Ha llegado el calor y Barcelona es un buen sitio para estar vivo: la ciudad calienta, pero no quema. La cita con Eduardo Mendoza es en la Agencia Balcells, un piso céntrico de techos altos, ventanas grandes, madera antigua y muchos libros. Mendoza entra como en casa, saluda, parlotea sobre fútbol («su único defecto es que es perico», dirá de su interlocutor) y se sienta a la mesa, después de posar rápidamente para las fotos. No le gusta, pero lo lleva con elegancia: él es así. Mendoza tiene algo de caballero y algo de golfo, y tal vez esos dos hombres se den cita en su mostacho, que forma parte ya de la literatura española. Acaba de publicar 'La intriga del funeral inconveniente' (Seix Barral), la segunda novela desde que anunció su retirada. Fue como pedirse la última y darse cuenta de que ya estaba en casa y no tenía dónde marcharse... —Lleva aquí, en Balcells, desde el principio, ¿no? —Nada más publicar 'La verdad sobre el caso Savolta', Carmen Balcells me dijo: ¿quieres que te represente? Le dije que no hacía falta, que no lo necesitaba, no pensaba que aquello fuera en serio… Pero me insistió: mira, tú hazme caso, me das un diez por ciento y verás qué bien irá todo. Y así fue [sonríe]. Ella decía que hacía muy buenos negocios en los que otros se llevaban el noventa por ciento. Lo que hizo por los escritores fue increíble. En aquel momento [los setenta] cambiaron mucho las circunstancias, se abrió un mercado nuevo, pasamos del siglo XIX al siglo XXI. —El éxito de 'La verdad sobre el caso Savolta' le pilló en Nueva York. Cuando fue al banco a cobrar, le dijeron que no podía llevarse todo ese dinero encima. —Yo pensaba que me iba a llevar un dinero de bolsillo. Y me dijo el del banco: hombre, es peligroso ir con todo esto por aquí. Y yo: ¿cómo que peligroso? Pensaba que me iba a dar mil pesetas. Y no me dio una fortuna, pero sí una cantidad respetable. Ahí me di cuenta de que me había pasado algo en la vida [sonríe]. Me hizo mucha ilusión tener dinero, pero luego vino el '¿y ahora qué hago?'. —Y escribió una comedia, 'La cripta embrujada'. —Se habían creado unas expectativas que yo sabía que era incapaz de cumplir. Me quedé paralizado un tiempo, pero, visto ahora, yo creo que es parte del proceso de crecimiento. Estaba escribiendo 'La ciudad de los prodigios', pero tuve que parar. Y por suerte se me ocurrió hacer una tontería para salir de aquello, para romper con todo, para decir: venga, no nos tomemos la cosa tan en serio. Y entonces escribí 'El misterio de la cripta embrujada', pensando que a lo mejor ni se publicaba. Y bueno, ahí se abrió un camino nuevo. Me quitó de encima toda la presión. Nadie supo qué decir del libro y me dejaron tranquilo. Y después publiqué la segunda parte del detective sin nombre, 'El laberinto de las aceitunas'. Y luego ya 'La ciudad de los prodigios'. —Ahí ya se consagró como escritor. —Yo nunca pensé que fuera a ser escritor. Me gustaba, era aficionado, pero en aquella época nadie se ganaba la vida escribiendo. La alternativa natural era el periodismo, pero eso para mí era imposible, porque yo no sé hacer periodismo: no sé moverme, no sé trabajar con plazos, con espacios. Había planeado dedicarme a otro oficio y escribir en mis ratos libres. Pero claro, las cosas fueron por otro lado. Yo estaba muy contento con mi profesión de intérprete en la ONU, lo pasaba muy bien, tenía tiempo libre, escribía, vivía en Nueva York… Nueva York entonces era una ciudad empobrecida, violenta, sucia, con las basuras en la calle, nadie se atrevía a salir de su casa. A mí me parecía fantástico, estaba tan aburrido en Barcelona que aquello era como vivir en una película de gánsters. —Usted acabó en el despacho Oval, haciendo de intérprete en la visita de Felipe González a Ronald Reagan. Claro que nunca ha contado detalles de aquello… —No he olvidado nada, pero no contaré nada. Lo que sí puedo decir es que no hay mucho que contar. No pasan cosas extraordinarias en estos encuentros. No dicen: mira, vamos a declarar la guerra a... Nada de eso. Son encuentros casi sociales, pero importantes. Es importante que dos mandatarios, tengan las ideas que tengan, se vean las caras y cuando pase algo sepan quién es esa persona con la que tienen que hablar. —En sus comedias, todo lo que tiene que ver con el poder es ridículo: todo lo que parece que está controlado, cuando pones la lupa, es un disparate que funciona porque sí. —Si nos miramos a nosotros mismos con un poco de tranquilidad, vemos que somos mucho menos que nuestra apariencia, sobre todo en estos tiempos en los que hay que estar pisando fuerte, en los que no puedes demostrar ninguna debilidad. Algo de eso hay, pero vaya, son puras comedias de entretenimiento. —¿De qué libros viene usted? —Bueno, a ver, yo empecé como todo el mundo, con los cuentos infantiles, que ya me parecían una cosa extraordinaria. Que te cuenten un cuento es importantísimo. He estado pensando mucho en las lecturas de la infancia, y me gustaría un día escribir algo sobre el tema. Me interesa qué es eso de leer. Qué es escribir ya lo sé, pero qué es leer es algo que nunca he entendido muy bien. Por qué esta fascinación por los cuentos y por qué esos personajes, esos animales antropomórficos, que van con su sombrerito y tal, pero que son una gallina, por ejemplo. ¿Por qué un niño siente una relación más próxima con esto? Bueno, yo creo que es porque sabe que es falso, porque sabe que no es una imitación del mundo, sino un mundo paralelo en el que los animales se visten y hablan. Es algo muy complicado y muy misterioso. —También es hijo de los cómics. —Claro, después de los cuentos llegaron los cómics, que también eran de humor. Lo raro es que luego cuando uno se pone a escribir no escriba cosas de humor, porque su formación siempre es humorística. —¿Por qué? —De niños nos llega información por todas partes, sobre todo información social y ética: cómo hay que comportarse, qué hay que hacer. Continuamente, al niño le están riñendo: esto no, esto mal, tienes que hacer esto, ahora es la hora de hacer esto otro. Entonces, bueno, se refugia en un mundo donde estos personajes que mandan son ridiculizados. El señor gordo que tropieza con una piel de plátano, el jefe iracundo de la empresa… Este humor es caricatura del mundo real. Es nuestra forma de enfrentarnos al mundo [hace una pausa]. Recuerdo que tenía una fijación por Popeye… Y luego ya llegaron los libros juveniles, de los que conservo un recuerdo muy vívido. —¿Todavía? —Es que a mí de pequeño ya me leían libros juveniles, y los sigo teniendo presentes ahora mismo cuando escribo. 'La isla del tesoro', 'Tarzán'... Normalmente eran novelas muy malas. Las he releído y no se aguantan. Incluso 'La isla del tesoro'... Pero da igual. Tienen grandes principios y unos personajes que te hacen volar la imaginación. Las cosas que hace Tarzán no tienen ningún interés. Algunas además son horrorosas, como matar negros porque son negros. Pero Tarzán es un tipo que vive en los árboles con los monos: esto ya es suficiente para que por la noche, cuando estás en la cama antes de dormir, te quedes ahí. —... —Es el problema de algunas novelas, que son tan buenas que te sobra la novela, como 'Sherlock Holmes'. Cuando sabes que está con la pipa, la chimenea, el no sé qué, llaman a la puerta, hay niebla fuera… Ya no hace falta que sepas lo que pasa. Te sobra la trama, como en 'Los tres mosqueteros'. Lo que pasa en 'Los tres mosqueteros' es una cosa complicadísima, fea, pero claro, están los tres mosqueteros y D'Artagnan. Eso es fantástico. —Usted dijo lo mismo de Kafka: tiene unos inicios tan buenos que la novela que va después no puede ser igual de genial. —Lo dije y me ha perseguido toda la vida [ríe], porque además me dieron el premio Kafka y cuando llegué a Praga lo primero que me dijeron es: usted dijo en la Juan March que… —Dijo: «Kafka es un ser entrañable al que todos queremos, pero es muy mal escritor». —Pensé: madre mía, ¿cómo salgo yo de esto? Lo que quería decir es que la novela es un género que tiene unas reglas, y que escritores tan buenos y tan importantes como Kafka, que quizá es el autor más importante del siglo XX, no sabían qué hacer con una novela. Entre otras cosas porque le pasaba porque sus ideas eras tan buenas… «Alguien debía de haber hablado mal de Josef K., puesto que, sin haber hecho nada malo, una mañana lo arrestaron» [es el principio de 'El proceso']. Ya está. A partir de ahí, todo lo demás, lo que le pasa, que va un abogado, que no sé qué… Si lo lees con calma y sin pensar que es Kafka y lo que simboliza, es una buena novela, pero el principio es insuperable. O 'La metamorfosis': uno se despierta convertido en un escarabajo. ¿Y qué vas a hacer después? Ya lo has hecho todo. Y esto es lo que yo decía, que en las novelas hay que ser muy cuidadoso y empezar muy despacito. Poco a poco. —Tampoco le gusta el principio de Ana Karenina: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». —Todo el mundo lo cita, es brillante, pero es mentira. Y además dices: bueno, ¿y qué? Olvídate de eso y empecemos la novela. En cambio, 'Guerra y Paz' empieza en mitad de una conversación. Y ahí ya entras, te han abierto la puerta, has entrado y te has encontrado con una gente que te interesa. Aunque yo empecé a leer con Dostoievski. Fue por un tío mío, un hombre muy culto, y con el que tenía muy buena relación. Siempre hay un tío, porque el padre es la autoridad y no le haces caso. Pero un tío me dijo: oye, ¿qué estás leyendo? Le conté y respondió: déjate de tonterías, ya tienes edad de leer cosas buenas. Y me dio 'Crimen y castigo'. Y bueno, ya a partir de ahí se acabó Julio Verne y Salgari y todo eso. Viví una temporada sumergido en Dostoievski. Claro, no teníamos televisión. Solo teníamos el cine del jueves por la tarde, de sesión doble. Era eso y los libros. Bueno, y la radio. —Hoy no está el mundo para esos libros. —A veces pienso que habría que hacer versiones reducidas. Eran libros escritos de otra manera, para otro público, para otras circunstancias. Son libros fantásticos a los que les sobran muchas veces una cantidad de páginas… Todo el siglo XIX es por entregas, dos capítulos al mes, y ves que a veces el autor está allí rellenando como puede. Y eran para un público que iba a leer cien libros en su vida. Los leían muy despacio. Incluso en voz alta, en familia, en pareja… —Ha dicho varias veces que para escribir libros breves y ligeros hay que leer tochos complicados. —Sí, sí, sí. Y también hay que leer libros malos. Los libros malos son fundamentales para escribir, porque ves enseguida los fallos. Dices: hay que dejarse cortar un brazo antes de empezar una frase así. Yo he leído muchas cosas malas… Pero sí, para escribir hay que formarse. Yo creo que los ingleses son grandes escritores de humor y de novela policíaca y de género ligero porque en el colegio les machacan con Shakespeare. Y aquí antes se hacía y ahora ya no. Ya no pesa tanto la tradición. Ahora noto mucho que hay gente joven con mucho talento, pero sin una base sólida. Mi virtud ha sido leer muchas cosas muy serias desde muy joven, y creo que con aprovechamiento. También me gustaba traducir, que es algo que recomiendo mucho a los jóvenes: traducir escenas para descubrir los mecanismos narrativos. —Tenemos que hablar de dragones. Hace unas semanas dijo que Sant Jordi era un maltratador de dragones y que era preferible decir 'Día del libro'. Casi lo cancelan. —[Risas] Está todo dicho. Es una tontería que se me ocurrió en aquel momento. Y bueno, desencadenó una tormenta en un vaso de agua. Hay tanta información… A veces hay que rellenar el espacio con algo. Si detienen a Zapatero, eso da para mucho, pero al cabo de dos días hay que buscar otra cosa. Y si no hay nada, lo primero que pasa por la calle cae [vuelve a reír]. Ese fui yo. —En esta nueva novela dice que menos mal que a Gaudí lo atropelló un tranvía antes de que estropeara del todo Barcelona. —Ahora lo están canonizando, cosa que me parece muy sorprendente. Por lo visto ha hecho milagros, algunas curaciones. ¿Quién le habrá pedido a Gaudí que lo curase? O sea, si yo estoy enfermo de gravedad, habiendo tantos santos… Y eso se lo puedes pedir directamente a Dios o a la Virgen. Hombre, pedírselo a Gaudí, no sé [y vuelta a reír]. —Por cierto, Eduardo, ¿cómo bautiza a sus personajes? En 'La intriga del funeral inconveniente' tenemos a Ramoncito Valenzuela, Manolito el Sentencioso… —Esto lo tengo teorizado y explicado. Creo que el que lee no visualiza al personaje, no le pone la cara, por mucho que lo describas y digas que es alto y tiene los ojos verdes. Todo eso te resbala, no te lo imaginas. Pero en cambio, si se llama de una manera determinada, ya lo ves. A mí me parece que el trabajo que te tomarías en describir a un personaje has de tomártelo pensando un nombre. Los nombres me cuestan mucho. —O sea, que todo es oficio, hasta lo más pequeño. —Sí, yo creo que soy un buen artesano. Y soy feliz escribiendo libros tan diferentes como 'La intriga del funeral inconveniente' o 'La ciudad de los prodigios'. Lo he pasado muy bien trabajando mucho en archivos, haciendo fichas, investigando… Pero también soy feliz escribiendo lo primero que se me ocurre. Que luego da trabajo. Una cosa es que se te ocurra una tontería y un chiste y otra cosa es contarlo de manera que funcione. Hay muy poca literatura de humor. Es un género muy raro. —La primera vez que hablamos me dijo que se retiraba: de eso hace dos libros ya. Está teniendo la retirada más fructífera de la historia de la literatura. —[Ríe otra vez] Sí, pero es verdad. O sea, cuando lo dije, lo dije en serio, yo estaba pensando: no puedo, ya no tengo más ideas, ya no doy más. Y el decirlo me alivió tanto que volví a tenerlas. Fue como liberarme. Y aquí sigo, escribiendo. Esto es lo que me gusta.