No hay ruta de la esclavitud en Jerez que no traiga consigo la sorpresa del público. No la emoción —que también—, sino la sorpresa concreta, casi física, de descubrir que en esta ciudad hubo población negra, norteafricana, indígena o mestiza desde hace siglos. Como si la diversidad fuese un fenómeno recién llegado y no una realidad que atraviesa nuestra historia desde mucho antes de que existiera siquiera la palabra “globalización”. Y me llama especialmente la atención ahora, en plena época electoral, cuando vuelve a escucharse ese discurso de que Europa “se está perdiendo culturalmente” por culpa de las migraciones. Como si nuestras ciudades hubieran sido siempre espacios homogéneos, puros, cerrados sobre sí mismos hasta hace dos telediarios. La historia, por desgracia para quienes necesitan relatos simples, suele ser bastante más incómoda. La ruta que hacemos parte de un libro fundamental: Esclavitud en la Baja Edad Media: Jerez de la Frontera (1392–1550), de José Antonio Mingorance y José María Abril. Un trabajo demoledor que documenta algo difícil de ignorar: entre finales del siglo XIV y mediados del XVI, al menos 4.504 personas vivieron esclavizadas en Jerez. Más de cuatro mil. Procedentes del África subsahariana, del Magreb, de poblaciones islámicas peninsulares, de Canarias o de América.OpiniónLiteratura, vino y lluvia Margarita LozanoNo fueron casos aislados. No fueron una rareza. Formaban parte estructural de la ciudad. Y, sin embargo, cuando contamos esto, mucha gente reacciona como si descubriera un secreto enterrado. Quizá porque la memoria urbana es selectiva. O quizá porque durante siglos nos hemos contado una historia demasiado cómoda sobre nosotros mismos. En esa ruta suelo hablar de un caso que resume muy bien todo esto. No porque sea el más importante desde el punto de vista histórico, sino porque humaniza de golpe algo que solemos reducir a cifras. Se llamaba Luisa de Abrego. Era una mujer negra y libre de Jerez de la Frontera. Y su historia parece sacada de una novela de enredos. Luisa terminó marchándose de Jerez rumbo a Sevilla y, desde allí, al Nuevo Mundo. En 1565 acabó en San Agustín, la ciudad fundada por Pedro Menéndez de Avilés y considerada hoy el asentamiento europeo habitado de forma ininterrumpida más antiguo de Estados Unidos. Allí, entre soldados, marineros, indígenas y colonos, Luisa conoció a Miguel Rodríguez. Se enamoraron durante la travesía atlántica y terminaron casándose. Pasaron a la historia como el primer matrimonio cristiano celebrado en aquellas tierras y también como el primer matrimonio interracial documentado allí.Y aquí viene lo interesante. Porque cuando una cuenta esta historia, la reacción suele ser doble. Primero, la sorpresa de descubrir que una mujer negra nacida en Jerez acabó formando parte de la historia fundacional de Estados Unidos. Después, otra sorpresa aún mayor: entender que en el Jerez del siglo XVI había suficiente población negra y mestiza como para que aquello no fuera una anomalía imposible. Lo era menos de lo que imaginamos. La propia vida de Luisa desmonta esa idea de una Europa históricamente uniforme. Había movilidad, mezcla, migraciones, conflictos identitarios y relaciones interculturales mucho antes de que existieran nuestros debates actuales. Otra cosa es que luego la memoria decidiera blanquear —a veces literalmente— ese pasado. Porque eso también ocurrió. El mestizaje, unido a la presión social hacia la ocultación del origen esclavo, terminó borrando muchas huellas visibles. La ciudad aprendió a olvidar que durante generaciones convivieron aquí personas de orígenes muy distintos. Y cuando desaparece la memoria, aparece la falsa sensación de que “antes no pasaba”. Pero sí pasaba. Y no solo en los grandes puertos imperiales o en ciudades cosmopolitas. También aquí. Lo curioso es que muchas de las personas que hoy se alarman ante cualquier transformación cultural probablemente caminarían por la Jerez del siglo XV o XVI sintiéndose profundamente desubicadas. Escucharían otras lenguas, verían otros rasgos físicos, convivirían con esclavos africanos, conversos, comerciantes extranjeros, cautivos rescatados, población mudéjar o personas llegadas de Canarias y América. La diferencia es que entonces nadie hablaba de “pérdida de identidad europea”. Entre otras cosas porque Europa nunca fue tan simple. Eso no significa negar los problemas contemporáneos ni convertir el pasado en una Arcadia multicultural inexistente. La esclavitud fue brutal. La desigualdad también. Y buena parte de esa convivencia estaba atravesada por violencia, jerarquías y dominación. Precisamente por eso resulta importante conocerla. Porque la historia no está para tranquilizarnos, sino para complicarnos un poco las certezas.Y quizá ahí esté el verdadero valor de estas rutas. No solo en rescatar nombres olvidados o explicar documentos antiguos, sino en obligarnos a mirar nuestra propia ciudad de otra manera. Entender que Jerez no fue nunca ese espacio homogéneo que algunos imaginan retrospectivamente. Que bajo nuestras calles hubo miles de vidas arrancadas de otros territorios. Que algunas lograron sobrevivir, mezclarse, desaparecer en el tejido urbano. Y que una mujer negra nacida aquí terminó formando parte de la historia de otro continente. A veces pensamos que la identidad consiste en conservar algo intacto. La historia suele demostrar justo lo contrario: que las ciudades siempre han sido mezcla, tránsito y transformación. Incluso cuando después deciden olvidarlo.