El Papa León XIV se reunió con representantes de colegios y otros actores del mundo de la educación en la Universidad Católica del Uruguay, el sábado 7 de noviembre de 2026.Aquí el texto completo del mensaje que pronunció: Queridos hermanos y hermanas:Me alegra mucho poder reunirme con ustedes, que, a ejemplo de Jesús, el Divino Maestro, dedican su vida al servicio de la educación. Saludo al Cardenal Daniel Sturla, S.D.B., Gran Canciller de esta Universidad Católica. Saludo a los señores Obispos, al Rector, el padre Julio Fernández Techera, S.I., y a todas las autoridades civiles. Mi saludo especial a los profesores y a los estudiantes, venidos de tantos centros educativos de este país.Hace poco más de treinta y ocho años, san Juan Pablo II visitó esta casa de estudios, que en ese entonces estaba dando sus primeros pasos. Hoy, deseo agradecerles de corazón la labor educativa que han realizado y siguen realizando en las comunidades de formación y de enseñanza, en los distintos niveles y etapas del aprendizaje, en favor del anuncio del Evangelio y de la dignidad de la persona humana. Esa constancia demuestra que la educación católica en Uruguay ha llegado a ser «la forma concreta con la que el Evangelio se convierte en gesto educativo, relación, cultura». Nos afirma, además, que «el Evangelio no envejece, sino que “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Cada generación lo escucha como una novedad que regenera. Cada generación descubre su poder seminal y multiplicador» (cf. Carta ap. Diseñar nuevos mapas de esperanza, Proemio, 1.1).El objetivo de la misión pastoral en el ámbito educativo es que el estudiante, el profesor, el directivo del centro de educación, escuche, vea, guste, toque, huela la Buena Noticia; que ilumine los sentidos, como lo hacen los vibrantes murales de este campus universitario, para que quien participa de la comunidad educativa crezca y fortalezca su inalienable dignidad de persona humana. Lo mismo ocurre en los entornos de educación extraescolar e informal, en las comunidades educativas y de reinserción social o terapéutica, donde, más aún que las palabras, cuenta la presencia atenta y el testimonio de vida de adultos creíbles, competentes y que cooperan entre sí.Para que se alcance esa meta, ante la realidad mundial que estamos viviendo, considero necesario «superar las visiones dualistas: El ser humano es “unidad de cuerpo y alma”. La reducción del cuerpo a un “objeto”, del que se puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona» (cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 14; Audiencia general, 9 septiembre 2026).Los invito, por ello, a que hagamos un breve “paseo” por nuestros cinco sentidos y, reflexionando en ellos, redescubramos la belleza del Evangelio y la magnificencia de nuestra humanidad.Empecemos comentando el versículo de un salmo: «Cuando contemplo el cielo» (Sal 8,4). El salmista nos conduce hasta una de las operaciones más sublimes de nuestros ojos: contemplar. Contemplar, hoy en día, es mirar con atención, casi maravillado, algo espiritual o material. La conciencia de nuestro lugar en el plan de Dios y de nuestra responsabilidad personal y colectiva en el cuidado de la armonía original nace de la contemplación de la creación y del encuentro con Él. Esto podemos apreciarlo también en los doce edificios del campus, que se fusionan armoniosamente en el entorno de este barrio.Contemplar es evangelizar en ese proceso cognitivo cada vez más difícil: La atención. Cuando se crece en este proceso, nuestros niños y jóvenes logran la profundidad que añoran; adquieren espacios de silencio y discernimiento; crecen en la familiaridad del diálogo con la conciencia y con Dios (cf. Carta ap. Diseñar nuevos mapas de esperanza, 10.3). Les pido que en su labor educativa la contemplación tenga un lugar privilegiado.En segundo lugar, el salmista, al decir «el cielo, obra de tus dedos» (Sal 8,4), continúa en su contemplación, hasta el punto de que logra ver los dedos de Dios, como los de un artista que va dejando en la creación luminarias, ángeles, seres vivos que se mueven en el firmamento, en la tierra y en las aguas. De todos estos seres, sólo el hombre tendrá dedos que, unidos en sus manos, trabajarán la tierra, producirán frutos, saludarán a sus semejantes, acariciarán, abrazarán. No obstante, no podemos olvidar que, en la actualidad, los dedos humanos están produciendo la más terrible de las “obras humanas”: la guerra (cf. Discurso en la sede de la UNESCO, 25 septiembre 2026).La educación católica que ustedes desarrollan está llamada a que la comunidad educativa descubra la importancia del tacto, de las manos, de los dedos, para fomentar la paz. Si nuestros estudiantes sienten el abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, anhelarán el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestros niños y jóvenes se sientan como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio (cf. FRANCISCO, Evangelii gaudium, 144). Quien se siente abrazado por el Padre es, inevitablemente, un constructor de paz.En el paseo que estamos haciendo, el apóstol Pedro nos dirige hacia el sentido del gusto, diciendo: «Han gustado qué bueno es el Señor» (1 P 2,3). Este sentido evoca el sabor, la sabiduría que viene de experimentar, de rumiar, de degustar. Hablo de la sabiduría que nos acerca a la bondad de Dios; la sabiduría que nos hace hermanos; la sabiduría que nos hace santos. Gustar no se limita a reconocer sabores, clasificar alimentos, agrupar comidas. De la misma manera, no puede ser considerado sabio aquel que reúne información, sin discernir, sin reflexionar, sin conocer el contexto.Es urgente, entonces, que nuestra educación escolar y universitaria contribuya al «uso sabio de las tecnologías y la IA, colocando a la persona antes que el algoritmo y armonizando las inteligencias técnica, emocional, social, espiritual y ecológica» (cf. Carta ap. Diseñar nuevos mapas de esperanza, 10.3). Que nuestros niños y jóvenes saboreen «lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (Rm 12,2).Para considerar el olfato, podemos remitirnos al episodio de la unción en Betania relatado por el evangelista Juan: «La casa se llenó de la fragancia del perfume» (Jn 12,3). «El mundo se ha llenado de la buena fama, porque olor bueno es la buena fama», nos recuerda San Agustín (Comentario a San Juan, Tratado 50, n. 7). La fama del hombre de hoy ha sufrido innumerables golpes, hasta el punto de que desechar, rechazar, menospreciar, se ha convertido en un olor nauseabundo, aceptado por nuestro olfato.El proceso de deshumanización que estamos viviendo es un desafío para nuestras instituciones escolares y universitarias. «La paradoja resulta cada vez más evidente: mientras se atribuye “inteligencia” a los sistemas computacionales, nos cuesta reconocer la dignidad inalienable de las personas, cuyas vidas se juzgan según el criterio de la eficiencia y, cuando se considera que ya no son productivas, son rechazadas y descartadas» (Discurso en la sede de la UNESCO, 25 septiembre 2026).Es indispensable que defendamos el buen olor de la persona humana, fundamentados en el buen olor del Mesías. Necesitamos proclamar de nuevo que la vida humana se respeta en todas sus fases y estados. Nadie puede ser rechazado.Finalizamos nuestro paseo con el sentido de la escucha, citando al evangelista Mateo, que dice: «El que tenga oídos, que oiga» (Mt 13,9). Terminamos aquí con la intención de que cuanto hemos reflexionado en esta casa de estudios sea oído y, posteriormente, escuchado en sus instituciones educativas. Afinar el oído es importante en el mundo de hoy. Discernir lo que escuchamos marca la diferencia. «San Agustín, al injertar la sabiduría bíblica en la tradición grecorromana, comprendió que el maestro auténtico suscita el deseo de la verdad, educa la libertad para leer los signos y escuchar la voz interior» (Carta ap. Diseñar nuevos mapas de esperanza, 2.2).Nuestra educación católica no puede estar proyectada en un circuito cerrado. Más bien, debe acostumbrarse a escuchar a las familias, a la sociedad civil, a las autoridades políticas y administrativas, así como a los representantes de los sectores productivos y de las categorías laborales. Hoy en día, nuestros niños y jóvenes “escuchan” cuando participan del voluntariado, de la misión o del proyecto comunitario. El que escucha reconoce al otro como un bien, no como una amenaza. En las Sagradas Escrituras, escuchar al Señor ha sido visto como un acto de sabiduría, de prudencia y de justicia (cf. Pr 1,2-5;2,1-9). Estas tres virtudes deben adornar nuestros proyectos educativos, teniendo en cuenta que las generaciones cambian mucho más rápido que antes y que, estar al día, sin abandonar la sana tradición, es todo un desafío.Queridos hermanos y hermanas, les pido que sigan caminando, evangelizando y contemplando a toda la persona: «cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad» (CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 3). No nos está permitido detenernos. Sigamos caminando en Aquel que se hizo Camino, Verdad y Vida. Agradezco nuevamente la labor educativa que realizan, y poniéndola bajo el amparo de la Bienaventurada Virgen María, Sede de la Sabiduría, les imparto de corazón la Bendición Apostólica.