No imaginaba yo —ingenua de mí— que un señor presidente, entrado en años, formado en alguna universidad y experimentado, cambiaría tan rápidamente la almohada por el ChatGPT. Me pregunto qué hará por las noches ahora que no tiene nada que consultar. Y ¿por el día? ¿Ninguno de sus consejeros le advirtió de la escasa fiabilidad de la IA? Alguno habrá entre sus asesores que todavía consulte Wikipedia y no haya perdido esa capacidad de razonamiento lógico que nos permite deducir a partir de información fiable y contrastada, ¿no? ¿Nadie le planteó la posibilidad de que, por muy bien que nade un ratoncito de no más de 15 cm y de apenas 35 gramos de peso, difícilmente podría resistir el oleaje marino? Pero si grave es que un presidente gobierne amparado por la IA, dramático es que siga luchando por convencernos de su postura: a los demás que les den. No es Fernando Clavijo Batlle más miserable que otros seres de la especie humana, pero el cargo que ostenta lo convierte en altamente perjudicial y peligroso. A lo largo de la historia, la humanidad ha mostrado solidaridad y miseria, casi caprichosamente, ante las tragedias vividas. Durante el confinamiento de 2020, muchos ciudadanos exhibimos nuestra solidaridad con aplausos sincronizados cada tarde desde balcones y ventanas; aunque, con la misma pasión y sinceridad, a esos mismos aclamados héroes y heroínas les impidieron volver a sus casas, expulsados por unos vecinos que temían que aquellos héroes de las 8 portaran el virus entre las dobleces de la ropa. Solidaridad folclórica y primitivismo insolidario conviven sin desentonar, como vimos durante aquel larguísimo encierro y como vemos hoy con el crucero MV Hondius.Y es que el miedo es mal consejero, nos vuelve egoístas, cobardes, miserables, intransigentes y, para rematar, ciega nuestro entendimiento. Dicen algunos expertos que la experiencia de la pandemia de COVID-19 ha dejado grabados el miedo y la desconfianza en nuestra piel y que andamos temerosos, acechando su vuelta. También dicen que esta sociedad individualista de hoy está acabando con la empatía, lo que conlleva una deficiencia de tipo emotiva que nos impide percibir las desgracias humanas. Por ese juego mental, los contagiados de hantavirus no son personas, sino problemas ajenos; no somos capaces de vernos reflejados, de imaginar que bien podríamos ser nosotros uno de ellos. Y ¿qué hacemos normalmente con los problemas? Aplazarlos o quitarlos de nuestra vista, largárselos a otro. Lo mismo que haríamos con un móvil obsoleto, abandonarlo en un contenedor —¡uf!, ¿en el de color amarillo o en el azul?, esa nimiedad sería nuestro conflicto ético— y, una vez apartado de nuestra área de confort, se nos acabaría el problema. Ojos que no ven…Pero, nade o no el ratoncito, el problema del hantavirus y sus contagios sigue existiendo y creciendo en el ángulo oscuro, como diría el poeta del arpa olvidada. El miedo nos vuelve tontos y nos convierte en nuestros peores enemigos: a aquellos sanitarios y voluntarios a los que se les impedía volver a casa los debió de vencer el agotamiento y la decepción. Los móviles viejos acaban en algún vertedero gigantesco de Ghana, contaminando y expandiéndose en ondas que avanzan en sentido inverso, de vuelta a casa. Los contagiados de hantavirus, aunque nos neguemos a visualizarlos como seres humanos, lo son. Como lo son los inmigrantes, los expulsados de una guerra o las pacientes de cáncer del Virgen del Rocío.Negar la evidencia no nos salva de ella. Si no nos dejásemos vencer por el miedo y sintiéramos la solidaridad como uno de los mayores rasgos humanos, entenderíamos que, ante cualquier accidente o tragedia humana, lo primero que debemos hacer es buscar la forma de ayudar, que es una manera de solidarizarnos y de empatizar, visualizando que, en el caso de encontrarnos en esa situación, no entenderíamos el abandono. El auxilio es un sentimiento noble, ya que cabe la posibilidad de que nunca necesites, para suerte tuya, la solidaridad de tu vecino desconocido; pero también es una forma inteligente de gestionar una situación que, aunque pueda parecernos ajena, nos afecta directamente: una crisis epidémica no debe ignorarse, sino afrontarla desde el conocimiento, la ciencia y actuando con medios materiales y profesionales adecuados. No sé si aquel crucero podría haber atracado o fondeado en otro puerto, pero desde luego, me alivia saber que lo ha hecho en un país que puede responder médicamente a una epidemia. Habría sido un suicidio colectivo dejar el barco a la deriva o desplazarlo a un país que no contara con medios médicos ni sanitarios apropiados.La ciencia nos permite actuar con eficacia; la calma y la ausencia de demagogia nos hace solidarios y nos abre los ojos. En definitiva, nos devuelve la sensatez. Es posible actuar en beneficio de toda la comunidad y del nuestro propio: ofrezco mi ayuda para salvarnos, no solo para salvarte o para salvarme.Decía que el presidente Clavijo es perjudicial y peligroso porque desde su cargo está alimentando el miedo, el odio y, como consecuencia inmediata, la insolidaridad. Reaccionar ante una crisis sanitaria desplazando el foco de infección a un lugar en el que no hay medios para responder médicamente es irresponsable por parte del gobierno canario, pues podría ocasionar males mayores. Apartar el problema haría posible que la epidemia se extendiera llegando a nosotros de forma descontrolada, señor Clavijo. Aunque solo sea por egoísmo, o por salvar a los canarios y a los españoles, sería mejor ocuparnos nosotros. Nunca ha de dejarse en manos inexpertas los temas delicados. La solidaridad no solo es generosidad desinteresada, también es responsabilidad.