La periodista Ana García Romero ha fallecido en Sevilla a los 60 años tras una cruel enfermedad y una larga trayectoria de más de 30 años en la profesión. Nacida en la capital hispalense en marzo de 1966, era el vivo retrato de su padre, ingeniero agrónomo de brillante trayectoria profesional. Para él y para su madre, que compartía su mismo nombre, —«Anamari», como la llamaban sus allegados— era la niña de sus ojos. Ambos la dejaron huérfana demasiado pronto. Sin embargo, pese a no tener hermanos, Ana nunca estuvo sola. Contaba con una legión de amigos y conocidos que siempre encontraban un motivo para llamarla, quedar con ella o hacer planes. Hasta estos últimos días, su WhatsApp no dejaba de sonar. Tras estudiar en el colegio Santa Ana, en el barrio de Los Remedios, se licenció en Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid. Después realizó el máster de ABC, puerta de entrada a una profesión que ejerció con pasión y rigor durante toda su vida. Pasó por las redacciones de ABC de Sevilla, Diario de Sevilla y El Mundo, cabecera con la que seguía colaborando a través de reportajes y crónicas en La Otra Crónica. También participaba en tertulias de Canal Sur y mantenía su blog, 'El Balconcito'. Se especializó en información de espectáculos y crónica social, siempre desde el rigor periodístico y alejada del sensacionalismo al que tantas veces se presta ese género. Eso no le impedía conseguir exclusivas ni firmar interesantes reportajes. Lo mismo narraba un concierto que relataba la boda del año, cubría el evento más exclusivo o informaba de las novedades de la aristocracia. Siempre periodismo. Su última crónica la firmó al inicio de la pasada Feria de Sevilla, cuando su salud ya comenzaba a resentirse. «Si no escribo, me muero», comentaba. Tenía un fuerte carácter. Protestona, descarada y exigente, jamás se callaba cuando algo le parecía injusto o cuando creía que las cosas podían hacerse mejor. También poseía esa mezcla de determinación y desparpajo que le permitía colocarse en primera fila en cualquier concierto aunque se tratara de una estrella de la canción o aparcar su viejo coche prácticamente en la puerta del lugar donde había quedado. Había que conocerla bien para descubrir que detrás de aquella fachada se escondía un corazón enorme. Ana se ha marchado tras una dura enfermedad que combatió con una fortaleza admirable. Si un tratamiento no funcionaba, se aferraba al siguiente. Nunca dejó de preguntar, de buscar respuestas ni de exigir a los médicos la mejor opción posible para combatir sus males. Tampoco dejó de escribir. Fue el empujón de un caballo durante el paso de las hermandades del Rocío, en el año 2022, el que la llevó al hospital y permitió descubrir la enfermedad que acabaría marcando los últimos años de su vida. Primero pensó en denunciar al caballista. Con el tiempo terminó agradeciendo aquel accidente y acudiendo a la ermita del Rocío, a dar gracias, convencida de que sin ese accidente el diagnóstico habría llegado demasiado tarde. Ella era así. La vuelta del camino del Rocío de este año ha coincidido en el tiempo casi con su marcha. Se quedó con la pena de no volver a ver las carretas pasando por la puerta de su casa. Ana era disfrutona. Le apasionaban la Semana Santa, la Feria de Sevilla, las reuniones con amigos, ir de conciertos, salir de tapas y los helados. Especialmente los que tomaba en Cádiz, la ciudad que ocupaba un lugar privilegiado en su corazón. La 'Tacita de Plata' y sus carnavales constituían otra de sus grandes pasiones y el rincón al que se escapaba cada vez que podía. «Me da la sensación de que esta es la última vez que estoy aquí», comentó tras salir de nazarena por última vez el Lunes Santo en la Hermandad del Nazareno del Amor y Nuestra Señora de la Esperanza de Cádiz. Tristemente, así fue. Son muchos los que hoy lloran su ausencia: familiares, amigos, compañeros y todos aquellos que tuvieron la suerte de compartir con ella algún tramo del camino. Como la que suscribe. Descansa en paz, amiga.