El AGM-183A ARRW parecía una de esas armas destinadas a quedarse en una carpeta incómoda del Pentágono: cara, perseguida por fallos de prueba y superada por programas rivales. Tres años después de que la Fuerza Aérea de Estados Unidos amagase con abandonarlo, el proyecto vuelve con una ambición distinta: pasar de golpear objetivos fijos a perseguir blancos que se mueven.La diferencia no es menor. Un buscador terminal y un enlace de datos convertirían al proyectil en algo mucho más flexible que una flecha lanzada contra coordenadas cerradas antes del despegue. Si el plan sale adelante, el arma podría recibir información durante el vuelo y ajustar la fase final de ataque contra objetivos de alto valor.En el tablero del Pacífico, ese detalle pesa mucho. Un misil lanzado desde un bombardero, capaz de volar a velocidad extrema y de corregir su ruta en los últimos instantes, sería una amenaza pensada para entornos saturados de radares, escoltas y defensas antiaéreas. Para las flotas rivales, el problema ya no es solo la velocidad, sino saber de dónde llega el golpe y cuánto tiempo queda para reaccionar.Del mapa al blanco móvilSegún publica The War Zone, la Fuerza Aérea estadounidense ha pedido algo más de 296 millones de dólares dentro del presupuesto del año fiscal 2027 para trabajar en el ARRW Increment 2. La petición incluye diseño, pruebas y evaluación de una versión con buscador terminal y enlace de datos, un salto técnico de alto riesgo para un arma que ya estaba asociada a bombarderos como el veterano B-52J.El ARRW pertenece a la familia de armas de planeo hipersónico. Un cohete lo impulsa hasta gran altura y velocidad, después libera un vehículo que desciende por la atmósfera con una trayectoria más baja y maniobrable que la de un misil balístico clásico. En esa fase, sensores capaces de sobrevivir al vuelo tendrían que ver el blanco entre calor extremo, vibraciones y plasma alrededor del cuerpo del arma.Washington no ha detallado qué tipo de buscador quiere instalar. Podría recurrir a radar, infrarrojos, guiado pasivo por señales o una combinación de varios sensores. El enlace de datos sería igual de delicado: permitiría mandar actualizaciones durante el tramo de aproximación, algo que diferencia este proyecto de los misiles HACM, que responden a otra arquitectura de propulsión y vuelo.La presión del PacíficoLa elección del Pacífico no parece casual. China ha invertido durante años en misiles pensados para alejar a la Marina estadounidense de sus aguas cercanas, y la aparición de sistemas como el KD-21 muestra hasta qué punto los bombarderos y las armas de alta velocidad se han convertido en piezas centrales de esa pugna. Para EEUU, una respuesta directa al tablero naval chino pasaría por poder amenazar barcos desde lejos y sin acercar demasiado sus aviones.El interés antibuque del ARRW Increment 2 encaja con esa lógica. Un portaaviones o un gran buque anfibio no permanece quieto, maniobra con escoltas y trata de ocultar su posición dentro de una red de sensores, satélites y aviones. En una guerra de este tipo, la defensa naval tendría menos margen si el ataque llega a velocidad hipersónica, como sugieren escenarios de ataque simulado contra grupos navales estadounidenses.La vuelta del ARRW también tiene lectura industrial y política. El programa ha pasado de descartado a financiado: la Fuerza Aérea recibió 362,15 millones de dólares para comprar unidades en el año fiscal 2026 y ahora pide algo más de 452 millones para seguir adquiriéndolas en 2027. La cantidad exacta de misiles encargados sigue fuera del alcance público.El resultado es una señal incómoda para Pekín y para cualquier armada que dependa de grandes plataformas visibles. Si el Increment 2 madura, los bombarderos estadounidenses no solo llevarían armas para romper defensas terrestres; podrían añadir una amenaza de largo alcance contra objetivos navales que hasta ahora exigían cadenas de detección y ataque más lentas. Con cada avance de este tipo, la carrera entra en una fase más peligrosa: gana quien ve antes, decide antes y dispara desde más lejos.