Nos apuntamos a una grotesca liguilla de 'futbito' (pronúnciese 'furbito') porque el padre de un amigo patrocinó el modelito de jugador, zapatillas fosforescentes incluidas. En aquel tiempo, encontrar un corazón tan caritativo no era fácil, y nosotros, jóvenes errantes mucho más rabiosos que Marlaska cuando lo abuchearon en Baeza , no íbamos a regatear esa ocasión. Nos convertimos en un equipo sorprendente. Si jugábamos el sábado por la mañana, fresquitos, actuábamos como verdaderos matagigantes y nos fundíamos al líder. Pero si tocaba partido el domingo, entonces deambulábamos sobre el cálido asfalto como beodos recalcitrantes de los que regresan al hogar agusanados. Un dramón. En efecto, los domingos al amanecer salíamos con los tímpanos reducidos a fosfatina de cualquier discoteca de... Ver Más