Vivieron y murieron juntos

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El poeta Miguel Ángel Villar y su señora y compañera la ATS-enfermera Maribel Pabón murieron hace unas semanas uno detrás del otro en Sevilla. Sus hijos Miguel, Marta y María no salen de su tristeza ni de su asombro. Ya son mayores, pero eso de quedarse sin padres en dos o tres semanas llena de angustia, incredulidad y confusión a cualquiera. Miguel Ángel, destruido por los efectos perversos con los que la diabetes te va devorando poco a poco. Maribel, un cáncer que la fue apagando en una unidad de cuidados paliativos. Maribel fue una mujer excepcional, fuerte, útil consejera. El hermano de Miguel Ángel, el psicólogo y profesor José Ignacio Villar, me hizo saber: “La muerte de mi hermano fue muy trágica, pensábamos que la medicina podía hacer cosas para alargar su vida. La de Maribel ha sido una muerte que sabíamos inevitable y se trataba sólo de acompañarla y cuidarla para que ese camino lo recorriera de la mejor forma posible. Afortunadamente, ella nos ha cuidado a todos y nos lo ha puesto muy fácil hasta el día que decidió que ya quería marchase y se despidió de nosotros con una serenidad y una gratitud que independientemente de la pena y la tristeza que sentíamos supuso un alivio para todos”. Cerrando la vidaCerraron este paréntesis que es la vida cada cual en una cama hospitalaria, al mismo tiempo, ajenos el uno del otro, ellos que vivieron juntos se iban marchando juntos, pero, también, separados. “Mil cielos estallaron,/ la luz fue quebrada/ por las tinieblas”, anotó en un poema Miguel Ángel. Cuando Miguel Ángel murió, Maribel apenas se enteró, o ni se enteró, estaba ya en su recta final. Se casaron hace la tira de años. Por lo civil. Recuerdo aquella boda en los Juzgados de Sevilla, en el Prado de San Sebastián. Estábamos esperando en la puerta del juzgado correspondiente, se abría la puerta y una funcionaria decía en voz alta, por ejemplo: “¡La boda de las 12,20!”. Y allá que íbamos novios e invitados para dentro. Ahora las desarrollan con más solemnidad, entonces con eso bastaba y luego una paella y unas cañas, verbigracia. Nada de grandes alardeos. Maribel lloraba y lloraba de emoción en aquella boda. Miguel Ángel era hombre de sentimientos muy internos. Maribel dedicó la mayor parte de su vida precisamente a cuidar vidas, ha sido una de esas sanitarias que se entregó a sus tareas profesionales en la unidad de prematuros del Hospital Virgen del Rocío, de Sevilla, servicio nocturno, ¿no es eso velar para que la vida se abra paso? Hay que hablar más de estas personas y de otras muchas con trabajos similares y dirigir menos las miradas a ese famoseo sin mérito alguno.Aquella “Costa Roja” Miguel Ángel estudió Historia y Psicología, dedicó su vida a la creación poética y pictórica y a otros trabajos esporádicos menos cuando se consolidó como gestor del entrañable Camping Doñana, en la Costa de Huelva, claro, junto a la playa del Pico del Loro a la que llamaban la Costa Roja en tiempos de Franco y la Transición porque allí se solían dar cita ociosa esos rojos clandestinos gracias a los cuales hoy podemos seguir desahogándonos y enfadándonos con ellos y con la vida que acaso ellos no han sido los más responsables en traernos.  Salió ardiendo el Camping Doñana en 2017. Fue un peligro serio para el Parque Nacional. Miguel Ángel y yo lo comentamos y nos entristecimos, los dos habíamos escrito versos en esos parajes intocables, aquel resto de la Hispania de la que el historiador romano Estrabón (nacido en el siglo primero antes de Cristo) se dice que afirmó aquello tan conocido: “Hispania es una selva en la que una ardilla podría atravesar sus bosques desde Gibraltar a los Pirineos sin ni siquiera tocar el suelo”. Miguel Ángel, en compañía de otro amigo de ambos, poeta también, Benito Mostaza, maestro de escuela, como a él le gusta que lo llamen, fundaron un periódico en el camping, El Eco de Doñana, si no recuerdo mal. Y es que el Camping Doñana puede alcanzar una población superior a la de muchos pueblos andaluces.El Cerro de Andévalo Llegó un momento en que Miguel Ángel y Maribel se retiraron a vivir en el pueblo natal de ella, El Cerro del Andévalo o de Andévalo (Huelva). Miguel Ángel nació en Sevilla aunque, por circunstancias familiares, residió en diversos sitios, en su obra es visible sobre todo la huella de Galicia. Salvo escapadas, en El Cerro de Andévalo han vivido todos estos años. Hasta que ambos empeoraron de sus enfermedades, los hospitalizaron, primero murió él, luego ella. Lo normal, correcto y cultural es decir que estarán juntos en alguna parte. Vamos a dejarlo en deseo, eso nos consuela. Miguel Ángel dejó dicho que nada de sepelio ni cruz en su ataúd. Así fue. Si existe el Cielo, allí estará, porque el infierno ya lo debe haber conocido con todo lo que la diabetes le ha hecho sufrir, algo que sería morboso y molesto que les narrara.Sin duda, Maribel fue su compañera de verdad, hasta publicó algunos versos en la revista literaria del colectivo cultural Gallo de Vidrio. Comprendió el carácter de filósofo sabio andaluz de su compañero y los dos por supuesto sabían entenderse. Miguel Ángel pensó en el nombre de Maribel -María Isabel- agarró ese Isabel, le dio la vuelta y surgió Lebasí, así se llamó el libro de poemas que le dedicó, junto a otros muchos versos, algunos estaban también en otro de sus libros, Luna: “Luna de carnes azules,/ ardamos juntos en una roja llama/ que pierda y haga horizontes”. Eso es lo que han hecho Miguel Ángel y Maribel en un final digno de una novela o de una trágica obra cinematográfica: arder en una llama, sólo las cenizas nos quedan de ellos. Las cenizas no me gustan, pero reconozco que también generan vida con su alimento.  “El poeta en la calle”Miguel Ángel me llevó en 1973 al mundo de la literatura social, comprometida, estando los dos en la universidad me habló de un colectivo cultural en el que “militaba”, Gallo de Vidrio. Desde entonces estábamos juntos. Eran los tiempos en los que no pocos creadores seguíamos los pasos de “El poeta en la calle”, las directrices de Rafael Alberti que se preguntaba en los años 50 aquello de “qué cantan los poetas andaluces de ahora” y al que conocimos personalmente como conocimos a Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Miguel Ángel Asturias…  Sevilla estaba callada en el terreno literario comprometido y cara al público, incluso en los 60 y los 70, impresionada por el silencio del franquismo que se adueñó pronto de la ciudad. Franco colocó su cuartel general o algo parecido precisamente donde nació Vicente Aleixandre. Gallo de Vidrio empezó a despertar aquella ciudad temerosa de todo. Miguel Ángel Villar escribió y recitó por pueblos y barriadas en actos que se llenaban de asistentes: “Se quebraron las almas/ a golpes de cuerpo,/ abandonaron el vacío infinito/ y alguien las dominó”. Y también esto otro donde veo un toque nietzscheano que parece muy apto para este momento: “Malaventurados los pobres/ porque ellos serán más pobres./ Malaventurados los misericordiosos/ porque ellos tampoco hallarán misericordia./ Malaventurados los que tienen hambre/ porque lucharán por el pan./ Malaventurados los perseguidos por la justicia/ porque la justicia los asustará./ Malaventurados los tristes/ porque sólo encontrarán pena./ Malaventurados los limpios de corazón/ porque los tomarán por tontos./ Malaventurados los oprimidos/ porque siempre habrá un opresor./ Malaventurados los poetas/ porque los llamarán locos./ Malaventurados los pacíficos/ porque ellos también entrarán en la OTAN”. Aquí hay que tomar medidasPor el momento, y aunque pueda acompañaros en cualquier instante, me quedo aquí, Miguel Ángel y Maribel, con más versos de Miguel Ángel. Como estos: “Voy a pintar en tus ojos la mirada/ que busque la ilusión cada mañana/ como busca el amante a la enamorada”. Sobre politiquillos y politicastros más eso tan pesado y repetitivo a lo que llaman ocio y entretenimiento; para tanta superficialidad con la que huyen y se desahogan mis congéneres ya existen muchos otros plumillas. Vuestro amigo lucha por mantener la lucidez en un mundo convulso que se autoengaña cada día. Imagino la reacción humorística que tendría Miguel Ángel Villar ante el mundo desbocado actual. Hubo un tiempo en que a Miguel Ángel le dio por llevar un metro plegable en el bolsillo y cuando se veía metido en algún jaleo dialéctico o situación convulsa extraía el metro de su lugar y exclamaba: “¡Aquí hay que tomar medidas!”. Abría el metro y comprobaba la extensión de cualquier utensilio que viera, fuera una acera, un velador o una silla. Era un acto muy normal, muy evidente, lo mejor era la escenificación que con su ironía llevaba a término Miguel Ángel Villar para mostrar el asco que a veces sentía por lo que contemplaba.