Levanta los brazos Martín Landaluce hacia su palco como quien ha marcado el gol que de la Champions League para su equipo. No es para menos, que rubrica una remontada espectacular ante Vit Kopriva, 28 años y 66 del mundo, de las que cambian la mentalidad del «quizá puedo» al «soy capaz» y se mete por primera vez en su carrera en la tercera ronda de un Grand Slam. Y en Roland Garros, que no es cualquier torneo, y con un futuro que quién sabe, porque según la lógica del ranking se tendría que cruzar con Jannik Sinner, pero el deporte, el tenis, la vida, lo van a emparejar con Juan Manuel Cerúndolo. Y por qué no aspirar a todo con este Landaluce tan capaz. No parecía el día. «Estás más parado que un jugador de rugby», se recriminaba el madrileño durante esa primar parte del partido en el que Kopriva fue muy superior. Un 6-1 y 6-2 que, lejos de derribar su confianza, pareció espolear sus ganas de dejar en París la mejor huella posible. Pero del querer hacerlo bien aceptando la irregularidad propia y la autoridad ajena pasó a verse con fuerzas para ir, punto a punto, dibujándose el camino del triunfo. Costó, que Kopriva tiene muy buena mano y mejor planteamiento en tierra. Pero encontró Landaluce por fin la manera de revolverse ante el buen primer servicio del rival y desde allí cimentó la remontada. Al contrario que Sinner, que palidecía en la pista Philippe Chatrier, el madrileño fue encontrándose cada vez más rápido, más capaz, más ligero, más potente y más efectivo. Más limpio a la hora de pensar en sus golpes y en ejecutarlos. Y para corroborar el resurgir, por fin el 'break' que no había sido posible en la primera hora de juego. Un 6-4 que abrió una esperanza en su cabeza y una grieta en la del rival. Igualdad a partir de ahí en un cuarto set que decidió el español de esa manera que diferencia a los buenos de los muy buenos, con convicción y atacando en los puntos claves, ocho de diez opciones de rotura convertidos, frenando los ímpetus y trabajando el punto con paciencia y tesón. Ahí, al resto, cuando ya se decantaba el cuarto set hacia el 'tie break', el hachazo de Landaluce. Aquel campeón de Wimbledon júnior que se vio empequeñecido por los focos cuando dio el salto al circuito de los mayores se libera de toda presión y suelta la mano y el tenis hacia lo que se le presagiaba. Que ya llegó a cuarto en Miami y rompió unas cuantas barreras, sobre todo mentales, que tumba la resistencia del checo con una capacidad monumental de elevarse sobre la pelota y golpear donde quiere y desde donde quiere (36 ganadores). Ese plus de energía llevó al madrileño a un desenlace de campeón, con un 6-0 en el quinto set de los que no se olvida. Es la remontada que puede cambiar la dinámica de una carrera. Sobre todo porque lo llena de ilusión, de saber que puede hacer proezas como esta, de plantarse en tercera ronda de un Grand Slam y quién sabe a partir de ahora porque la derrota de Sinner también le abre las puertas de un futuro prometedor y sin límites. Se medirá con Juan Manuel Cerúndolo por un puesto en los octavos de final. Después de estas casi cuatro horas de creer, de trabajar, de brillar, por qué no seguir confiando.