Trump, Xi y cómo gestionar una relación estratégica

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La cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping ha sido percibida con distintos matices en Pekín, Washington y Bruselas. Los siguientes apartados abordan la reunión desde tres perspectivas diferentes y complementarias.La visión china de una rivalidad bajo controlLa lectura mayoritaria en China de la cumbre es que ha sido favorable a los intereses de este país. Se pone especial énfasis en el establecimiento de la “estabilidad estratégica constructiva” como el marco político favorable para el desarrollo de la relación bilateral en los próximos años. Según el periódico del Partido Comunista de China, el Diario del Pueblo, este concepto permite a Pekín proyectar tres mensajes simultáneos: que China habla con Washington en pie de igualdad, que la competencia bilateral debe mantenerse bajo control y que asuntos clave como Taiwán, tecnología y comercio no pueden gestionarse al margen de las “preocupaciones centrales” chinas.La evolución de la cobertura de este diario oficial es reveladora. Al comienzo del viaje, cuando las portadas de todo el mundo recogían las imágenes de la llegada de Trump a Pekín, este periódico no hablaba de la visita hasta su página tres. Sin embargo, tras las reuniones de trabajo posteriores el tono cambió claramente. El 15 de mayo, Xi y Trump copaban juntos la primera página, subrayando la estabilidad, la cooperación económica, la apertura china a las empresas estadounidenses y, al mismo tiempo, una clara advertencia sobre Taiwán, descrito como el asunto “más importante” de la relación bilateral. El 16 de mayo, este periódico amplió el marco interpretativo hablando de 2026 como un año “histórico y emblemático”, al establecerse la “estabilidad estratégica constructiva” como la nueva definición de la relación bilateral, que debe dar lugar “a una estabilidad positiva basada en la cooperación, una estabilidad sana con competencia moderada, una estabilidad normal con diferencias controlables y una estabilidad duradera con paz esperable.”La percepción social fue más emocional y diversa, aunque en general favorable. La visita fue tendencia en Weibo y millones de chinos siguieron la llegada de Trump a Pekín por Douyin. En las redes sociales chinas circularon innumerables memes sobre Trump, Xi y los empresarios estadounidenses, y muchos usuarios interpretaron la visita como una prueba de que China ya se relaciona en pie de igualdad con Estados Unidos (EEUU). También hubo orgullo por detalles protocolarios, como el saludo y la interacción respetuosa de Trump con las autoridades chinas, así como su tono inusualmente contenido en redes durante la visita, que se interpretaron como evidencia del respeto de Trump por China y sus líderes.En cualquier caso, también ha habido voces más cautelosas alertando de la persistencia de la competencia estructural entre ambas potencias, de la volatilidad del propio Trump y de otros elementos del sistema político estadounidense que ponen en riesgo la distensión entre ambos países. Washington entre rivalidad, pragmatismo y contenciónLa relación entre EEUU y China es hoy tan delicada y estratégica que cualquier cumbre entre ambos líderes adquiere relevancia por sí misma. En ese sentido, el mero hecho de que el encuentro se haya celebrado ya puede considerarse un éxito. Las expectativas eran deliberadamente modestas y, desde el lado estadounidense, la cumbre ni siquiera estuvo precedida por la preparación diplomática habitual. Retrasada por la crisis con Irán y celebrada en un momento de dispersión estratégica y polarización interna en Washington, el principal objetivo parecía ser evitar un deterioro adicional de la relación y preservar el canal directo entre ambos líderes. La reunión ha reflejado, además, hasta qué punto la relación bilateral ha cambiado de naturaleza. Se ha pasado de la lógica del engagement a una rivalidad gestionada, donde se trata de competir, contener riesgos y proteger sectores estratégicos evitando al mismo tiempo una confrontación abierta. Por eso, incluso una reunión relativamente cordial no implica necesariamente una mejora estructural de la relación bilateral.También es evidente que el contexto internacional favorecía cierta moderación táctica. Trump llegaba con múltiples frentes abiertos, desde Ucrania e Irán hasta las elecciones de mitad de mandato, que reducía el margen de la Casa Blanca para abrir una gran crisis con Pekín. La dimensión simbólica también era importante, con Trump buscando reforzar su perfil como líder capaz de gestionar personalmente la relación con la única potencia que desafía la primacía estadounidense. Incluso la presencia de empresarios como Elon Musk y Jensen Huang buscaba reforzar la imagen de Donald Trump como un presidente capaz de obtener resultados tangibles para sectores clave de la economía estadounidense.No es casualidad que Scott Bessent tuviera un papel destacado en la preparación de la agenda del viaje, reforzando el enfoque económico y transaccional de la reunión. Más adelante se incorporaron figuras mucho más duras frente a China, como Marco Rubio, J.D. Vance y Peter Navarro, reflejando las tensiones internas dentro de la propia Administración Trump respecto a Pekín. La presencia de Rubio resultó especialmente significativa dado que sigue sancionado por China, aunque Pekín manejó la situación con pragmatismo para facilitar su participación.Fue precisamente en el terreno económico donde se produjeron algunos resultados concretos, aunque limitados. China anunció nuevas compras agrícolas, adquisiciones de aviones de Boeing y ciertos compromisos energéticos, un protocolo de seguridad sobre inteligencia artificial y mecanismos bilaterales de seguimiento comercial e inversión. Habrá que ver qué recorrido tienen.Las cuestiones más sensibles apenas se abordaron públicamente. Donald Trump se mostró deliberadamente hermético sobre cualquier posible cambio en la política estadounidense hacia Taiwán, evitando concretar el futuro de nuevos paquetes de venta de armas a Taipéi, consciente de que cualquier ambigüedad podría interpretarse como una señal de debilitamiento de la credibilidad estratégica estadounidense. China, por su parte, tampoco ofreció señales claras sobre una posible cooperación respecto a Irán o la estabilidad en el estrecho de Ormuz, manteniendo una posición igualmente opaca y prudente.En última instancia, la cumbre no ha alterado el equilibrio estructural de la relación y más bien prolonga la dinámica iniciada en Busan el año pasado. Ambas partes parecen interesadas, sobre todo, en evitar errores de cálculo y mantener cierta estabilidad, lo cual ya no depende de confianza o convergencia, sino de mecanismos de gestión de la rivalidad.Trump en Pekín y Europa ante un G2 informalLa visita de Donald Trump a Pekín se lee desde Europa con una mezcla de alivio e inquietud estratégica. Alivio, porque Trump no ha tomado ninguna decisión que pudiese perjudicar a la Unión Europea (UE), pero tampoco ha ocurrido lo contrario: no se ha producido una nueva escalada de tensión. No hubo un gran acuerdo comercial a espaldas de la UE, Trump no pareció sacrificar Taiwán a cambio de ayuda china sobre Irán y tampoco se anunciaron nuevas concesiones sustantivas en materia de controles tecnológicos o chips, que pudiesen dejar fuera de juego a muchas empresas punteras europeas. En ese sentido, Europa puede respirar algo más tranquila: la relación sinoestadounidense sigue siendo sobre todo competitiva, sin llegar a la rivalidad extrema.La inquietud de fondo es más estructural. La visita mostró, con crudeza, el desplazamiento del equilibrio de poder entre Washington y Pekín. Trump llegó a China con una retórica más contenida que la empleada contra sus aliados y con una clara necesidad de estabilizar la relación bilateral. Xi Jinping, en cambio, pudo presentarse como un interlocutor seguro de su posición, consciente de la capacidad china para presionar a EEUU mediante minerales críticos, controles comerciales y represalias selectivas, y, por lo tanto, muy contundente a la hora de considerar Taiwán como parte inalienable de China Continental. La paradoja para Europa es evidente: Washington exige dureza a sus socios, pero puede acabar aplicando a China un trato más flexible que el impuesto a sus propios aliados.Esto plantea un problema directo para la UE. La Comisión Europea, bajo presión de Francia y crecientemente de Alemania, se prepara para utilizar instrumentos comerciales más duros frente a China, en sectores como maquinaria, química, tecnologías limpias y bienes subsidiados. Pero será difícil movilizar a los Estados miembros si EEUU, tras años de presión para contener a Pekín, opta ahora por una desescalada pragmática. Europa corre el riesgo de quedarse sola en una confrontación económica con China, sin el respaldo firme de Washington y bajo una creciente presión de Pekín.En este contexto, la creación de un consejo de inversión y otro de comercio entre EEUU y China tiene un efecto político relevante: desarma parcialmente a los sectores más halcones con China, tanto en Washington como en Europa. Si la propia Administración Trump considera necesario institucionalizar canales económicos con Pekín, resulta más difícil defender que la única estrategia válida sea el desacoplamiento, la presión permanente o la securitización de los vínculos comerciales. Para la UE, esto reivindica una posición más pragmática: combinar firmeza frente a las distorsiones chinas con diálogo económico, gestión de interdependencias y defensa selectiva de intereses propios. Esa aproximación se acerca más a la línea defendida últimamente por España, partidaria de mantener una relación exigente con China, pero no atrapada en una lógica de confrontación automática.La visita confirma que el mundo avanza hacia un G2 informal: no un directorio estable entre Washington y Pekín, sino un sistema en el que sus ajustes bilaterales condicionan al resto. La respuesta europea no puede ser ni la subordinación atlántica ni la equidistancia ingenua. Debe combinar diálogo político, defensa comercial, política industrial y reducción de dependencias críticas. En un mundo de negociación sinoestadounidense permanente, Europa sólo será escuchada si actúa como poder económico e industrial, no como espectadora preocupada.Autores: Mario Esteban, Carlota García Encina, Miguel Otero Iglesias.La entrada Trump, Xi y cómo gestionar una relación estratégica se publicó primero en Real Instituto Elcano.