La distancia con la Virgen del Rocío se acorta entre la Raya Real y Palacio

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Mientras algunas hermandades aún comienzan su camino hacia la aldea, el jueves del Rocío ya hay muchas otras que acumulan días y noches de peregrinación . Las experiencias se solapan sin solución de continuidad, pero el cansancio se ve mitigado por el espíritu de convivencia y el deseo irrefrenable de llegar hasta la Blanca Paloma. Partiendo de Villamanrique, no hay camino o terreno donde no haya una filial con su cortejo siguiendo al simpecado, erigido en todo caso como faro hacia el santuario. Su luz conduce a Palacio del Rey a través de la Raya Real dejando momentos tan hermosos como dignos de vivir o, al menos, de presenciar. Las comitivas, algunas de gran envergadura, no pueden entrar al completo en la Raya, por lo que muchas carriolas toman otras rutas para alcanzar este lugar de sesteo o pernocta. Así, en Hato Blanco podías encontrarte a primera hora de la mañana con una hilera de carriolas de la hermandad de Huévar que se adelantaban a la llegada de su simpecado, de color rojo como las amapolas del campo y la ansiada marisma almonteña. Aunque los conductores de los vehículos conocen el camino como la palma de su mano, los agentes de la Guardia Civil controlaban el acceso y ayudaban a orientarse a quien pudiera estar más desubicado. No hacía falta poner un pie en Palacio para descubrir un hervidero de personas. Tan amplio espacio es ideal para acoger a las diferentes filiales que van llegando durante los días previos a la romería. A determinadas horas es curioso observar como coinciden las hermandades que van saliendo tras haber hecho noche allí mirando a las estrellas con las que llegan para hacer una parada o quedarse allí hasta el día siguiente. Este jueves se daban cita peregrinos de Jaén, Málaga, Granada y distintos puntos de Sevilla. En este enclave situado en pleno Parque Nacional de Doñana acaban los romeros que superan la Raya, cuyos duros senderos de arenales se han convertido en un icono del camino del Rocío. De tragar el polvo que va dejando la Raya venía la hermandad de Valencina de la Concepción , que celebra su décimo aniversario en un camino que se está viviendo de una forma especial. Si alrededor de la carreta iban los rocieros más incansables, muchos romeros de esta y otras corporaciones llegaron en los vehículos que la seguían, bien sentados en las jardineras y remolques, bien de pie y agarrados a las puertas de los mismos en una suerte de windsurf rociero para atender a todos los estímulos de su alrededor. La hermandad Castrense paraba a sestear en este ilustre paraje con sus romeros llenos de arena hasta las rodillas y su carreta aún reluciente con el estreno del interior del techo labrado. Su simpecado es inconfundible aún con la funda que se le pone para que los elementos del camino no lo deterioren. Por allí coincidieron sus fieles con los de Granada, su carreta con motivos nazaríes y un rosario de carriolas. Una bandada de cigüeñas sobrevolaba la escena antes de acabar pisando tierra para detenerse también a hacer su particular sesteo. La comitiva de Albaida del Aljarafe era una de las que llegaba con mayor alegría a Palacio, cantando sevillanas y aprovechando la primera parada para bailar y bailar antes incluso de tomar los primeros bocados de la mañana. Sus peregrinos se mostraban pletóricos por la cercanía de la Virgen, a cuya reja podrían agarrarse esa misma tarde para darle las gracias por un nuevo camino cumplido: «Ya nos falta poquito, aunque ahora nos queda lo más duro, porque Matasgordas es mucho Matasgordas», señalaban dos romeras mientras ofrecían algo de comer a los presentes. Los padres inculcaban a sus hijos pequeños las costumbres rocieras mientras los grupos de jóvenes se hacían fotos sentados en la arena. Cuanto más se acortaba la distancia, más crecían las ganas de fiesta y jarana de todo el mundo. A algunos les podía la impaciencia y no eran capaces de avanzar al relajado paso marcado por los bueyes.«Vamos a andar un poquito, que estamos todo el día sentados. Nos van a salir callos como a los chimpancés», bromeaba una romera con muchos Rocíos a sus espaldas. «¿Hasta aquí habéis llegado andando?». «Hasta aquí. Yo es que no puedo ir andando al ritmo del simpecado, porque si no, no llego. Así que me vengo para adelante y lo espero ya aquí», reconocía a una pareja de amigos otro veterano peregrino justo en la entrada del Palacio del Rey mientras al fondo asomaban los caballistas de una nueva comitiva. Una suave brisa y la sombra de los árboles ayudaba a aliviar unas temperaturas que iban en aumento conforme avanzaban las horas. Ya con el sol en lo más alto de un cielo radiante y azul, la hermandad de Marbella paraba a rezar el ángelus y a refrescar un poco las gargantas para seguir cantando con la misma potencia y facilidad con que lo venían haciendo durante todo el camino. Unos metros más adelante hacía lo propio la de Montequinto , cuya comitiva se detuvo y se dispuso en torno a la carreta del simpecado para rezar y cantar desde el corazón a la Virgen del Rocío cuando el reloj marcaba las doce del mediodía. La emoción embriagó a todos los presentes mientras entonaban los versos de su salve. Cantársela directamente a la Reina de las Marismas y al Divino Pastorcito ya es solamente cuestión de unas pocas horas.