Mantenía fija la mirada en los dos. Ella jugaba con los volantes de su vestido blanco con lunares verdes. Seguía con la sonrisa prendida tanto como una hora antes, cuando era la viva imagen de la felicidad en el carrusel. Él, tan formal que a veces parece taciturno, fruncía el ceño. No disimulaba su enfado por la ausencia del peluche que deseaba y no tenía en sus manos. En ese instante, la caseta estaba en calma. La música no degeneraba en estruendo. Al olfato se le prestaban los olores de la cocina de siempre , de los platos que acababan de saborear y los que todavía servían en otras mesas. En sus hijos distinguía el carácter que tuvo de niño,... Ver Más