Pasando por Atenas

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De Santander a Valencia, pasando por Atenas. Todo en siete días. Una revisita de los tres gatos de Mou (¿Tebas, Louzán y Fran Soto?) al 'De Madrid a Oviedo, pasando por las Azores', la graciosa novela de Pemán, el hombre que al releer en casa la 'Antígona' de Sófocles reparó en el horario de la vida griega, «tan natural y tan distinto del nuestro», para exaltar el espectáculo de la tragedia: las representaciones teatrales tenían lugar a la salida del sol. –¡Cómo sonó en mi biblioteca el coro vivo y alegre de los viejos tebanos: «Rayo de sol, la más bella luz que jamás haya brillado sobre Tebas, la de las siete puertas; al fin has aparecido, ojo luciente del día!…». Y no era una casa cualquiera, la de Pemán. Un día, al pasar frente a ella, con su placa de 'Aquí nació don José María…', al Beni de Cádiz lo detuvo su compadre, el Cojo Peroche, con una angustia gaditana: «¿Qué crees que pondrán en nuestra casa cuando faltemos, Beni?». Y el Beni le contestó: «Se vende». Sin salir de casa, Pemán descubrió la importancia de los horarios en la categoría del espectáculo, y eso han hecho los gatos de Mou con el Real Madrid: partido en Santander el domingo, partido en Atenas el miércoles y partido en Valencia el sábado, víspera de otro parón de selecciones, tan absurdo, por cierto, como la huelga general que para el día 11 organiza el sindicalismo vertical para jugar al gran mito socialista de Sorel, que es provocar la «tremenda catástrofe» a fin de comprobar si a un grupo social le ha llegado su momento histórico, aunque todos sabemos que en España una huelga general consiste, como decía Sainz Rodríguez, el del Bachiller, en que se cierran las panaderías. La granujada, pues, es apretarle las fechas al Madrid de Mou para obligarlo a competir con un pie en el campo y otro en el avión y contra rivales inferiores, pero en plenitud, nada que ver con esa liguilla de suplentes que libra el Barsita del Régimen. Las horas absurdas de ver fútbol en España, obra de los gatos de Mou, son una copia de las horas absurdas de comer en España contra las que reaccionó en su día, después de la guerra, Gecé, logrando que el ministro Serrano Suñer decretara el horario europeo que había existido hasta la Dictadura de Primo de Rivera, «quien para no aumentar los sueldos de los funcionarios estableció la jornada intensiva en la burocracia y trastornó así las horas de comer en toda España». Mou: –Hemos llegado a las tres de la madrugada y, para ganar dos horas de sueño, ningún jugador se ha ido a casa. Es la forma ratonera que tiene «la dirigencia» del fútbol español de apoyar al club más laureado del mundo, sin cuya concurrencia la Liga tendría el mismo atractivo que la boina de Uclés. A los horarios hay que añadir saldos arbitrales, como por ejemplo el de tarjetas rojas: menos dos del Real Madrid por más 65 del Barsita en España, en comparación con un más trece del Real Madrid por un más doce del Barsita en Europa. Es lo que Foxá llamaría «poesía de las estadísticas», palabra, por cierto, derivada de Estado y cuya cuna como ciencia moderna ha de situarse en Venecia y en Florencia. Para volverse locos, los piperos, que este verano querían vender a Bellingham, por bolinga, y ahora lo tienen por otro Di Stéfano. Que han descubierto a Bernardo Silva, ese portugués bajito que pasa por los partidos como Dustin Hoffman, ese californiano bajito, por las películas: siempre corriendo. Que han aceptado que menuda bala esquivó el club con dejar pasar de largo a Rodrigo Hernández Cascante. Que, bien mirado, Aureliano no es el muerto que les vendían los revistosos del puchero. Que tienen los primeros barruntos de que Camavinga siempre fue un jugador-Mou. Que comprenden que Güler todavía no tiene cuerpo para jugar en el puesto donde perder balones constituye delito. Y que no saben que el colapso de Vinicius no es físico, sino psicológico ('bullying' mediático, social y deportivo): si la psicología es una ciencia, dice Santayana, hay que suprimir de ella la imaginación social.