Geopolítica: ¿Por qué el viejo mundo se niega a morir?

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Rusia acaba de firmar una disposición que permite a su ejército proyectarse globalmente si existen amenazas hacia la seguridad de sus ciudadanos. Eso quiere decir que Moscú puede tener poder militar allí donde las potencias occidentales estén dispuestas a frenar o extorsionar el flujo de su comercio. En las últimas semanas, las amenazas desde Londres de detener a los petroleros rusos, así como los amagos de Washington, han encendido las alarmas en el mundo. Todo buque en alta mar es territorio de la nación en cuestionamiento y un golpe bélico resulta motivo suficiente para una guerra. El nivel de confrontación de Occidente y la rusofobia han llevado al gobierno de Putin a tomar esta decisión para proteger sus intereses.Ahora la pregunta es: ¿tiene Moscú la capacidad de proyectar poder en todo el planeta? La que fuera la superpotencia soviética de décadas atrás hoy es otro país, con intereses geopolíticos, pero con una lógica diferente. Rusia funciona como un contrapeso militar de Occidente, una contención continental que impide que la OTAN vaya más hacia el este y por ende que se cumplan los vaticinios anglosajones de sostener el imperio liberal capitalista sin rivales. Pero Rusia es un régimen democrático republicano, cuyos valores conservadores (la religión, la familia y la patria) no tendrían que ser cuestionados por el poder dual de británicos y norteamericanos. Menciono a las dos potencias anglosajonas, porque desde la Segunda Guerra Mundial se sabe que Europa depende en su geopolítica de ambas en cuanto a lo militar. La diferencia entre rusos y occidentales es en cuanto a proyección de poder. Y eso coloca la decisión de Putin en un punto muy peligroso. La rusofobia quería contener a los rusos, pero ha provocado lo contrario, los ha llevado más allá de sus fronteras.¿Y qué ha sido la rusofobia? Llevar la cultura de la cancelación occidental al plano geopolítico, ejerciendo poder blando e inteligente sobre un adversario.Rusia no posee aún —China tampoco— el nivel de saturación cultural que dos siglos de dominio británico y casi uno de norteamericano han creado en el mundo moderno. Las potencias emergentes responden a una lógica de poder rizomática. Operan por contaminación de mercados. En la medida que Beijing se expande, es capaz de replicar conocimientos y de transferir tecnologías, lo cual crea un área de influencia y de cooperación fundada en compartimentar la política. Esto quiere decir que Rusia tiene la necesidad de proyectar poder duro donde sus intereses reales y concretos se vean amenazados. Eso incluye América. Sobre todo porque la diplomacia ha fracasado con la caída de los tratados internacionales posteriores a 1945. El mundo viejo está cayendo en la medida que Estados Unidos no logra sostenerse como única potencia de capacidad global incontestable.La disposición rusa a defender sus navíos me recuerda —salvando las distancias— el suceso del Lusitania, que dio paso al recrudecimiento y expansión de la Primera Guerra Mundial—. Recordemos cómo el ataque a un buque donde hubo daños a personas norteamericanas dio paso al fin de la neutralidad de Estados Unidos. Estos escenarios explosivos significan una línea roja hoy para Washington que ha demostrado estar fuera de control. ¿Hasta donde se puede tensar la cuerda geopolítica? Nadie lo sabe, pero un escenario parecido a la guerra contra Irán es impensable en cuanto a Rusia. Militarmente Estados Unidos se vería abrumado por el poder militar de la primera potencia nuclear del mundo.Un escenario de Tercera Guerra Mundial posee consecuencias impredecibles, incluso el fin de la vida en el planeta. Pero con eso juegan las élites liberales, llevando las tensiones al borde de explotar. La sensatez del viejo mundo no existe, ya que, en la medida que cae, ha perdido sentido de ser. Su racionalidad está muerta o no funciona, es un conjunto vacío que solo a veces resuena en las instituciones caducas del sistema del derecho internacional. Rusia no ha tomado nada que sea incorrecto al declarar esta disposición, sin embargo, hay que esperar contravenciones occidentales y que la cuerda se siga tensando. Una de las cuestiones que evidencian que la política exterior norteamericana es bipartidista reside en el tratamiento a Rusia. Son los mismos errores llevados adelante por las dos supuestas facciones polarizadas. No hay matices, no hay cambio de rumbo y, mientras, el mundo paga las consecuencias de una potencia anglosajona que ya no podrá sostener la hegemonía en este segundo cuarto de siglo que corre y que ya marca la necesidad de un nuevo pacto social global.Aún no sabemos qué pueda pasar en los próximos años en la medida que decaiga el poder de Estados Unidos. Puede ser que se llegue a una racionalidad y la especie evite el desastre o puede que no. El nivel de toxicidad de Occidente se ha elevado a cuestiones nunca vistas. El odio a los migrantes, el racismo, los discursos de exclusión y el fin del Estado de Bienestar apuntan hacia una lógica disolutiva. El mundo se dirige hacia la eliminación de conquistas liberales y la imposición de agendas pragmáticas de privilegios jerárquicos. Es un mundo postliberal. La propuesta de hecho que lleva adelante JD Vance es esa, la de establecer un nuevo pacto con la continuidad en su persona de la política de Trump. Y la cuestión migratoria es solo la punta del iceberg de una transformación total de la sociedad.Mientras todo se construye en base a los intereses de las elites y la palabra democracia pierde peso y sentido, el pacto mundial se debilita y los conflictos pueden volver a estallar. La humanidad requiere un nuevo ethos que sea capaz del rescate de lo mejor del mundo viejo y de recrear un mundo nuevo de pactos. De lo contrario, estamos al borde del abismo. El universo liberal, con sus crisis y choques entre las elites y el pueblo, está exportando su crisis, haciendo que el cheque lo paguen otros. De hecho, las guerras tienen esa lógica, se llevan adelante para buscar los recursos sin el peaje de la competencia comercial y así abaratar los costos de producción. ¿Hasta qué punto es esto viable a largo plazo?El postliberalismo ha llevado al liberalismo a su punto de quiebre y más allá no se observa una lucha de clases coherente hacia el interior del territorio occidental. Masas enajenadas en batallas culturales, polarización, odio sin sentido, identidades inventadas, culto a lo individual en su versión más mediocre, caída de la natalidad y de los proyectos de familia y crecimiento, destrucción de la meritocracia, la ciencia, la razón y la movilidad social. Todo pesa, todo posee una consecuencia en el declive de un mundo que se niega a dar su último aliento.