Con ustedes, el hombre blanco más rápido de la historia

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Existe una frontera invisible en el atletismo. Una de esas barreras que nadie reconoce oficialmente, pero que todos ven. Durante décadas, el cronómetro parece haber dictado una sentencia biológica: los grandes reyes de los 100 metros pertenecen siempre al mismo perfil: raza negra y genética afroamericana, caribeña o africana. Hasta que este fin de semana ha aparecido Sam Blaskowski y ha decidido discutir con la historia. Blaskowski, un velocista de Wisconsin (Estados Unidos), formado lejos de los focos universitarios de élite, ha corrido por sorpresa en 9.89 los 100 metros en el Music City Track Carnival de Tennessee. No ha sido simplemente una gran marca. Ha sido todo un terremoto estadístico. Nunca antes un atleta blanco había corrido tan rápido la distancia reina del atletismo. Durante 15 años, el récord oficioso de los velocistas blancos había pertenecido al francés Christophe Lemaitre , que en 2011 firmó un extraordinario 9.92, una rareza en una disciplina donde las centésimas son fortalezas casi imposibles de conquistar. Pero Blaskowski no sólo lo ha superado. Ha sido capaz de adentrarse en un territorio donde ningún europeo blanco, ningún estadounidense blanco habían conseguido entrar jamás: los 9.8 segundos. Blaskowski se sitúa en la segunda posición del ranking mundial de 2026. El nigeriano Ajayi, un velocista de raza negra, ha registrado 9.84 este año y es el único que ha corrido más rápido que el estadounidense. Este año, en ausencia de Mundiales o Juegos Olímpicos, los velocistas se van a centrar más que nunca en el cronómetro y en perseguir récords. Lo más llamativo en el velocista de Tennessee no es el registro sino el camino recorrido. Mientras las grandes estrellas estadounidenses suelen surgir de programas universitarios multimillonarios de la Primera División, Sam creció deportivamente en la mucho más modesta Tercera División Universitaria, en la pequeña Universidad Wisconsin-La Crosse, un ecosistema donde no abundan las becas ni existen medios tecnológicos sofisticados. Allí fue acumulando títulos nacionales casi con la misma facilidad con la que otros coleccionan camisetas: 11 campeonatos individuales NCAA entre 60, 100 y 200 metros, además de varios récords de la Tercera División. La progresión de Blaskowski es magnífica. En mayo de 2025 su mejor marca era de 10.05. Un año después, con 23 años, explota con 9.89. En el esprint de máximo nivel, una mejora de 16 centésimas equivale a atravesar una puerta que casi nunca se abre. Por eso la reacción de la comunidad atlética oscila entre la admiración y la sorpresa. En foros especializados muchos recuerdan que el estadounidense estaba rondando el sub-10, pero pocos imaginaban un salto tan abrupto. Es tentador reducir la historia del atletismo a una cuestión racial, porque el dato es llamativo y porque los titulares se escriben solos. Sin embargo, el verdadero significado del fenómeno Blaskowski quizá sea otro. No demuestra que una categoría genética estuviera equivocada ni confirma ninguna teoría extravagante. Lo que demuestra es que el deporte sigue siendo el territorio favorito de las excepciones. Y cada cierto tiempo aparece alguien dispuesto a recordarlo. Un muchacho de Wisconsin, formado en una universidad pequeña, sin el currículo habitual de las superestrellas, acaba de correr los 100 metros más rápidos que jamás haya corrido un hombre blanco. Y, de paso, ha obligado a la historia a reescribir una línea que parecía definitiva.