Hace unos días asistí a una reunión de trabajo en una ciudad castellana donde las mujeres representábamos menos del diez por ciento. Me llamó la atención que los hombres se trataran por su nombre, mientras que a nosotras nos llamaban “chiquita” o “chica”. Cuando un compañero se dirigió a mí en esos términos por segunda vez, le pedí que me llamara por mi nombre; se excusó diciendo que era malo para recordar nombres, por lo que le exigí que me tratara de “señora”.Su respuesta fue preguntarme por qué prefería que me llamara con una palabra para “viejas”. Situaciones como ésta son muy comunes para muchas mujeres; pero, al margen de que estas actitudes machistas constituyen una falta de respeto inadmisible, jurídicamente también son relevantes.La asimetría en el trato Hace unas semanas el presidente del Real Madrid llamó "niña" a Lola Hernández, periodista deportiva de Fox Sports con 54 años de edad y más de tres décadas de trayectoria. Los entrenadores de la selección femenina de fútbol se referían a las jugadoras, las actuales campeonas del mundo, profesionales de élite, como "las niñas", “las chicas”. Trump lleva décadas con la misma actitud y usa esta expresión condescendiente e irrespetuosa para dirigirse a mujeres periodistas, políticas y detractoras. Aznar y Marlaska también lo han hecho. Lo hacen jueces desde el estrado; profesores en las aulas, incluso con sus colegas mujeres; directivos en salas de juntas; médicos con colegas y enfermeras, etc. Este patrón que infantiliza a las mujeres atraviesa culturas, ideologías y profesiones: a una mujer adulta se la llama "niña", “chica”, con una naturalidad que nunca se aplicaría a un hombre, porque se consideraría ofensivo, ridículo, una falta de respeto intolerable. Nadie llama "niño" o “chico” a un juez o un abogado o político. Ni lo hace con un cirujano, un periodista, un directivo bancario, un profesor, un futbolista, ni un jardinero o barrendero, o estudiante de universidad. La asimetría de trato es tan sistemática y arraigada que no se suele percibir como un trato peyorativo. La normalización del trato machistaY, aunque lo tengamos “normalizado”, tenemos que hablar de ello, porque pocas palabras condensan mejor el machismo que supone la infantilización y menosprecio de las mujeres que llamarla “niña”: se nos niega adultez y autoridad por el simple hecho de ser mujeres. Se ha normalizado tanto que resulta invisible. Y lo invisible, como advirtió la filósofa Miranda Fricker en su obra Epistemic Injustice: Power and the Ethics of Knowing (2007), es precisamente lo más difícil de combatir: el daño que nadie nombra porque todas las personas lo dan por sentado; y, en nuestro caso, se espera que las mujeres lo sigamos tolerando con resignación y agrado.Esta normalización demuestra que los comentarios machistas no son un hecho aislado, sino una norma que muchos justifican y sitúan equivocadamente en la libertad de expresión. Recordemos que cuando Luis Rubiales besó a Jenni Hermoso sin su consentimiento, gran parte del país tampoco lo vio como un acto censurable. Y es porque el umbral de lo que se considera reprochable hacia las mujeres sigue situado demasiado alto. No es sólo falta de respeto, es discriminación por razón de sexoInfantilizar a una mujer en el ámbito profesional no es sólo una descortesía ni un anacronismo generacional: es discriminación por razón de sexo. Así lo establece el marco jurídico nacional e internacional. La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw), ratificada por España, define discriminación no solo como el trato desigual explícito, sino como cualquier distinción, exclusión o restricción basada en el sexo que tenga por efecto menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio de la mujer en condiciones de igualdad. Negarle a una mujer adulta su condición de tal encaja perfectamente en esta definición.La abogada y teórica feminista Catharine MacKinnon lleva décadas argumentando que la subordinación de las mujeres no opera solo a través de actos violentos o leyes abiertamente discriminatorias; sino también a través de prácticas cotidianas que reproducen jerarquías de poder. La política y abogada feminista Lidia Falcón señala que infantilizar a las mujeres es un mecanismo del sistema patriarcal destinado a despojarlas de su autonomía y tratarlas como seres dependientes. Y llamar "niña", “chica” a una mujer es una de esas prácticas. Es decirle, delante de los demás, que su voz tiene menos peso, que su experiencia y conocimientos no cuentan, o que son menos importantes; que ella ocupa un lugar diferente, inferior, subordinado, al de sus colegas varones.La filósofa Kate Manne, en Down Girl: The Logic of Misogyny (2018), describe este mecanismo con precisión: la misoginia no siempre grita. Con frecuencia susurra, minimiza y rebaja. Y lo hace de forma tan rutinaria que quienes la ejercen muchas veces ni siquiera son conscientes de ello. Y muchas de las mujeres que la viven tampoco se suelen percatar de que este trato asimétrico es una forma de discriminación sexista. Como te perciben, te tratan: la infravaloración de las mujeres El mantenimiento de esta forma de degradación de las mujeres no es inocua, tiene consecuencias documentadas y medibles, que impactan en su desempeño y vida profesional. Cuando a una mujer se la trata como si fuera menos madura, menos capaz de dirigir, menos autorizada para hablar, menos profesional, ese mensaje se instala en la percepción colectiva. Se traduce en ascensos que no llegan, en ideas que se escuchan con menos o nula atención, en interrupciones constantes, en salarios más bajos, en cargos directivos que se asignan "de forma natural" a hombres.Estos datos no son accidentes estadísticos. Son la consecuencia acumulada de miles de gestos cotidianos, que durante siglos construyeron el lugar que el sistema reservaba a las mujeres: el de las menores eternas subordinadas a los hombres. Tolerar el menosprecio verbal, el paternalismo y demás tratos machistas graves o leves en los espacios de trabajo no es una cuestión de cortesía, sino de calidad democrática.