El cielo como oficina: un día con la tripulación de Vueling viajando de Sevilla a Barcelona

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En un mundo en el que viajar se ha democratizado y volar está al alcance de prácticamente cualquiera, seguimos viendo con cierta lejanía a aquellos que tienen en el cielo su oficina. Mientras que la figura del piloto es recurrentemente ensalzada, los tripulantes de cabina son los eternos olvidados del mundo de la aviación a pesar de ser quienes tratan directamente con el pasajero. Son los que velan por el bienestar a bordo, quienes calman, escuchan y están preparados para actuar en cualquier situación de emergencia. ABC de Sevilla ha pasado un día con la tripulación de cabina de pasajeros con motivo del día del TCP (31 de mayo), en la que es la ruta que más pasajeros mueve del aeropuerto hispalense: Sevilla-Barcelona. Solo en el mes de marzo se ofrecieron más de 110.000 asientos entre ambos destinos. Vueling, primer operador de esta ruta, tiene una frecuencia media diaria de seis vuelos. Sus semanas se organizan en turnos de rotación de cinco días; vuelan cinco días y descansan los tres o cuatro siguientes, dependiendo de la semana. De esos cinco días de trabajo o bien vuelan los cinco o les programan un franco avisándoles antes de las diez de la noche del día anterior, para programarte algo al día siguiente, stand by o imaginarias, que son guardias. Lo normal en una jornada es hacer cuatro saltos: por ejemplo, Sevilla-Barcelona, Barcelona-Sevilla, Sevilla-Palma, Palma-Sevilla. Tiempo en el que los tripulantes no bajan del avión y son los mismos durante toda la jornada . En el día de este reportaje, sin embargo, la tripulación solo tenía dos saltos, ida y vuelta de la capital hispalense a la ciudad condal. El equipo sevillano, al haber seis aviones basados, siempre acaba durmiendo en casa, cosa que valoran mucho. Aunque el vuelo estaba programado para salir a las 13.40 horas, Cristian, Esmeralda, Olga (azafatos) y Luisa (sobrecargo) llegan a San Pablo unas dos horas antes. En la sala de firmas que la compañía tiene a pie de pista se encuentran con Jose Antonio e Iván, comandante y primer oficial, quienes revisan la ruta, meteorología y cualquier aspecto destacable del vuelo. Una vez la tripulación ha firmado el parte de vuelo están listos para subir al avión. A bordo, el comandante y la sobrecargo dirigen un briefing de lo que será el viaje. «La meteorología hoy es fantástica, buena climatología, poco viento, temperatura un poquito alta, aquí en Sevilla. Los tiempos de vuelo, los de siempre: hora y veinticinco, hora y cuarto. Lleno de pasajeros», explica el comandante. En el turno de Luisa, recuerda a su equipo que en el vuelo viajarán varios pasajeros especiales. Concretamente, «una Charlie, dos Romeos y ocho Sierras», según el lenguaje de aviación, con más o menos movilidad y que necesitan asistencia del aeropuerto para embarcar. Además de una persona ciega y tres bebés. Los cuatro recitan en voz alta procedimientos, imprevistos y posiciones y actuación en caso de evacuación. Acto seguido se supervisan los sistemas de seguridad y el avión ya está listo para que los 180 pasajeros empiecen a embarcar. «No hay nada que se deje al azar, en la aviación está todo medido desde donde va cada pasajero al peso», explica la sobrecargo. Desde que la tripulación puso un pie en el avión apenas pasaron veinte minutos hasta que la nave empezara a llenarse. Durante el vuelo, la tripulación explica a este periódico detalles y anécdotas que están en el día a día de un azafato. Por ejemplo, que se pilla a mucha gente fumando en los baños, que por seguridad todos comen diferentes opciones o que en sus vacaciones hay quien prefiere viajar por carretera para desconectar del avión. «En Navidad me gusta salir por la terminal y ver los reencuentros de las familias. Saber que tú eres parte de ese reencuentro. Es algo que te llena, porque realmente estás trabajando con personas para unir personas y eso es algo súper bonito», reconoce Luisa, con veintidós años de experiencia. Es justamente ese valor humano lo que reconocen es lo más satisfactorio de su trabajo. «La gente viene con mucho miedo porque no están en control de la situación; yo lo veo como cuando vas de copiloto en un coche», añade. Ante el temor a volar explican que la mejor arma es la información. Lo peor, por otra parte, son los madrugones, ya que para los vuelos de primera hora se levantan a las cuatro o cinco de la mañana. «El trabajo es muy bonito, pero se tiende a idealizar», añade Cristian, quien piensa que debería estar más reconocido. «Al final nosotros no somos camareros. Somos personal que está para la seguridad en vuelo, y por suerte no pasa nunca nada, pero estamos preparados para todo», añade. En sus dos décadas de trayectoria, afortunadamente, no han tenido que enfrentarse a ninguna situación de peligro, más allá de bajadas de tensión de algún que otro pasajero. En cuanto a ellos, el cuerpo sufre y lo notan , «el cambio de presión, las horas de pie, falta de hidratación… aprendes a escuchar tu cuerpo», apunta Luisa. Y a desarrollar la paciencia que conlleva la profesión, «que la da la experiencia», para lidiar con las discusiones por maletas o el ansia por desembarcar. A las 15.15 horas el avión aterrizó en El Prat. Una vez los pasajeros desembarcaron comienza la nueva carrera contrarreloj para el próximo vuelo. «Nos aseguramos que no quedan restos, volvemos a adaptar la seguridad a las necesidades de este vuelo y hacemos otro pequeño briefing», explica Esmeralda mientras comprueba chalecos salvavidas y cinturones. «No hay tiempo que perder, esto es como un fórmula 1, cuanto menos tiempo esté parado, mejor», añade el comandante, quien lleva desde el 2007 en Vueling en la capital hispalense. Tiempo en el que ha visto como Sevilla se ha catapultado como destino turístico. «La tripulación se ha multiplicado, los aviones basados… es bueno para todos, el dinero se queda en Sevilla». Con el avión listo para hacer el camino de vuelta a casa destaca ver la cola de aviones en el aeropuerto de Barcelona , hasta diez por delante del que viajamos esperando órdenes de la torre de control; algo que inevitablemente hace que se salga con cierto retraso y dificulta el correcto engranaje del viaje. «Es una jungla», admite el piloto. Una imagen que contrasta con la de San Pablo, donde al llegar muchos puntos de espera estaban vacíos. Una metáfora perfecta de la red aeroportuaria española. Cuando no hay espacio-tiempo para seguir creciendo se debería de mirar a otros puntos con potencial para ello. Solo faltan las ganas y el dinero para poder hacerlo.