Discos de la semana: el tiempo pasa, pero Kevin Morby sigue igual

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Esta es la selección que han hecho los críticos de ABC de los últimos discos que se han publicado. Morby solo sabe cocinar un plato y… le sale rico, pero repite. Y repite. Y repite. Y repite. Y repite. Y repite. Y repite. Y repite. Y repite. Y repite. Y repite. Y repite. Y repite. Y repite. Trece veces más concretamente. Este 'American Pie' que prepara el cantante tejano tiene todos los ingredientes habituales de la 'americana' y si bien nunca le hemos pedido que reinvente la tarta de manzana, tampoco pasaba nada por estrujarse un poco más la neurona. Si lo que buscas son requiebros y sobresaltos aquí no es. Es un disco de carretera, disfrutable, apacible y lineal como las autopistas del desierto. Kevin flota por los paisajes del Midwest americano y avanza de canción en canción como una jabalina que corta el aire a su paso ('Javelin'). Está bien escrito, de eso no hay duda. Sus textos son hondos y reflexivos. El paso del tiempo vuelve a ser uno de sus grandes temas, 'Die Young' y 'Dandelion' dan buena cuenta de ello. Para ir cerrando hablemos de la sonoridad del disco, más pulida y nítida que en trabajos anteriores. Esto es algo que, a priori, puede restarle credibilidad a este tipo de propuestas y sin embargo, no lo hace en esta ocasión. Morby imprime autenticidad en sus composiciones. A Cucho Peñaloza y Sergio Galarza debemos 'Los Rolling Stones en Perú' (Periférica, 2007), trabajo de investigación y de memoria sobre la huella que la banda británica dejó a su paso por un país que en tiempo real y desde los mismos años sesenta, como documentan las recopilaciones que rescatan la magra producción discográfica de decenas de bandas desconocidas, al menos por aquí, se interesó por una experimentación folclórica en la que el pop inglés, a través de la psicodelia y el guitarreo eléctrico, se llevó por delante la tradición y la prioridad nacional. Cumbia, pero menos; casi nada. A esa generación pertenecen Los Mirlos, banda de vejestorios que ahora se da un homenaje multipolar, similar al que Peret, antes de hacerse separatista, el pobre, se dio en 'The King Of Rumba'. Está bien buena esta vuelta colaborativa de tuerca a una 'cumbia psicodélica amazónica' que de la mano de un selecto grupo de estrellas hispanas busca ahora su más que merecido lugar en el mundo, de la anécdota o la insistencia. Desde que se instaló en California hace unos años, Jeff Parker no ha parado. El inquieto guitarrista de Tortoise, uno de los músicos más representativos de la escena del jazz experimental y el post-rock de Chicago, cuyos dedos han estado recientemente al servicio de Flea, el de los Red Hot…, vuelve ahora al ataque con este tercer disco grabado en directo en el club ETA. El pequeño local de Los Ángeles –cuyo nombre habría tenido dudosa acogida en España– estuvo abierto desde 2016 a 2023. Cada lunes, Parker y su IVtet ofrecían allí un concierto que comenzó siendo de versiones de estándares y evolucionó hacia la libre improvisación. El registrado en este trabajo fue uno de los últimos. Solo dos temas de más de veinte minutos cada uno que recuerda, en espíritu, a la reciente actuación que The Necks realizó en Madrid, en la que el grupo australiano tocó un tema de más de cincuenta minutos, descanso media hora e interpretó otro de 45. Menuda turra, pensarán, pero los que allí estuvimos salimos extasiados. Me recuerda también al impresionante 'The Night Of The Cookers' que el trompetista Freddie Hubbard ofreció en el club La Marchal de Nueva York en abril de 1965, con sus cuatro cortes de veinte minutos que te arrasan como un tsunami. Parker y sus compis no llegan ni a la experimentación del primero, como cabría esperar del guitarrista de Tortoise, ni a la salvajada del segundo, que marcó la adolescencia del que esto escribe. Son cotas altas, claro, pero estas dos canciones, 'Like Swimwear' y 'Happy Today', pueden presumir de situarse a medio camino con firmeza y cabeza bien alta. La música se extiende como tinta derramada sobre un paño de lino en esta especie de jazz ambiental improvisado con melodías que flotan alrededor sin que haya un líder claro. Lo importante es el equipo, por suerte, y este es capaz de hacer grande y espacioso un local que, en realidad, tenía capacidad para solo 78 clientes. Que la historia no es cíclica pero rima es algo que sabemos todos. El country y el flamenco vuelven a estar en boga entre los jóvenes y, dadas las condiciones de vida, complicadísima y carísima te encuentres donde te encuentres, ya sea Seattle o las Pedroñeras. Por eso no desaparece el punk, o el espíritu del punk, que se sintetiza en el auge reciente del post punk, con el sonido oscuro y poca esperanza en el futuro. De la mano, con un sonido más alegre, está el new wave: colores neón saturados y sintetizadores luminosos, aunque a veces con mensajes aciagos. Todo esto es por darles una etiqueta, porque en algún lugar había que clasificar a los discos en las tiendas. Telehealth entraría más o menos aquí, como unos B-52 postcapitalistas que han pasado por las múltiples crisis de los millenial, cuya casa de la infancia es ahora un AirBnb y no se pueden permitir la muerte ni los impuestos. Bajo varias capas de ironía –critican el sistema disfrazados del propio sistema (revolucionario, lo sé)– no dejan de sonar monótonos. Quizás el drama sea eso, tras tantos eventos históricos, estamos ya insensibilizados a críticas legítimas. Haced al menos que quiera ponerme el disco. Si ‘A Dream Is All We Know’ era la postal perfecta de un verano imaginario de 1967, ‘Look For Your Mind!’ confirma algo todavía más interesante: The Lemon Twigs ya no son unos chavales haciendo cosplay de sus héroes. Son una banda gigantesca. Una de verdad. De las que convierten la obsesión melómana en canciones que parecen existir desde siempre. El disco rebosa melodías luminosas, armonías marca de la casa y esa producción analógica que suena a cinta recién sacada del estudio de algún genio pop escondido en California. Pero aquí hay más músculo, más sensación de grupo tocando junto, más nervio rock. “Look For Your Mind!”, “2 or 3” o “Nothin’ But You” tienen la clase de estribillos que obligan a mirar el móvil para comprobar, incrédulo, que esto no lo compuso McCartney en 1966. Y sí, están los Beatles, los Byrds, Big Star o Brian Wilson flotando sobre cada acorde. Pero el milagro es que los D’Addario empiezan a sonar, por fin, completamente a ellos mismos. Incluso cuando hacen pop barroco con campanitas, cambios de tono y coros celestiales, hay una personalidad cada vez más clara y menos dependiente del homenaje. Uno de los discos del año, y solo estamos en mayo.