba.Debo reconocer que el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS), en casos puntales, funciona y el Estado provee de manera acertada.Y no hablamos solo de la puntualidad británica con la que los jureles entran en la cuenta, sino que el líquido percibido viene a paliar los muchos tangibles e intangibles que traen consigo la nueva vida.A pesar de lo idílico, el verdadero espanto viene cuando a uno le da por comparar los extractos con tu nómina habitual, más cercana a la economía de guerra que a otra cosa medianamente decente.Justo en ese instante te asalta una duda metafísica ineludible: ¿se premia más no trabajar que trabajar?Mientras estás en el lapso de tu baja, tu única preocupación es que el bebé eructe, haga popó y que las horas de sueño —pocas, pero plácidas— te cundan. El INSS te cuida. Te paga como si fueses un ciudadano digno (porque eso es lo triste, maravillarnos con algo que debería ser normal). Pero el hechizo se rompe el día que te reincorporas a la selva del mercado laboral privado. Volver a la empresa privada en este país es como pasar de un balneario de aguas termales a una piscina de hielo. Y la pregunta se vuelve inevitable, punzante, casi obscena: ¿En qué momento se ha normalizado partirse el lomo y beberse la salud por mil euros menos de los que ganarías por estar plácidamente sentado en el sofá dándole el biberón a tu criatura?Hemos normalizado el absurdo. Hemos aceptado que el esfuerzo cotice a la baja y que el descanso (justificado) sea el único reducto de solvencia.¿Cómo le explicamos a las próximas generaciones que el progreso consistía en esto? Que todo es una burda mentira y que el mito de que el trabajo dignifica es una triste broma que se paga a precio de saldo.Que sigan llorando los comités de dirección por la falta de compromiso de sus empleados; que sigan convocando comisiones de expertos para analizar el absentismo laboral. La respuesta no la encontrarán en sofisticados informes de consultoría. La respuesta la tenemos miles de padres y madres que hemos descubierto el secreto mejor guardado del sistema. Si quieren que volvamos a dejarnos la piel con entusiasmo, si de verdad pretenden que competir contra el bienestar de nuestros hogares valga la pena, van a tener que rascarse el bolsillo. Porque ahora ya sabemos lo que vale nuestro tiempo, nuestra paz y nuestra dignidad. Y créanme, señores CEO’s: es muchísimo más de lo que ustedes se han atrevido jamás a pagar.Gracias por la lectura y feliz lunes.