No sé si soy poeta. Sé que leo y escribo poesía, y que muchas veces me pregunto para qué sirve todo esto en un mundo que no para y que parece exigirnos respuestas urgentes. Supongo que por eso vuelvo una y otra vez a una idea que no deja de resonar en mí: “la poesía es un arma cargada de futuro”, como decía Celaya.Siempre he pensado que la cultura no está para decorar el poder ni para tranquilizar conciencias individuales. Yo creo que la poesía no puede vivir de espaldas a la realidad. Tiene que hablar de lo que nos pasa, de lo que duele, de lo que importa. Porque, al fin y al cabo, como decía Machado, “se hace camino al andar”, y ese camino es este, no otro.Sin embargo, todavía hay quien defiende que la poesía no debe meterse en esos terrenos. Que para eso está la política. Que el poema tiene que ser belleza, evasión, una especie de refugio limpio de conflicto. Pero, sinceramente, a mí me cuesta creer en una belleza que mire hacia otro lado.Y más aún en tiempos como estos. Ahora que se acerca una cita electoral en Andalucía, no puedo evitar preguntarme qué papel nos toca jugar a quienes escribimos. Porque sí, hay discursos que empobrecen la cultura, vacían las palabras y convierten la poesía en algo inofensivo o directamente inútil.OpiniónHemos cruzado los brazos y Sevilla se nos va Juan Miguel Garrido PeñaY entonces la pregunta se vuelve incómoda: ¿me callo? ¿sigo escribiendo versos bonitos que no molestan a nadie? ¿poemas que nadie entiende o que a nadie le importan? ¿o asumo, de una vez, que escribir también es tomar partido?“Me queda la palabra”, escribió Blas de Otero. Y con eso, en el fondo, basta. Porque si la palabra es honesta, no puede ponerse del lado del abuso, ni de la indiferencia, ni del desprecio. No puede servir para expulsar, para herir o para justificar lo injustificable.Lorca lo dijo de otra manera: “la poesía no quiere adeptos, quiere amantes”. Y yo creo que amar el mundo —con todo lo que tiene— también implica implicarse, no quedarse al margen.Por eso pienso que, hoy más que nunca, los versos también pueden ser una forma de estar en el mundo. No hace falta convertirlos en consignas, pero tampoco en escapismo. Que digan algo. Que importen. Que acompañen.Cuando votamos, no solo elegimos un gobierno. También decidimos qué lugar ocupa la cultura, la palabra y la sensibilidad. En cierto modo, votamos también por esa tradición que va de Lorca a Machado, de Alberti a Cernuda, y que entiende la poesía como algo vivo, incómodo a veces, pero necesario.Porque al final, y aunque suene sencillo, de eso va todo esto: de intentar que el mundo sea un poco más habitable. Y ahí, la poesía todavía tiene mucho que decir.