Gkolomeev se lleva un millón y medio de dólares por batir con trampa el récord del mundo

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Las Vegas nunca fue un templo de virtudes. Entre neones, ruletas y espectáculos de mal gusto, la ciudad del pecado ha acogido de todo: residencias de mafiosos y bodas exprés con Elvis de plástico. Pero lo que ha ocurrido en la madrugada del lunes en una arena improvisada en un aparcamiento junto al Resorts World supera con creces cualquier exceso anterior. Han acogido los Juegos del Dopaje, una provocadora competición en la que los protagonistas han utilizado sustancias prohibidas en el deporte, con el objetivo de perseguir récords mundiales. Sólo han podido con uno, que, naturalmente, permanecerá en el libro de récords de la natación mundial. Lo conseguido en Las Vegas esta madrugada no cuenta con reconocimiento alguno precisamente por el uso, fomentado por la propia competición, de sustancias dopantes. El griego Kristian Gkolomeev , ataviado con uno de los bañadores de goma prohibidos por la Federación Internacional, ha nadado los 50 libre en 20.81, un registro mejor que los 20.88 que figuran (y van a seguir figurando) como récord oficial, en poder del australiano Cameron McEvoy el pasado mes de marzo. El crono de Gkolomeev, estimulado por un programa de un año de utilización de esteroides anabolizantes , viene acompañado de un premio de un millón de dólares, que se suma a los 250.000 que se otorgaban al ganador de cada especialidad. El griego, que también triunfó en 100 libre con unos excelentes 46.60, se embolsó finalmente un millón y medio de dólares. En el resto de las especialidades disputadas no se consiguió el objetivo de superar las marcas que figuran como récords mundiales actualmente. Aún así, hubo otros deportistas que se fueron de la ciudad de los casinos con buenas ganancias, como el estadounidense Cody Miller , de 34 años, que ganó los 50 y 100 braza y se llevó 500.000 dólares. En atletismo, Fred Kerley ha sido el ganador de los 100 metros. El estadounidense, campeón mundial en 2022 y actualmente sancionado por dopaje, se impuso en la prueba reina de la velocidad con un crono de 9.97, muy lejos de ese pretendido objetivo de tumbar los 9.58 de Usain Bolt, que van camino de cumplir dos décadas en el libro de plusmarcas mundiales. Kerley había afirmado extrañamente en la rueda de prensa previa a la competición que llegaba a esta prueba sin haberse dopado. En segunda posición se clasificó el liberiano Matadi, con 10.05. En categoría femenina, la barbadense Tristan Evelyn corrió los 100 metros lisos en 11.25, un crono muy lejano a los de la élite mundial. La escasez de récords ha venido a confirmar que la química ayuda pero no es capaz de fabricar superatletas a la carta de forma automática. Lo que en otros tiempos se escondía en laboratorios clandestinos, en consultas de médicos sin escrúpulos o en maletas con doble fondo, ha querido exhibirse ahora como progreso. Deportistas de cierto nivel han competido sabiendo que sus rivales estaban hinchados de testosterona, hormona del crecimiento o cualquier combinación de sustancias prohibidas por la WADA (Agencia Mundial Antidopaje). Los organizadores, con ese lenguaje corporativo tan propio de Silicon Valley mezclado con circo romano, hablan de «empujar los límites del rendimiento humano». En realidad, todo parece más bien una maniobra encaminada a legalizar la trampa para que ya no sea trampa y vender suplementos nutricionales por internet. Mientras la WADA y las federaciones internacionales denunciaron el evento como «peligroso e irresponsable», en Las Vegas aplauden, sacan la billetera y celebran una dudosa plusmarca pagada con química. Los organizadores de esta competición pretenden que el dopaje acabe ganando la batalla cultural y el deporte clásico se convierta en una rareza para nostálgicos. Las Vegas ha vuelto a demostrar por qué la llaman Sin City. Esta vez, el pecado no fue sólo de carne. Fue de aguja y probeta. Y lo vendieron como futuro.