Hay una palabra tabú en el periodismo: «yo». Sucede, sin embargo, que en ocasiones la noticia fagocita a quien trata de narrarla hasta el punto de que, siempre al servicio de ese compromiso, uno ha de recurrir a la primera persona. Pues bien: yo fui uno de los veintiún españoles en cuarentena en el Gómez Ulla al comienzo de la pandemia de covid. Una experiencia relevante en tanto que precedente, ahora que otros catorce hacen lo propio empujados por el hantavirus . A mediados de enero de 2020 me desplacé a Wuhan para cubrir la aparición de un nuevo coronavirus que había provocado una serie de neumonías. Aterricé horas antes de que el Gobierno chino cerrara la ciudad, una decisión sin precedentes en la historia contemporánea. Durante aquellos primeros días de aislamiento informé sobre el avance del virus, el sufrimiento de los familiares de los infectados, el desempeño de los trabajadores sanitarios ante el colapso médico, el esfuerzo de las autoridades para evitar el desabastecimiento, la apresurada construcción de dos hospitales de la nada y, también, la repatriación de los españoles atrapados allí. En el último momento decidí sumarme a este complejo operativo, dirigido por el Reino Unido, por lo que acabé tomando asiento en el avión PLM8471 de la aerolínea Wamos. Tras una parada en la base militar de Brize Norton para que descendieran los 83 británicos a bordo, proseguimos nuestro camino hasta tomar tierra en Torrejón de Ardoz. Allí, una cuantiosa comitiva policial nos transportó al Gómez Ulla . Las diferencias abundan. Empezando por la incertidumbre de dimensiones apocalípticas ante un virus entonces recién descubierto, del que se desconocía cómo había surgido, cómo se transmitía, cómo se trataba o cómo mataba. Una inquietud espeluznante, extraordinaria, a la que no tuve más remedio que dedicar un libro, 'Los primeros días' (Altamarea, 2022). El hantavirus, por el contrario, es un patógeno estudiado desde hace medio siglo. De ahí, en parte, las divergencias en el régimen de cuarentena. Nosotros estábamos confinados en la planta 17, aislada del resto del edificio. La 22, que acoge la Unidad de Aislamiento de Alto Nivel, permaneció acondicionada en caso de que alguno desarrollara síntomas, pero –felizmente– vacía. Cada interno podía recibir visitas de dos allegados, quienes accedían al interior del espacio, aunque debían portar mascarilla, guantes y bata, y permanecer a varios metros de distancia sin contacto físico durante un máximo de veinte minutos. Los sanitarios nos tomaban la temperatura tres veces al día, práctica abandonada –creo recordar– cuando la PCR realizada al quinto día arrojó un negativo generalizado. No supimos el resultado por boca de los médicos, sino en una intervención televisada del entonces ministro de Sanidad, Salvador Illa. Se producía en el interior de esa planta un curioso desdoblamiento de la realidad, en el que los espectadores nos reuníamos para ver informativos en los que la noticia éramos nosotros mismos. A través de la ventana, como en un capítulo de 'Los Simpson', podíamos ver las unidades móviles que aparecían en pantalla. Claro que también hay similitudes. Empezando por ese miedo límbico que invoca lo peor de nosotros mismos, hoy espoleado por el traumático recuerdo. Un instinto que vuelve aún más heroico el esfuerzo, tan profesional como afable, de los trabajadores sanitarios del Gómez Ulla. Veintiún individuos en observación y muchos otros asumiendo un riesgo personal para acudir en su auxilio, sin tener en común nada más –o nada menos– que una nacionalidad. He ahí un hallazgo todavía emocionante, la definición más pura de «patria»: un grupo de gente dispuesta a ayudarse. Ojalá esos catorce así lo sientan.