Del chupete al bastón: generaciones enteras hacen del camino de Sanlúcar una forma de vivir el Rocío

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El camino de Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Sanlúcar de Barrameda no empieza cuando cruzan las primeras carriolas ni cuando suenan las sevillanas a primera hora de la mañana. Empieza mucho antes. En la manera de hablar de quienes llevan toda una vida viniendo y en las promesas silenciosas. También en los abrazos bajo el polvo y en esa hospitalidad casi automática con la que cualquiera ofrece agua, rebujito o un plato de comida a quien pasa por delante.Sanlúcar presume de ser la hermandad más antigua del Rocío y eso se nota en los detalles. En el peso de la tradición, pero también en la naturalidad con la que conviven varias generaciones bajo el mismo camino. Un bebé de diez meses y una mujer de 86 años avanzan hacia la misma aldea, sobre las mismas arenas. Entre uno y otra hay décadas de diferencia, pero idéntica emoción. El Rocío, aquí, no entiende de edades.Las carretas avanzan lentas mientras los caballos levantan arena a su paso. Hay guitarras apoyadas en cualquier rincón o encima de los jacos, palmas que nacen solas y voces que todavía no están roncas porque empiezan ahora a cantar. Algunos caballistas llevan una copa en la mano; otros, simplemente, observan el paisaje en silencio, con una promesa por dentro. El camino de Sanlúcar tiene algo difícil de explicar para quien nunca lo ha vivido: una mezcla de romería, convivencia y sentimiento que convierte cualquier parada en una pequeña familia improvisada.Un niño de diez meses en su primer caminoDavid sostiene a su hijo mientras el pequeño, ajeno al calor y al cansancio, se entretiene con el chupete. Apenas tiene diez meses y ya está haciendo su primer Rocío. "Me daba pena dejarlo allí", resume el padre a lavozdelsur.es mientras sonríe al verlo tranquilo entre el bullicio del camino. La escena provoca ternura entre quienes pasan cerca del tinglado que han armado tras el cordoncillo para almorzar.David y su hijo de 10 meses, que vive su primer camino con el chupete.José María ReynaLa intención inicial es completar la ida. Tres días atravesando arenas, calor y largas jornadas. Después, ya decidirán si también hacen la vuelta. "Vamos a intentarlo", dice David, consciente de que no es precisamente el camino más cómodo para un bebé tan pequeño. Aun así, el niño aguanta bien el ritmo. El traje corto que llevaba al principio duró poco: el calor obligó a cambiarlo por ropa más fresca.Alrededor, nadie parece extrañarse demasiado. En Sanlúcar, los niños crecen viendo salir carretas desde que apenas saben caminar. Muchos hicieron su primer camino antes incluso de recordar nada de él. El Rocío se hereda casi igual que un apellido o una forma de entender la vida. Y ahí, entre sevillanas y sombra improvisada, comienza también la memoria del pequeño.La cocina que nunca descansa en mitad de las arenasMientras unos cantan y otros descansan, Antonio Muñoz Barea trabaja sin pausa dentro de una carriola convertida en cocina. Lleva tres años haciendo caminos como camarero, aunque acumula tres décadas dedicadas a la hostelería. Para él, el Rocío también es una forma de sacar adelante la casa. "He pedido vacaciones en mi trabajo para venir aquí y traer un poquito de dinero", explica.El espacio es mínimo y el calor aprieta desde primera hora de la mañana, pero dentro de la carriola todo funciona con precisión. Platos preparados, bandejas de jamón cortado y comida organizada para unas treinta personas. Antonio reconoce que antes era mucho más complicado cocinar durante el camino. Ahora, gran parte de la logística llega avanzada, algo que facilita el trabajo en plena marisma.Antonio Muñoz, tres años trabajando en el camino del Rocío como camarero.José María ReynaAun así, asegura que la experiencia sigue poniéndole "los pelos de punta". Lo dice mientras sirve comida casi sin detenerse. "Esto hay que vivirlo", insiste. Y lo hace con una convicción que se repite una y otra vez entre los romeros. Muchos no encuentran palabras exactas para describir el camino, pero todos coinciden en la misma idea: explicarlo nunca basta.Los Barrios también hace suyo el camino de SanlúcarEntre las carriolas aparecen decenas de peregrinos llegados desde Los Barrios. Algunos son veteranos y otros pisan por primera vez las arenas del camino sanluqueño. Han acabado integrándose en una hermandad que sienten casi como propia. Son cerca de un centenar compartiendo trayecto, comidas y noches al raso.Casi un centenar de barreños, con la hermandad de Sanlúcar en el Camino del Rocío.José María ReynaLaura Navarro recuerda que hizo el camino siendo apenas una niña. Después llegaron los estudios en Granada, los exámenes y los años sin poder regresar. Ahora, con 24 años y un trabajo estable, ha recuperado por fin esa tradición que llevaba tiempo esperando. "Me han dado las vacaciones y dije: para el camino que nos vamos", cuenta entre risas.Laura Navarro en su primer camino con la hermandad de Sanlúcar.José María ReynaA pocos metros está Laura Fernández, agotada por el calor pero feliz por estrenarse en el camino. Siempre había ido a la aldea, pero nunca había podido hacer el camino. "Llevamos desde Navidad pensando en esto", reconoce. Ha reservado tres días solo para el camino de ida y otros tantos para la estancia en la aldea. El cansancio apenas disimula la ilusión con la que vive cada parada."Aquí lo que prima es el buen ambiente"En cualquier recodo aparecen corrillos improvisados bajo los árboles. Gente compartiendo bebida, comida y conversación con personas a las que quizá no volverán a ver hasta el próximo Rocío. Ana María Gómez Román lleva haciendo el camino desde los 16 años y ya casi ha perdido la cuenta de cuántas veces ha venido con Sanlúcar.Le cuesta explicar por qué sigue regresando. Se queda pensando unos segundos antes de responder que simplemente "le gusta". Después intenta describir qué tiene el camino que no tengan otras romerías, aunque termina reconociendo que es imposible contarlo con exactitud. "Hay que vivirlo para poder explicarlo", resume.Sanluqueños que llevan más de diez caminos a cuestas.José María ReynaEl buen ambiente y la buena comida en el camino de Sanlúcar.José María ReynaA su alrededor, las risas se mezclan con el cante. "Aquí lo que prima es el buen ambiente", asegura. Y basta caminar unos metros para comprobarlo. Da igual la edad, el oficio o el lugar del que venga cada uno. El Rocío iguala durante unos días vidas completamente distintas bajo una misma devoción y una misma manera de convivir.Dar gracias antes que pedirEn la otra banda, esperando para entrar hacia las marismas, Cari Bernal descansa junto a otros peregrinos de Sanlúcar. El calor es intenso, quema, y las voces empiezan a quebrarse después de horas de camino. Aun así, nadie pierde el humor. Hablan, bromean y esperan el siguiente tramo mientras el polvo se pega a la ropa.Cari reconoce que no se considera "rociera, rociera", aunque lleva muchos años viniendo. Para ella, lo importante no está tanto en pedir como en agradecer. "Damos gracias por tener salud y por poder disfrutar de esto", explica. Una idea que se repite constantemente durante el camino: la Virgen como refugio, pero también como motivo de gratitud cotidiana.Mujeres en un carro, haciendo el camino con la hermandad de Sanlúcar.José María ReynaA su lado, Kasti Montara intenta definir el ambiente que se vive en Sanlúcar. "Único", responde sin dudar. Lleva más de veinte años haciendo el camino y todavía se emociona igual. La romería, explica, no se parece a nada porque mezcla convivencia, fe y una sensación difícil de encontrar en otro lugar. Incluso cuando el cansancio aprieta y el calor obliga a buscar sombra desesperadamente.60 Rocíos después, Carmen sigue viniendoCarmen Pérez Ruiz tiene 86 años y ha hecho alrededor de sesenta Rocíos. Lo cuenta con naturalidad, como quien habla de una costumbre más de su vida. Sigue haciendo el camino mientras el cuerpo aguante. "Cuando ya no pueda, pues nada", dice encogiéndose de hombros, consciente de todo lo vivido.Carmen Pérez Ruiz, de 86 años, sigue haciendo el camino 60 años después.José María ReynaLa emoción continúa intacta después de tantas décadas. Carmen asegura que sigue viniendo por "la emoción tan grande" que siente cada año. Sus peticiones a la Virgen son sencillas: salud y bienestar para todo el mundo. Habla despacio, perfectamente ataviada para el camino, rodeada de personas que la observan con admiración.En una hermandad donde conviven tantas generaciones, figuras como la suya representan algo más que la experiencia. Son memoria viva del Rocío. Mujeres que han visto cambiar el camino, las carretas y hasta la forma de organizar la romería, pero que mantienen intacto el vínculo emocional con la Virgen y con Sanlúcar."Esto no se puede explicar"Rafael Galán Jiménez lleva viniendo desde los siete años. Primero por carretera, después por la playa y más tarde atravesando el parque. Tiene 55 años, pero habla del camino como quien lleva una vida entera unido a él. Durante años hizo el recorrido a caballo, hasta que murió el animal con el que compartía cada Rocío.Cuando le preguntan si no se cansa después de tantos caminos, responde casi sorprendido. Para él, venir forma parte de su manera de vivir. Le gusta el campo, los animales y la convivencia que se genera durante estos días. También la fe que siente hacia la Virgen del Rocío, algo que considera imposible de transmitir con palabras.Caballistas cantando por sevillanas al llegar a Doñana.José María Reyna"Que vengan y lo vean", responde a quienes no entienden esta tradición o la consideran exagerada. Rafael no intenta convencer a nadie. Cree que el Rocío solo puede comprenderse desde dentro, caminando entre arenas, escuchando sevillanas al amanecer y compartiendo mesa con desconocidos que terminan convirtiéndose en amigos.El Rocío que se hereda sin darse cuentaHay algo que se repite constantemente entre los peregrinos de Sanlúcar: casi todos llegaron al camino porque alguien los trajo antes: su padre, su abuela, unos amigos o una pareja. El Rocío rara vez aparece de golpe. Se va quedando dentro poco a poco, año tras año, hasta convertirse en una necesidad difícil de explicar.Peregrinar en una carriola, camino al Rocío.-José María ReynaPor eso el camino sanluqueño sigue mezclando bebés que aún no saben hablar con mujeres que acumulan más de medio siglo peregrinando. Todos encuentran su sitio entre las carriolas, las sevillanas y el polvo del sendero. Los nuevos aprenden mirando a quienes llevan décadas viniendo; los veteranos observan con orgullo cómo las generaciones jóvenes mantienen viva la tradición.Así se ducha un peregrino en el camino del Rocío.-José María ReynaUn sentimiento que sigue atravesando generacionesEl camino de Sanlúcar no necesita grandes discursos para sostenerse, sino que lo mantiene la gente. Las familias que organizan el año pensando en estos días, los trabajadores que piden vacaciones para venir,  y los jóvenes que regresan después de años fuera. Por su lado, los mayores que siguen avanzando mientras el cuerpo aguante.Entre todos forman una romería donde conviven la fe, la fiesta y la tradición sin necesidad de separarlas. Hay quien viene por devoción profunda y quien lo hace por convivencia, pero casi todos terminan encontrando algo más en mitad del camino. Quizá por eso tantos repiten durante décadas.Y mientras las carretas siguen avanzando hacia la aldea, el bebé de diez meses y la mujer de 86 continúan formando parte del mismo paisaje. Dos extremos de una misma historia que se repite cada primavera en Sanlúcar y camino de las arenas.