La enésima incursión rusa en el territorio de la OTAN –el pasado jueves, cuando un dron impactó en un edificio de Galati (Rumanía)– acentúa en grado máximo la campaña de provocación y hostigamiento que el Kremlin lleva a cabo contra unos aliados que no terminan de asumir su vulnerabilidad y de reaccionar de manera solidaria, conjunta y proporcional al repliegue militar de Estados Unidos, hasta ahora garante de su seguridad. Ayer en Singapur, el secretario de Guerra de Estados Unidos recordó que «la era en la que EE.UU. subsidiaba la defensa de naciones ricas se ha acabado». Washington –añade Pete Hegseth – necesita «socios, no protectorados» y «alianzas basadas en la responsabilidad compartida, no en la dependencia». Las advertencias de la Casa Blanca son cada vez más contundentes, como la audacia de Moscú para poner de manifiesto la falta de reflejos de una Europa que, metida en su propia guerra de ajustes económicos y renuncias sociales, se rearma con la parsimonia y el exceso de confianza de quien no ve las señales que de lado a lado lanzan Washington y Moscú.