El poeta observador que abraza la belleza de lo cotidiano

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Cuando conocí al poeta Javier Gilabert (Granada, 1973), estos árboles que ahora nos dan sombra no eran más que un puñado de semillas en su bolsillo. Recuerdo que un amigo común, Francisco J. Márquez, me pidió que transformase uno de sus poemas en un caligrama. Poco después, él mismo me pidió una imagen que sirviese como portada a su libro, por suerte, el Certamen de Letras Hispánicas de la Universidad de Sevilla Rafael de Cózar se cruzó en su camino y, en lugar de mi portada, hoy tenemos esta deliciosa edición llevada al papel por Renacimiento. Muy poco se parece aquel libro que leí hace unos años a este que ahora disfrutamos. Tampoco se parece a las cinco mil versiones que he tenido la suerte de leer entre el primer esbozo y la obra definitiva.La cita de Hesse sobre "la indiferencia al detalle" con la que abre el poemario resume bien el modus operandi de un poeta observador, alcanzado por la belleza de lo cotidiano, de esos que entienden que “saber mirar es parte de la escucha”. Un profesor sensible, incapaz de dejar morir a un árbol moribundo cuando sabe “que el abandono es su destino”. Un jardinero maduro que sabe, cada día mejor, donde debe cortar para que el árbol crezca, como dice en su poema Ginseng: “después de eliminar lo que en silencio / me dice que le sobra”. Un paciente cuidador de bonsáis, que se niega a darse por vencido: “Me cuesta dar por muertos a mis árboles”. Pero, sobre todo, un trabajador del verso, un cantor exigente que siempre procura dar un acorde mejor. Para Javier, ninguno de sus cuadros está nunca acabado, todo es siempre susceptible de mejora. No dudo que, incluso ahora mismo, esté buscando entre estos versos tan pulidos, estudiados y premiados, una coma o un punto que pueda modificar para dotar de más peso a sus palabras. Para expresar aquello que verdaderamente sintió la necesidad de contar, por ejemplo, cuando fuera sorprendido por un gorrión en el patio de su casa.Como un árbol, su poemario se presenta ramificado en dos partes diferenciadas, que verdaderamente son la misma: en El primer árbol se encarama a los brazos de su padre como a ramas protectoras, a la desazón del duelo y a la lejana melancolía de la infancia; En El magisterio de los árboles vuelve la cara hacia lo cotidiano, hacia la clara belleza de lo simple, hacia el calor del hogar… y en ese giro cierra el círculo al verse convertido para sus hijos en el árbol protector que en otro tiempo fueran para él sus padres. Buen ejemplo de ello son estas Estelas, a mi entender, uno de los mejores poemas del libro: “Al volar, cada pájaro / va dejando una estela / que atrae levemente al que le sigue. / Es como abrir caminos en el aire. / Los padres, sin saberlo, / tratamos de imitar / esa costumbre”.Podría llevarme horas hablando de todas esas cosas que nos vinculan, de los referentes que compartimos, de los poetas a los que admiramos, de la pulcritud en la palabra, de nuestro amor por la estética oriental, de haikus y bonsáis, pero prefiero que sea el lector quien se encuentre a sí mismo en su poesía, quien se enfrente, como hace él, a la vida con la mirada abierta, sabiendo que “si cerramos los ojos, el mundo se detiene”.