Cuba aún sigue siendo esa vieja ensoñación de la izquierda española más rancia; es el paraíso socialista en la tierra que todo pijoprogre debería visitar al menos una vez en la vida —alojándose, por supuesto, en un hotel de los caros—. Es el mojito con el que se brinda «hasta la victoria, siempre» en las verbenas; es el póster del Che que preside el fumadero de la revolución de los perros y las flautas. Cuba, de donde antaño llegaban los barcos cargados con la plata de los indianos, cuna del ingenio azucarero, del modernismo literario en Latinoamérica, del combinado con ron, de los comandantes que mandaban a parar y de las tristezas de la España contemporánea, es hoy el epítome de la tierra pobre y encallecida, de las uvas de la ira y del escarnio de la libertad. Desde sus antiguos malecones no se atisba ningún 'skyline', esa vertical prosperidad del mundo moderno, porque el país es miserable, no tiene hidrocarburos y allí no suelen prodigarse los Zapateros de turno. Cuba es el estertor del noticiero, el apagón de cada día, el derroche de indigencia, la muerte en chanclos. Cuba no le importa una higa a nadie, ni a esos voceros del progreso, y tiene que decidir si se peina o se hace los papelillos para no desaparecer del mapa. Hay quien se pregunta de qué pasta están hechos los caribeños. A mí me parece que del mismo hormigón con que los tienen empotrados en los reclusorios. Sólo Dios sabe si algún día se oirán en los patios de los colegios aquello de «de La Habana ha venido un barco cargado de… democracia». Puede que incluso entonces dejemos de aguantar a los que usan las dictaduras para hacer política y reivindicación, esos que, con mucho desparpajo, a la esclavitud la llaman pan. José Juan González García. Oviedo En España, cada año miles de profesionales capacitados deciden buscar oportunidades fuera de sus fronteras. Ingenieros, médicos, científicos… todos se ven obligados a emigrar porque aquí les resulta imposible conseguir un salario justo o el reconocimiento que merecen. Esta fuga de talento no solo afecta a los que se van: impacta a toda la sociedad. El país pierde capacidad de innovación, calidad en los servicios y, sobre todo, ambición colectiva. La raíz del problema está en un modelo empresarial anticuado y cortoplacista, obsesionado con recortar costes laborales en lugar de invertir en el futuro. A primera vista, puede parecer rentable, pero a la larga se traduce en estancamiento y pérdida de competitividad. Retener talento no es solo un lujo, sino una estrategia indispensable para garantizar un futuro próspero. Luis Cabrera. Madrid Mientras hacía la fila en una tienda, me encontré con una escena que me dejó helada. Un joven repartidor, inmigrante y unos treinta y tantos años, trataba de cargar en su mochila un saco de pienso de veinte kilos… ¡para transportarlo en bicicleta! Esta situación no es la excepción es diaria y cada vez más. Y entonces me vino la pregunta: ¿Cómo es posible que las empresas de reparto permitan cargas tan pesadas sin ajustar el trabajo al medio que usan? Nuestra comodidad inmediata no puede pesar más que la dignidad, seguridad y integridad física de quienes nos traen los paquetes a casa. Ana C. Cobos. Madrid