Laura Pérez, conservadora del Cachorro: «Sin el mantenimiento previo habría sido imposible afrontar el traslado a Roma»

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Este fin de semana se conmemora el primer aniversario del Jubileo de las Cofradías en Roma y la histórica participación del Cachorro junto a la Esperanza de Málaga en la Gran Procesión por las calles de la ciudad eterna. ABC conversa doce meses después con Laura Pérez Meléndez, conservadora del Cristo de la Expiración, quien junto a su marido, el imaginero y restaurador José María Leal Bernáldez, se encargó de todos los pormenores de los traslados del crucificado a Roma. No en vano, son quienes mejor conocen a la obra cumbre de Ruiz Gijón al revisar constantemente su estado de conservación para que sea el óptimo, algo que consideran clave en el éxito del viaje del Cachorro al corazón de la cristiandad. —Se cumple un año de un acontecimiento que ha marcado un antes y un después en la historia de las cofradías: la presencia del Cachorro en el Jubileo de las Cofradías en Roma. —Y creo que todavía no somos plenamente conscientes de la dimensión histórica de lo que vivimos. Ver al Cachorro procesionar por las calles de Roma en un contexto tan extraordinario ha supuesto un antes y un después no solo para la hermandad, sino para la propia historia de las cofradías. Lo recordamos con mucha emoción y gratitud por haber podido formar parte de ello. Vivimos momentos únicos e irrepetibles que quedarán siempre en nuestra intimidad y en nuestra memoria. Hemos llevado al corazón de la cristiandad una forma de entender la fe, el arte y la devoción. Fue una manera de demostrar que las imágenes no son únicamente patrimonio artístico, sino también emocional y espiritual de muchísimas personas. Hay que poner en valor la valentía que tuvo la junta de gobierno al aceptar una invitación de esta magnitud. No era una decisión sencilla, suponía asumir una enorme responsabilidad y afrontar muchos retos, pero gracias a esa valentía, hoy todos podemos decir que hemos vivido un capítulo irrepetible de nuestra historia. —Como conservadora de la imagen y artífice de las medidas para que los traslados de la imagen se realizaran con todas las garantías, aquello tuvo que suponer todo un desafío. —Supuso una enorme responsabilidad, y tanto mi marido como yo fuimos plenamente conscientes de ello desde el primer momento. Pero esa responsabilidad nunca nos impidió dar el paso; al contrario, nos hizo trabajar con una exigencia absoluta y con la convicción de que todo debía estar perfectamente planificado, por lo que era fundamental marcar muy bien la hoja de ruta y que todo estuviera estudiado al detalle, sin margen para la improvisación. Gracias a estos años de estudio directo sobre la imagen, a su seguimiento, y a los estudios radiográficos que previamente habíamos realizado, teníamos la tranquilidad de conocer muy bien su estado de conservación, sus zonas más delicadas y cómo debíamos actuar para garantizar un traslado seguro, y muchas de las decisiones que tomábamos formaban parte de nuestro trabajo diario. Es cierto que en determinados aspectos fuimos muy insistentes para que todo se hiciera exactamente como considerábamos más seguro. Desde el primer momento sentimos además el respaldo y la confianza absoluta de la junta en nuestro trabajo. Esa unión fue fundamental para poder trabajar con serenidad y con la seguridad de que todos remábamos en la misma dirección, siempre buscando lo mejor. —¿Con cuánto tiempo de antelación se preparó el dispositivo para poder llevar al Cristo de la Expiración de Sevilla a Roma? ¿Qué opciones se barajaron? —Durante los meses previos se realizaron varias reuniones en las que se fueron abordando y acordando todos los aspectos técnicos y logísticos del traslado. Desde el principio se estudiaron distintas alternativas para el viaje. En un primer momento se contempló la posibilidad del traslado aéreo, pero finalmente, por cuestiones relacionadas con los seguros y las garantías necesarias para una obra de estas características, esa opción se descartó y se optó por el transporte terrestre. A partir de ahí, todo el dispositivo se diseñó minuciosamente: recorrido, tiempos, paradas, sistemas de sujeción, climatización, seguridad, manipulación… todo debía responder a unos protocolos muy concretos. —Cuéntenos cómo se llevó a cabo y cuáles fueron los principales retos de trasladar a una talla como la del Cachorro para salvaguardar su integridad. —La complejidad era enorme, porque no es lo mismo trasladar una imagen con una peana estable que una talla completa como el Cachorro, con una historia material delicada y clavada en una cruz. Desde el principio tuvimos muy claro que el Cachorro debía ir desclavado y perfectamente asentado, consiguiendo que toda la superficie de la espalda recibiera exactamente la misma presión, evitando tensiones y tratando con especial delicadeza las zonas más sensibles de la imagen. También se estudiaron los puntos de fijación superiores y todos los sistemas de inmovilización para evitar cualquier movimiento durante el trayecto, todo ello tras un estudio muy profundo de la imagen y de sus necesidades específicas. No se trataba únicamente de mover una imagen, sino de trasladar una obra cumbre de la imaginería universal con siglos de antigüedad pero también con una fuerza devocional y emocional inmensa. Afortunadamente, el resultado confirmó que todas las decisiones tomadas fueron las correctas. —¿Hay alguna anécdota o curiosidad que se le venga a la mente sobre el proceso y todo lo que rodeó a los viajes del Señor?   —Epecialmente emocionante fue la entrada al Vaticano junto al Cachorro por la puerta lateral por la que accedía el Papa Francisco a sus dependencias. Aquello nos removió por dentro. Otro de los más momentos especiales fue cuando, junto con el hermano mayor, José Luis Aldea, y el prioste, Enrique Ramírez, la empresa nos abrió la caja para verificar el estado del Cristo tras el viaje de ida. En ese instante, mi marido y yo fuimos muy conscientes del peso de la responsabilidad que habíamos llevado sobre los hombros durante meses. —La hermandad tuvo que tasar a la imagen, algo que da buena cuenta de lo que se tiene entre manos. —Siempre que se realiza cualquier traslado o intervención de una obra, es necesario contar con un seguro que actúe como garantía ante cualquier posible eventualidad. En este caso, todo debía estar perfectamente organizado y protegido, forma parte de los protocolos habituales cuando se trabaja con patrimonio de este nivel. —Al principio había quien no terminaba de confiarse sobre el viaje a Roma, pero el resultado del Jubileo de las Cofradías borró todo rastro de duda. ¿Qué impresiones le ha transmitido la gente acerca de aquella experiencia? —Echando la vista atrás un año, lo que queda es el recuerdo de un hito histórico ya cumplido que forma parte de nuestra historia y también de nuestros corazones. La respuesta de la gente fue muy emocionante por lo que había vivido, algo irrepetible que jamás imaginaron vivir, y el tiempo terminará dando todavía más valor a todo lo que ocurrió aquellos maravillosos e inolvidables días. —En los últimos años, ha habido hermandades reticentes a participar en determinados acontecimientos que impliquen desplazamientos de sus titulares por motivos como el de la seguridad en los traslados. ¿Hay algo que temer al respecto? —Todo depende de cómo se haga. Si un traslado no se realiza con todas las garantías, es lógico tener dudas. Como ya he comentado, es fundamental estudiar profundamente la obra, conocer sus puntos sensibles, sus patologías y su comportamiento material. A partir de ahí, deben tomarse decisiones técnicas muy concretas que aseguren que el traslado puede ejecutarse sin riesgos. En nuestro caso, la logística era especialmente compleja por las características del Cristo, y era imprescindible insistir mucho en determinados aspectos para garantizar que todo se realizara en las mejores condiciones. —¿Qué ha supuesto para el Cachorro y para las cofradías sevillanas el Jubileo de las Cofradías y la Gran Procesión? —Ha supuesto llevar nuestra Semana Santa y nuestra manera de vivir la fe mucho más allá de nuestras fronteras. Sevilla tiene un patrimonio artístico, humano y devocional extraordinario, y Roma fue un escaparate único para mostrarlo al mundo. Creo que ha servido para reforzar aún más el valor cultural de nuestras cofradías. El Cachorro se convirtió durante esos días en un símbolo que emocionó incluso a personas que no conocían nuestra tradición. —¿En qué estado de conservación se encuentra el Cachorro? —Actualmente el Cachorro se encuentra en un estado de conservación mucho más estable que hace años. Las imágenes sufren inevitablemente el paso del tiempo, y por eso es fundamental realizar labores constantes de conservación y mantenimiento que permitan garantizar su estabilidad. Sin esos trabajos previos habría sido imposible afrontar un traslado de estas características con las mismas garantías y seguridad. Este tipo de actuaciones permiten, además, que la imagen responda mucho mejor ante posibles adversidades externas, como pueden ser los cambios ambientales o incluso situaciones de lluvia, evitando filtraciones o daños internos. Cada vez que el Cristo se baja realizamos trabajos de consolidación estructural y seguimiento continuo para mantenerlo en las mejores condiciones posibles. Es una labor silenciosa, muchas veces desconocida, pero absolutamente necesaria para preservar la imagen para las generaciones futuras. —¿Qué hace tan especial al Cristo de la Expiración? —A nivel personal, para mi marido y para mí, el Cachorro lo es todo. Ha estado presente en momentos muy importantes de nuestra vida y forma parte de nuestra historia personal y profesional. Es una imagen que remueve sentimientos muy profundos. Tiene una fuerza emocional difícil de describir. Hay algo en su expresión que hace muy difícil permanecer impasible ante él. El Cachorro no se contempla únicamente con los ojos, se siente, y creo que ahí reside precisamente el misterio y la inmensidad de esta obra única.