En 'El arte de la guerra', el maestro Tzu (Sun Tzu) estableció cinco siglos antes de nuestra era las cualidades que debía poseer cualquier líder de una nación para salvaguardar a sus países de la aniquilación . Y el maestro chino lo hacía en un tratado sobre la guerra porque consideraba que la acción militar era un elemento vital para la supervivencia de una nación. Decía además que la autoridad encargada de tan alto cometido debía estar dotada de unas cualidades concretas: inteligencia, honradez, humanidad, valor y severidad. Al enmarcar esos valores en su tiempo, nos lleva a fundir en una misma persona la autoridad militar y la política. Al fin y al cabo, deberán pasar unos cuantos siglos para hacer distingos entre una y otra. Sin embargo, esa diferenciación en nada rebajó el sentido ético y moral que deberían adornar a ambas autoridades. Tzu identificaba la forma de salvaguardar a la nación mediante «la conjunción de todos los ciudadanos con sus líderes, en un mismo fin», y lo resalta más aún al decir que será así cuando el dirigente y el pueblo «puedan compartir la vida y la muerte sin temor al peligro», una manera de manifestar que la supervivencia de la nación está en manos del dirigente y manos del pueblo. La evolución de los principios que debían adornar a los líderes fue a la par de la transformación de las estructuras políticas que regían las naciones. Así, en 1513, Maquiavelo, en 'El príncipe', además de analizar distintas formas de gobierno, hace una disquisición sobre las cualidades que deben tener los príncipes. Lo hace de manera contrapuesta, esto es, qué cosas debe evitar un príncipe que lo incapaciten para el ejercicio del principado: «Gran dicha sería a la verdad hallar un príncipe que reuniera todas las buenas prendas que he señalado (liberal, franco, valeroso, honrado, digno de honor, afable, hombre de bien…), pero como nuestra naturaleza no es capaz de tanta perfección, es necesario a lo menos que tenga el príncipe bastante prudencia para preservarse de aquellos vicios y defectos que pudieran perderle». Así, la Prudencia se convierte en el elemento crítico en el comportamiento de un dirigente. Santo Tomás Moro , en 'Utopía', describe la visión de una sociedad perfecta. Además de establecer la necesidad de contar con pocas leyes, describe las virtudes que deben tener los servidores públicos, ya sean magistrados o militares. A unos los sitúa alejados de la parcialidad y la avaricia, y a los segundos los considera «hombres de verdad» cuando han vencido por la fuerza y poder de la inteligencia. Aristóteles, en su libro primero de 'Ética a Nicómaco', decía que «el joven no es muy apto para el estudio y la práctica de la política, pues carece de experiencia en las acciones de la vida, y la política versa y se apoya en las acciones o práctica de la vida». Y al referirse a la juventud lo hacía en un doble sentido: la edad biológica y la edad mental, ya que definía como juventud a esa etapa vital «dominada por las pasiones y sujeta a los impulsos», esto es, incluía en este periodo de la vida a quienes así se comportan, sin referencia a la edad, para quienes todo conocimiento resulta inútil y para quienes son incapaces de dominar sus impulsos. Y llegado a este punto, una lectura inversa de lo hasta ahora escrito nos pone ante la realidad de lo que vivimos en España, y más allá. La política de hoy está cargada de esa juventud de la que habla Aristóteles, de los faltos de experiencia y de los incontinentes de sus impulsos que dedican su tiempo a proclamar, a gritar, mejor dicho, sus pueriles vivencias como hitos históricos irrefutables y dan rienda suelta a sus impulsos a base de insultos y sátiras mezquinas de quienes, por prudencia, aguantan los injustos reproches y las maliciosas sonrisitas. Nada que ver con la fuerza de la inteligencia de la que hizo gala la generación de políticos y militares que, tras la realidad de la más cruel forma de la guerra, la civil, fueron capaces de llevar a cabo una acción política pacificadora como la Transición y salvaguardaron su nación, España, todos juntos. Me da que, en estos tiempos de vacío de razón y sentido común, con conflictos híbridos y desiguales, habrá que buscar con quién ir a esta guerra en la que estamos metidos para salvaguardar la nación, como decía el maestro chino, porque ya se hace imposible seguir a tanto irresponsable niñato imprudente, e insoportable sentir la pérdida de tantos buenos compatriotas caídos.