Hay paisajes que no pertenecen a la geografía, sino a la memoria. La bahía de Algeciras tiene uno de ellos: una verja. Apenas unos metros de hierro, garitas y barreras que, durante generaciones, consiguió dividir mucho más que un territorio. Separó horarios, familias, acentos, monedas, esperanzas y maneras de entender el mundo. Hoy, la Verja de Gibraltar ser convertirá en historia. Muchos celebrarán, con razón, que miles de trabajadores dejarán de medir su jornada por la longitud de una cola. Después de décadas de esperas absurdas, de controles y de incertidumbres, cruzar dejará de ser una prueba diaria de paciencia. Es una buena noticia. Lo es para quienes viven de un lado y trabajan del otro, para quienes han hecho de esa ida y vuelta una biografía silenciosa. Muchos pensaban que nunca llegarían a verlo, que solo la literatura –conviene leer otra vez 'La roca' de Juan Luis Galiardo- sería capaz de recrearlo. Después de décadas marcando el ritmo cotidiano de miles de personas, el paso dejará de ser una frontera terrestre para convertirse en un control trasladado al puerto y al aeropuerto del Peñón. Quince mil quinientos trabajadores dejarán de levantarse una hora antes por miedo a una cola imprevisible. Esta mejora merece ser celebrada porque ninguna reivindicación histórica justifica tanta penosidad. Pero conviene no dejarse arrastrar por la euforia. Gibraltar llegó a manos británicas en 1713, fruto de una derrota española en la Guerra de Sucesión. Desde entonces, tres siglos de historia han alternado asedios, negociaciones, resoluciones internacionales y desencuentros diplomáticos sin que la cuestión de la soberanía encontrara una solución definitiva. Ni siquiera el cierre ordenado por Franco en 1969, que condenó al aislamiento a miles de familias del Campo de Gibraltar durante quince años, alteró el fondo del conflicto. Solo aumentó el sufrimiento de quienes menos responsabilidad tenían en él. La desaparición de la verja tampoco resolverá esa vieja disputa. La colonia seguirá siendo colonia; el debate jurídico continuará abierto; las aguas, el istmo y la soberanía seguirán ocupando mesas de negociación durante mucho tiempo. Cambiará el escenario, no necesariamente la obra. Quizá la verdadera noticia sea otra. Durante demasiado tiempo La Línea de la Concepción ha vivido definida por una frontera. Su economía, sus oportunidades y hasta su identidad han dependido de una decisión tomada siempre lejos de sus calles. Se normalizó que una ciudad europea organizara su futuro alrededor de una barrera física y de una cola diaria. Es ahí dónde está el motivo de celebración. Quizá haya llegado el momento de dejar de mirar la verja que se va y empezar a mirar la comarca que permanece, porque las fronteras pueden cambiar de lugar; los olvidos, si nadie los combate, permanecen siempre en el mismo sitio.