por Paolo Falconio * —Italiano – EnglishEl análisis examina la crisis del capitalismo financiero occidental y la aparición del capitalismo de Estado como alternativa sistémica en la competencia global. La creciente centralidad de la deuda, la financiarización y la desindustrialización han erosionado progresivamente las bases sociales y políticas del modelo occidental, mientras que sistemas con una fuerte dirección estatal han demostrado una notable capacidad de planificación estratégica y de inversión a largo plazo. El punto crucial es comprender que la presencia de un capitalismo de Estado, típico de las autarquías o de sistemas con soberanía económica reforzada, capaz de generar riqueza, innovación y poder industrial, coloca por primera vez al modelo occidental frente a una alternativa creíble y competitiva. Bajo formas distintas y más matizadas respecto al siglo XX, resurge así una competencia entre sistemas que recuerda la existente entre libre mercado y economía planificada. Lo que realmente está en juego no es solamente el crecimiento económico, sino la capacidad de los diferentes modelos para producir estabilidad, consenso y poder geopolítico en el siglo XXI.El análisis que sigue adopta una matriz interpretativa declaradamente dicotómica —capitalismo financiero occidental frente a capitalismo de Estado— que debe asumirse por lo que es: un instrumento heurístico y no una descripción exhaustiva de la realidad. Los modelos económicos realmente existentes son mucho más híbridos y permeables de lo que la contraposición sugiere, y la simplificación constituye el precio consciente de una lectura estructural.Algunas advertencias específicas merecen ser explicitadas antes de continuar. El énfasis en la deuda como motor exclusivo del sistema occidental corre el riesgo de oscurecer la función histórica que esta también ha desempeñado como instrumento de desarrollo, innovación y estabilización macroeconómica: la deuda no ha sido únicamente un factor de fragilidad, y una lectura honesta no puede ignorarlo. Del mismo modo, la supuesta superioridad de la planificación a largo plazo en los sistemas dirigistas debe relativizarse: junto a los éxitos estratégicos conviven despilfarros, sobrecapacidad y distorsiones asignativas que no son accidentes del proceso, sino elementos estructurales de cualquier arquitectura centralizada. Finalmente, la interpretación de las monedas digitales estatales como una disyuntiva entre vigilancia total y conservación del statu quo no agota la gama de soluciones técnicas e institucionales que podrían surgir en un campo aún ampliamente abierto.Estos límites no invalidan la tesis central. Más bien invitan a leerla como una hipótesis interpretativa robusta y falsable, y no como una sentencia.Durante tres décadas, el pensamiento económico occidental funcionó como una teología sin herejías: el mercado autorregulado era el punto de llegada de la historia, las finanzas su lenguaje universal y la desindustrialización una transición virtuosa hacia una economía más «evolucionada». Hoy esa teología muestra grietas estructurales. Las fisuras llegan simultáneamente desde el interior —desde la revuelta populista de derecha que ha ocupado el corazón del Partido Republicano y desde el giro socialdemócrata del ala progresista de los Demócratas— y desde el exterior, donde un capitalismo de Estado alternativo avanza con su lógica industrial y su sistema financiero sustancialmente público.I. El Dogma y su Crisis. El modelo que ha dominado Occidente desde los años ochenta se sostenía sobre una triple convicción: que los mercados financieros, si se les dejaba operar libremente, asignarían el capital de manera óptima; que la producción manufacturera podía ser cedida a otros sin consecuencias estratégicas, siempre que los flujos financieros y los servicios de alto valor añadido permanecieran en manos estadounidenses y europeas; y que la arquitectura institucional del Estado debía retirarse progresivamente de la esfera económica, redefiniéndose como simple garante de las reglas del juego.Esta visión no carecía de una coherencia interna. La financiarización producía rentas extraordinarias, inflaba los mercados bursátiles, alimentaba el consumo a través del crédito minorista y permitía a los gobiernos enmascarar el declive del salario real mediante la ilusión patrimonial. El sistema se mantenía mientras se sostenía la demanda interna artificialmente impulsada por la deuda, mientras los países exportadores aceptaban reciclar sus excedentes en bonos del Tesoro estadounidense y mientras el dólar siguiera siendo el único sistema nervioso del comercio global.La desindustrialización no fue una ley de la naturaleza ni la consecuencia mecánica de la ventaja comparativa. Fue una decisión política, ratificada ideológicamente como inevitable.Lo que se presentaba como la evolución natural posindustrial era, en realidad, una redistribución del riesgo hacia abajo y de la renta hacia arriba, acompañada por una erosión progresiva de las clases medias industriales que habían constituido la base social de la democracia liberal de posguerra. La contradicción no era teórica sino sociológica: el capitalismo financiero producía su propia oposición política interna.II. Las Grietas Internas: Vance y la Izquierda Socialista.Es significativo que la crisis del consenso sobre el modelo financiero se manifieste hoy en ambas orillas del espectro político estadounidense, aunque con lenguajes y objetivos profundamente divergentes. JD Vance representa el componente más teóricamente articulado del nuevo populismo económico de derecha: la crítica al «managerialismo» de las élites financieras, la reivindicación de una reindustrialización como proyecto nacional y la desconfianza hacia la globalización como mecanismo que enriqueció las costas y vació el corazón productivo del país. No es marxismo, pero sí constituye una crítica genuina a la estructura de distribución de beneficios y costes del capitalismo financiero.En el otro extremo, el ala progresista del Partido Demócrata —desde Bernie Sanders hasta la nueva generación de congresistas cercanos a los movimientos sociales— ha desplazado el centro de gravedad del debate hacia categorías que hasta hace pocos años habrían parecido ajenas al mainstream estadounidense: control público de las empresas estratégicas de servicios, regulación de los precios farmacéuticos, imposición a las grandes fortunas y redefinición de la relación entre Estado y mercado. Se trata, con todas las cautelas necesarias, de una socialdemocratización parcial del Partido Demócrata que refleja la presión de un electorado joven y empobrecido.Estos dos fenómenos, aparentemente opuestos, comparten un denominador común: el rechazo al consenso posreaganiano según el cual la prosperidad se alcanza mediante la libertad de los mercados financieros y la especialización en el sector terciario. La pregunta que se abre es si esta crisis interna del modelo estadounidense es lo suficientemente profunda como para producir una reasignación estructural, o si se trata simplemente de una perturbación política que el sistema es capaz de absorber sin transformaciones sustanciales.III. El Capitalismo de Estado como Alternativa Sistémica. Pero el desafío al modelo financiero no proviene únicamente del interior. En el momento en que el disenso atraviesa las instituciones democráticas occidentales, a nivel internacional se ha consolidado un modelo alternativo que cuestiona los presupuestos fundamentales del Consenso de Washington. El capitalismo de Estado —en su forma más acabada en la experiencia china, pero con variantes significativas en Rusia, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Irán y otros contextos— representa un paradigma económico coherente y no una simple fase de transición hacia el capitalismo de mercado.La característica distintiva de este modelo no es la ausencia del mercado, sino su subordinación a la lógica estatal. La política industrial es una prerrogativa soberana: el Estado decide qué sectores deben considerarse estratégicos, orienta las inversiones a través de los bancos públicos, protege a los campeones nacionales de la competencia externa y de la especulación financiera internacional. El sistema financiero no es un poder autónomo que condiciona las decisiones públicas, sino un instrumento que las financia.Este es quizá el aspecto más radicalmente alternativo del modelo: en China, los cuatro grandes bancos comerciales son propiedad estatal y operan como correas de transmisión de la política económica gubernamental. Los mercados bursátiles existen, pero las empresas estratégicas no están expuestas a las lógicas depredadoras de los hedge funds ni a las presiones del valor para el accionista a corto plazo. El renminbi se gestiona de manera que sirva a los objetivos del desarrollo nacional, y no para maximizar la libre movilidad de los capitales.Existe además un elemento estructural adicional que distingue este modelo, y que a menudo se pasa por alto en la comparación con Occidente: el capitalismo de Estado no se sostiene sobre la deuda como pilar de su propia reproducción. Esto no significa que sea inmune a ella —la deuda existe y, en algunos componentes, como la deuda de las entidades locales chinas o el crédito inmobiliario, ha alcanzado dimensiones preocupantes—. Significa algo más preciso: que la deuda no es el mecanismo generativo mediante el cual el sistema sostiene la demanda agregada, financia el gasto público y garantiza la continuidad de la acumulación. En el Occidente financiero, la deuda —pública, privada y corporativa— es la correa que mantiene en movimiento todo el aparato. Sin expansión del crédito, el sistema no crece; sin crecimiento, el servicio de la deuda previa se vuelve insostenible. Es una estructura intrínsecamente dependiente de su propia fragilidad.En el capitalismo de Estado, y particularmente en el modelo chino, la palanca principal es diferente: es la emisión monetaria, que permanece bajo la plena disponibilidad del emisor soberano. El Estado no se endeuda con un mercado externo para financiar sus propios objetivos; orienta la creación monetaria hacia ellos. La distinción no es meramente técnica. En la práctica cambia la arquitectura de la deuda, que permanece interna. Una deuda contraída con acreedores privados —domésticos o internacionales— crea dependencias, impone condicionalidades, expone al Estado a la disciplina de los mercados financieros y, en última instancia, a la especulación sobre los títulos soberanos. Una emisión monetaria gestionada por el Estado emisor no crea esta cadena de dependencia externa: el riesgo permanece internalizado en el sistema y su gestión es una elección política, no una necesidad impuesta desde fuera.La deuda occidental es una servidumbre contraída con el mercado. La emisión monetaria soberana es una prerrogativa que el capitalismo financiero ha cedido progresivamente al sistema bancario privado y a la que el capitalismo de Estado nunca ha renunciado formalmente.Naturalmente, esto no significa sustraerse a los parámetros de la economía global. Los precios internacionales de las materias primas, los tipos de cambio y los flujos comerciales: ningún sistema nacional, por muy soberano que sea en la gestión monetaria, puede ignorarlos. La propia China ha tenido que enfrentarse a presiones deflacionarias, a la fuga de capitales y a las restricciones impuestas por la integración en las cadenas globales de valor. Sin embargo, la naturaleza del condicionamiento es cualitativamente diferente: se trata de presiones externas a las que responder con instrumentos propios, y no de obligaciones contractuales frente a acreedores privados que condicionan internamente las decisiones presupuestarias y de política económica.Esta asimetría adquiere relevancia estratégica en una época en la que la deuda pública occidental ha alcanzado niveles históricamente inéditos en tiempos de paz y en la que el servicio de esa deuda comienza a competir estructuralmente con la capacidad de los Estados para financiar inversiones productivas, transición energética y defensa. El capitalismo de Estado no carece de vulnerabilidades financieras propias —las burbujas derivadas del crédito dirigido, la mala gestión de las empresas públicas y la opacidad de los balances de las entidades locales son prueba de ello—. Pero sus vulnerabilidades no son las de un sistema que ha construido su prosperidad sobre una pirámide de deuda que exige una expansión continua para no colapsar sobre sí misma.No se trata de un sistema exento de patologías. La concentración del crédito en manos del Estado genera desequilibrios sistemáticos en la asignación de recursos y abre la puerta a una corrupción políticamente orientada. El capitalismo de Estado no es menos «feroz» que el capitalismo financiero occidental: produce desigualdades, explotación laboral y exclusión social. La diferencia es de forma, no de sustancia humanitaria.El capitalismo de Estado no es un capitalismo in re ipsa más humano. Es un capitalismo en el que el poder de asignar el excedente ha permanecido en manos de la política en lugar de migrar hacia las finanzas, y en el que la deuda no es el motor, sino eventualmente un instrumento.Y, sin embargo, desde el punto de vista de la competencia sistémica internacional, el modelo muestra una resiliencia que el capitalismo financiero encuentra difícil contrarrestar en un terreno específico: la capacidad de sostener inversiones a largo plazo en sectores estratégicos independientemente de su rentabilidad inmediata. Los semiconductores, las tierras raras, la energía renovable y las infraestructuras portuarias globales son ámbitos en los que la lógica del rendimiento trimestral resulta estructuralmente inadecuada y en los que la planificación estatal a medio y largo plazo ha demostrado poder generar posiciones de dominio difícilmente escalables.IV. El Nudo No Resuelto de la Legitimación.La confrontación entre ambos modelos no se agota en el plano de la eficiencia económica. La cuestión crucial es la de la legitimación política. El capitalismo financiero, pese a todas sus distorsiones distributivas, se ha injertado históricamente sobre un sustrato de democracia liberal que le otorgaba una base de consenso —aunque frágil y hoy erosionada—. El capitalismo de Estado, en su variante china y en sus modelos afines, se sostiene sobre un pacto implícito de tipo autoritario: desarrollo económico y orden social a cambio de subordinación política.Este pacto muestra señales de desgaste a medida que el crecimiento se desacelera y las expectativas de una clase media urbana educada se vuelven más complejas. Pero también el pacto democrático-liberal del capitalismo financiero está bajo presión: el ascenso de los populismos, la desafección electoral y la crisis de representación de las instituciones intermedias son otras tantas manifestaciones de un agotamiento de la legitimidad. La pregunta es cuál de los dos sistemas dispone de mayores recursos internos para reinventarse.La respuesta no está escrita. Lo que parece claro es que la era de la convergencia —la idea de que todos los sistemas económicos adoptarían progresivamente el modelo del mercado financiero autorregulado— ha terminado. Hemos entrado en una época de competencia entre capitalismos, cada uno con su propia lógica de poder, su propia estructura distributiva y su propia proyección geopolítica. En este escenario, la debilidad específica del capitalismo financiero occidental reside en su dificultad estructural para movilizar recursos destinados a objetivos colectivos de largo plazo sin pasar por el filtro de la rentabilidad privada.V. ¿Hacia un Capitalismo Híbrido? Las Opciones Occidentales.Frente a este desafío, las respuestas que están tomando forma en el mundo occidental adoptan modalidades distintas, pero convergen en un mismo punto: el retorno parcial del Estado como actor económico directo. La Inflation Reduction Act en Estados Unidos, el Plan Industrial del Green Deal en Europa, la renacionalización de facto de sectores energéticos en varios países europeos después de 2022: todos ellos son señales de una hibridación en curso, de un capitalismo financiero que comienza a reintegrar elementos de política industrial que había abandonado orgullosamente.La cuestión es si esta hibridación es suficiente y suficientemente coherente. El riesgo es encontrarse en una posición intermedia: no lo bastante planificada como para competir con el modelo chino en las industrias estratégicas, ni lo bastante liberal como para conservar la agilidad innovadora que históricamente ha constituido la ventaja comparativa del capitalismo occidental. La reindustrialización sin una reforma del sistema financiero corre el riesgo de permanecer como un ejercicio retórico; la reforma del sistema financiero sin una redefinición de las estructuras de propiedad corre el riesgo de ser capturada por los mismos actores que el modelo financiero ha consolidado.La reindustrialización sin reforma del sistema financiero es retórica. La reforma del sistema financiero sin redefinición de las estructuras de propiedad es una promesa que el sistema puede capturar fácilmente.El capitalismo financiero no está llegando a su fin, pero ciertamente sí al final de su fase de hegemonía incontestada. La pregunta que la historia plantea a Occidente no es si debe regresar a un imposible pasado industrial, sino si es capaz de construir un modelo que articule de manera nueva la relación entre Estado, mercado y finanzas, sin ceder ni a la nostalgia ni a la ilusión de que las categorías del siglo XX siguen siendo adecuadas para interpretar el siglo XXI.VI. Las Monedas Digitales Estatales como Próximo Frente de la Competencia entre Capitalismos.La competencia entre el capitalismo financiero occidental y el capitalismo de Estado no se agota en el plano industrial o comercial. Su terreno más avanzado —y en ciertos aspectos más decisivo— es hoy el monetario. Las Central Bank Digital Currencies (CBDC) no constituyen una innovación técnica en el sentido ordinario del término: son la proyección digital de una decisión de soberanía, el punto en el que la lógica de ambos modelos se enfrenta en su forma más pura.El dinero como arquitectura de poder.Para comprender lo que está en juego es necesario partir de una premisa que a menudo se elude en el debate técnico sobre las CBDC: el sistema monetario no es neutral. Toda arquitectura monetaria incorpora una distribución del poder entre el Estado, los bancos privados y los ciudadanos. El sistema actual en los países occidentales funciona según una lógica de delegación: el banco central emite dinero base, pero la creación monetaria efectiva —a través del crédito— está en manos del sistema bancario privado. Los bancos comerciales no intermedian depósitos preexistentes; crean dinero en el mismo momento en que conceden crédito. Esta capacidad creativa constituye uno de los pilares silenciosos del capitalismo financiero: quien controla el crédito controla la asignación del capital y, por tanto, en última instancia, la estructura productiva de la economía.Una CBDC del banco central —en su forma más radical, la de una cuenta directa del ciudadano en el banco central— disuelve esta delegación. El Estado recupera la capacidad de transmitir impulsos monetarios sin pasar por la intermediación bancaria privada. No se trata de una nacionalización bancaria en el sentido clásico, sino de algo potencialmente más transformador: una desintermediación monetaria que redefine el papel del sistema bancario privado, pasando de creador de dinero a gestor de servicios financieros.La ventaja estructural china.China comprendió esta lógica con anticipación estratégica. El yuan digital —el Digital Currency Electronic Payment (DCEP)— no fue concebido como un equivalente del bitcoin ni como una simple modernización de los pagos minoristas. Es un instrumento de política monetaria y de control de los flujos de capital con características que el sistema bancario privado occidental no podría tolerar: programabilidad del gasto, trazabilidad completa, posibilidad de aplicar vencimientos a los depósitos para acelerar la velocidad de circulación.En un sistema en el que el banco central ya es de facto el Estado, la CBDC representa la extensión digital natural de un capitalismo en el que el dinero nunca dejó de ser un instrumento de planificación.La dimensión geopolítica es igualmente relevante. Pekín ha iniciado acuerdos bilaterales para el uso del yuan digital en transacciones comerciales con diversos países de Asia Central, Oriente Medio y África subsahariana. El objetivo no es sustituir al dólar en el corto plazo —sería una ambición prematura—, sino construir circuitos alternativos que reduzcan la dependencia del sistema SWIFT y de la infraestructura financiera estadounidense.Cada transacción en yuan digital que evita el corredor centrado en el dólar representa una microerosión de la soberanía monetaria estadounidense, tanto más significativa cuanto más se multiplica a escala sistémica y a lo largo del tiempo.El dilema occidental.Occidente se encuentra frente a un dilema que revela, una vez más, la tensión estructural entre el capitalismo financiero y las exigencias de la competencia sistémica. Una CBDC plenamente soberana —la que otorgaría al Estado capacidad de transmisión directa, programabilidad y trazabilidad— es incompatible con la lógica del capitalismo financiero, que se sustenta en la autonomía del sistema bancario privado como asignador del crédito.Los bancos comerciales estadounidenses y europeos se oponen por todos los medios disponibles a la introducción de una cuenta directa en el banco central: comprenden perfectamente que se trataría de una erosión estructural de su papel sistémico y no de una simple innovación tecnológica.El resultado es una posición intermedia: CBDC concebidas para operaciones interbancarias al por mayor o para la distribución minorista a través de intermediarios privados, que conservan la estructura de poder existente al tiempo que ganan eficiencia técnica.Es la misma hibridación a medio camino ya identificada en el plano industrial: no lo bastante soberana como para competir con el modelo chino en la proyección monetaria internacional, ni lo bastante liberal como para representar una innovación genuina en la arquitectura financiera.El euro digital, en la forma actualmente estudiada por el Banco Central Europeo, constituye un ejemplo paradigmático: distribuido a través de bancos comerciales, con límites explícitos a los saldos mantenidos en el BCE, diseñado para no alterar la intermediación financiera privada. Una respuesta técnica a un desafío que es, fundamentalmente, político.Vigilancia, libertad y el precio de la soberanía monetaria.Existe una dimensión que el debate técnico tiende a subestimar y que, sin embargo, constituye el nudo político más delicado. La CBDC soberana —programable, rastreable y gestionada directamente por el Estado— es también el instrumento de vigilancia financiera más poderoso jamás concebido.Cada transacción es visible, cada patrón de gasto es analizable y toda forma de disenso económico puede ser potencialmente detectada. En un sistema autoritario, esta capacidad constituye un complemento natural del control político. En una democracia liberal, representa una contradicción difícilmente conciliable con los principios de privacidad y autonomía individual sobre los que dicha democracia afirma sustentarse.Este es el punto en el que la competencia entre capitalismos alcanza algo más profundo que la eficiencia asignativa o la proyección geopolítica. El capitalismo de Estado con CBDC soberana ofrece poder sistémico a cambio de una transparencia obligatoria del ciudadano frente al Estado. El capitalismo financiero con CBDC híbridas ofrece la tranquilidad de la privacidad a costa de mantener la dependencia respecto al sistema bancario privado.Ninguna de las dos opciones está exenta de costes; la diferencia reside en el tipo de vulnerabilidad que cada una incorpora.El verdadero terreno de la competencia monetaria del siglo XXI no será, por tanto, únicamente técnico o geopolítico. Será la respuesta a una pregunta que ningún modelo ha logrado resolver todavía: si es posible construir una soberanía monetaria digital que no se transforme en vigilancia digital total.Quien logre responder de forma convincente a esta cuestión —no solo desde el plano técnico, sino también desde el de la legitimación política— habrá ganado la partida más importante de la próxima década.En cualquier caso, más allá de los juicios ideológicos, la confrontación entre estas diferentes formas de capitalismo será cada vez más el terreno central de la competencia geopolítica por el control de la producción de riqueza y del poder sistémico.En otras palabras, la cuestión decisiva del siglo XXI será determinar qué modelo es capaz de garantizar mayor estabilidad, capacidad estratégica y legitimación política.Por ello, sería reductivo interpretar la crisis contemporánea como una simple crisis económica: es, antes que nada, una crisis de paradigma histórico.* Miembro del Consejo Rector de Honor y conferenciante de la Sociedad de Estudios Internacionales (SEI).