Lee Chang-dong ha dirigido siete largometrajes en 29 años, a razón de dos por cada década de trabajo, y todos ellos pueden considerarse obras de maestría extraordinaria en la que quizás sea una de las filmografías más rotundas de nuestros días. Un amor posible llega ocho años después de la impecable Burning (2018) y demuestra que al cineasta coreano le gusta tomarse su tiempo, tanto en la narración de sus relatos como en la cavilación de sus proyectos, pero que cuando presenta película nueva es un acontecimiento de gran valor. Jeon Do-yeon, la sobresaliente protagonista de Secret Sunshine (2007), y Sul Kyung-gu, estrella de Peppermint Candy (1999) y Oasis (2003), se reúnen con Lee para alcanzar un nuevo do de pecho actoral, esos niveles de profundidad interior en las interpretaciones que el director de Poetry (2010) saca siempre de sus actores (¿o la implementa en ellos?), logrando que se pierdan para siempre en los personajes. La reunión con estos dos colaboradores amuleto es significativa, en tanto que les brinda los papeles de un matrimonio obrero en crisis que elude toda clase de simplificación en el retrato. Machacados por el despido del marido y las secuelas de la violenta represión policial que apagó las protestas en las que participó, los protagonistas y su hijo de diez años conocen casualmente a una directora de cine (Cho Yeo-jeong, la ama de casa de Parásitos) que está realizando un documental sobre la lucha laboral. No oculta la fascinación que siente ante la ocasión de grabarles y sorber su historia personal. A sus ojos es un buen ingrediente de “realidad social” que legitima su proyecto, auspiciado por un adinerado cónyuge (Zo In-sung) criado entre algodones de fondos de inversión. Los movimientos orbitales de ambas parejas ocupan casi tres horas de metraje prolijo y cadenciosamente engarzado en secuencias largas, escenas que respiran en los gestos de los actores y flashbacks que despliegan el relato. Una progresión narrativa frondosa (seña de identidad muy literaria, habitual en Lee) durante la que su relación como objeto de deseo y fetiche aspiracional va tornándose cada vez más perversa. Lee señala cómo la explotación de los demás puede tomar muchas formas: el privilegio despreocupado que unos anhelan es la autenticidad visceral que otros codician. La confrontación de clase entre dos familias en Parásitos (2019) servía a Bong Joon-ho para lubricar un artefacto de suspense con golpes medidos al milímetro, pero la tensión de Un amor posible se mantiene amarrada por un malestar que empaña y retuerce cada escena sin estallar. Aunque la película esté dedicada a Kieślowski, su desasosiego latente lleva a pensar en Buñuel. Como su conclusión, dura y hermosa. Si el capitalismo y las políticas neoliberales han naturalizado el vampirismo hasta dejarnos sin vía de escape, quizás sea la posibilidad de un amor la salida.