En el bonito escudo del Arsenal hay un cañón. Mikel Arteta prefirió mantenerlo ahí, que no saltara apenas al campo. Levantó una muralla de hormigón y dio la impresión de presentarse a su primera final europea con un complejo de inferioridad, racionando la artillería. Más reactivo que ofensivo. Luis Enrique, en cambio, volvió al escenario mayor del fútbol europeo con la personalidad que le caracteriza. Fue a por la copa desde el principio. Su tercera final y tercera victoria, dos consecutivas. Las dos últimas, desde que se marchó Kylian Mbappé. Nunca un pronóstico tan provocador -"sin él seremos mejores", dijo de forma memorable- cuajó tan certeramente.Seguir leyendo....