Pocos saben que el nombre de la ciudad de Buenos Aires nació en Sevilla: procedía de la devoción marinera a la Virgen del Buen Aire , advocación llegada desde Cerdeña y arraigada entre los navegantes del Guadalquivir, que décadas después darían forma a una cofradía, hospital y escuela de mareantes en Triana . Su imagen barroca puede admirarse hoy en la capilla del Palacio de San Telmo , sede de la Universidad de Mareantes tras su traslado desde Triana en el siglo XVII. La advocación de la Virgen del Buen Aire nació en el Mediterráneo central, en la isla de Cerdeña. Según una antigua tradición, en 1370 una caja arrojada al mar durante una tormenta apareció en la playa de Cagliari; dentro se hallaba una imagen de la Virgen con el Niño y una vela encendida en su mano. Los mercedarios la acogieron en su convento de Bonaria , y desde entonces se convirtió en la protectora de quienes se echaban a la mar confiando en los «buenos vientos» que permitieran llegar a puerto. El culto a la Madonna di Bonaria se difundió rápidamente por el Mediterráneo, hasta alcanzar las orillas de Guadalquivir. No sabemos el año exacto de la llegada a Sevilla de esta devoción sarda, pero no es casual que fuese aquí donde echara raíces. Ya en el siglo XV, Sevilla era un enclave comercial de primer nivel, en contacto constante con los puertos de Génova, Pisa, Venecia o la propia Cerdeña, lo que explica que la advocación del Buen Aire pudiera llegar entonces o, quizá, ya entrado el siglo XVI. La ciudad, convertida desde 1503 en puerto y puerta de la Carrera de Indias, aglutinaba a miles de marineros, pilotos y dueños de naos que partían rumbo a América. En ellos prendió con fuerza la advocación marinera al Buen Aire, que pronto fue asociada a la vida gremial del arrabal de Triana. Allí, en 1561, se fundó la Cofradía de Nuestra Señora del Buen Aire , cuyas reglas fueron aprobadas por la Casa de Contratación y por el arzobispado, y en 1569 Felipe II les otorgó real provisión, convirtiéndola oficialmente en Universidad de Mareantes. El conocido Hospital de los Mareantes, como se llamaba popularmente, tuvo desde el principio un carácter triple: devocional, con el culto a la Virgen del Buen Aire y a los santos marineros Pedro y Andrés; asistencial, pues sostenía un hospital para socorrer a cofrades, viudas y huérfanas, e incluso rescatar a marinos cautivos; y corporativo, ya que como Universidad defendía los intereses de pilotos y maestres ante la Casa de la Contratación , el Consejo de Indias o incluso el propio monarca. El hospital y su iglesia se levantaban en plena orilla del Guadalquivir, en la calle del Espíritu Santo —hoy calle Betis—, con fachada abierta al río y salida trasera a la calle Larga, la actual Pureza, corazón del arrabal marinero de Triana. El sustento económico procedía de las cuotas de entrada de los hermanos , de las limosnas recogidas en las alcancías que llevaban los barcos y, sobre todo, del célebre cuarto de soldada que se descontaba de cada marinero enrolado en la Carrera. A cambio, la cofradía garantizaba cuidados médicos, auxilio económico, y un entierro digno acompañado de música, cirios y rezos: una forma de dignificar la vida de quienes, en tierra, rara vez alcanzaban prestigio social. No sorprende, pues, que la devoción al Buen Aire terminara viajando con ellos. Antes incluso de que en 1561 se fundara en Triana la Cofradía y Hospital de Mareantes bajo este título, la advocación ya era conocida y venerada entre los marinos sevillanos, que la habían recibido de Cerdeña como patrona de los buenos vientos. Sería esta misma devoción la que, con el tiempo, cruzaría definitivamente el Atlántico de la mano de los navegantes de la Carrera de Indias. En 1515, en plena etapa de exploraciones marítimas y apenas dos décadas después del primer viaje colombino, la Corona encomendó a Juan Díaz de Solís la exploración de las tierras australes . Natural de Lebrija, del antiguo reino y actual provincia de Sevilla, Solís era entonces Piloto Mayor de la Casa de Contratación , cargo de enorme prestigio en el que había sucedido a Américo Vespucio , muerto en Sevilla el 22 de febrero de 1512. La misión de Juan Díaz de Solís era doble: hallar un paso interoceánico que condujera a las codiciadas especias de las Molucas y reconocer las costas del sur del continente americano. La armada se organizó en Sevilla, descendió el Guadalquivir y zarpó al Atlántico desde Sanlúcar de Barrameda el 8 de octubre de 1515 desde el fondeadero de Bonanza. Tres carabelas y unos setenta hombres emprendieron el viaje. Tras bordear Brasil, alcanzaron el gran estuario al que Solís llamó Mar Dulce, sorprendido por la fuerza de los caudales que vertían en él los ríos Paraná y Uruguay. Fue el primer europeo en internarse en aquellas aguas que, con el tiempo, serían conocidas como Río de la Plata. El desenlace fue trágico. Al explorar la costa de la actual Uruguay, Solís desembarcó con un pequeño grupo y fue sorprendido por indígenas —identificados en las crónicas como charrúas—, que los atacaron y dieron muerte al piloto mayor y a sus hombres. La expedición, sin jefe, no tuvo más remedio que regresar a España. Apenas dejaba tras de sí la noticia de aquel vasto estuario y el recuerdo amargo del final de su capitán. El fracaso humano no eclipsó, sin embargo, la importancia geográfica del viaje: desde entonces, las rutas hacia el sur quedaron abiertas y el nombre de Solís quedó unido para siempre al estuario rioplatense. Su memoria se conserva hoy en dos lugares unidos por la historia: en Lebrija, su localidad natal, donde una plaza lleva su nombre, y en Sevilla, donde una calle del barrio del Tardón recuerda al marino que, partiendo del Guadalquivir, fue el primero en adentrarse en las aguas del Río de la Plata. Dos décadas más tarde, y con la intención de poblar de forma estable aquellas orillas exploradas por Solís, la Corona concedió capitulaciones a Pedro de Mendoza, noble granadino y caballero de la orden de Calatrava. En 1534 fue nombrado adelantado del Río de la Plata, con poderes para conquistar, gobernar y fundar ciudades en nombre de Carlos V. La armada se organizó en Sevilla, descendió el Guadalquivir y partió al Atlántico desde Sanlúcar de Barrameda el 24 de agosto de 1535. Tras hacer escala en las islas Canarias, la flota cruzó el océano aprovechando los vientos alisios y costeó Brasil antes de dirigirse hacia el sur, rumbo al gran estuario que ya figuraba en las cartas como Mar Dulce, descubierto por Juan Díaz de Solís —con trágico desenlace— en 1516. El 2 de febrero de 1536, Pedro de Mendoza fundó en la orilla meridional del estuario la Ciudad de la Santísima Trinidad y, como puerto, lo puso bajo la advocación de la Virgen del Buen Aire. No fue una elección casual: aunque granadino, Mendoza asumía así la devoción marinera que impregnaba el ambiente sevillano, la Virgen protectora de pilotos y maestres a la que se encomendaban los mareantes que participaban en las expediciones atlánticas. Así nació la ciudad de Buenos Aires, vinculada desde sus orígenes a una advocación venida del Mediterráneo y arraigada en Triana. La empresa, sin embargo, se reveló pronto como un calvario. Desde los primeros meses, los colonos padecieron hambre, enfermedades, enfrentamientos con los pueblos de la región y luchas internas. Las crónicas describen escenas de miseria extrema: caballos sacrificados para alimento, raciones reducidas hasta lo insoportable, deserciones constantes… e incluso episodios de antropofagia entre los propios pobladores por la falta absoluta de bastimentos. El asentamiento quedaba, desde su nacimiento, marcado por la precariedad y envuelto en un halo de maldición y fatalidad. La Buenos Aires levantada por Pedro de Mendoza en 1536 nació marcada por la precariedad. Los testimonios de cronistas como Ulrico Schmidl, soldado bávaro que participó en la expedición, ofrecen un relato descarnado de aquellos primeros años: hambre atroz, enfermedades, enfrentamientos con los pueblos querandíes y un clima de desolación que acabó por corroer la moral de los colonos. Las provisiones traídas desde España se agotaron pronto, los contactos con las poblaciones locales derivaron en choques violentos y las deserciones fueron constantes. Las crónicas recuerdan escenas que rozan lo insoportable: colonos que devoraban caballos muertos, ratas, reptiles y hasta cuero hervido para engañar al estómago. Schmidl, en sus memorias, no oculta que algunos llegaron incluso a practicar canibalismo en medio de la desesperación. La ciudad, concebida como baluarte de la presencia castellana en el Atlántico sur, apenas podía sostenerse. La población se redujo a un puñado de supervivientes mal alimentados y sitiados por los querandíes. Ante semejante panorama, el gobernador Domingo Martínez de Irala , sucesor de Mendoza, tomó una decisión drástica: en 1541 ordenó el despoblamiento y destrucción de la primera Buenos Aires. Cinco años duraría aquella ciudad maldita. Las casas de paja y adobe fueron incendiadas, los pocos enseres útiles cargados en las naves, y los habitantes trasladados a Asunción, fundada en 1537 por Juan de Salazar y Espinosa, que desde entonces se convirtió en el centro de la vida colonial en el Río de la Plata. Durante casi cuarenta años, el estuario quedó huérfano de ciudad española. Sin embargo, no desapareció de la memoria. Las tierras del Plata seguían siendo estratégicas : controlaban la desembocadura de dos ríos inmensos, eran un punto de recalada obligado y representaban la frontera con el Brasil portugués. Por eso, la idea de refundar Buenos Aires nunca se abandonó del todo. El encargado de hacerlo sería Juan de Garay, vasco. Nacido en Orduña (Vizcaya) y avecindado en el Río de la Plata tras participar en la conquista del Paraguay, Garay, hombre práctico y decidido, entendía la importancia de recuperar aquella posición perdida medio siglo atrás. Con un grupo de colonos procedentes de Asunción, entre ellos familias enteras y no solo soldados, descendió el Paraná y, el 11 de junio de 1580, en un paraje cercano a la primera fundación, levantó de nuevo la ciudad bajo el mismo título oficial: Ciudad de la Santísima Trinidad, manteniendo como puerto la advocación de la Virgen del Buen Aire. El acto fundacional de Garay estuvo cuidadosamente planificado. Se trazó una plaza mayor, se delimitaron solares para las casas y se repartieron tierras a los vecinos. El símbolo de la permanencia se expresó en un gesto solemne: Garay erigió el rollo de la justicia o picota, emblema de autoridad y jurisdicción castellana, clavado en la tierra como señal de que la Corona regresaba para quedarse. Los documentos conservados en el Archivo de Indias recogen el listado de aquellos primeros pobladores, entre ellos españoles, criollos e incluso algunos mestizos, que serían considerados «los 64 vecinos fundadores» de la nueva Buenos Aires. La refundación no eliminó de golpe las dificultades, pero marcó un punto de inflexión. Desde 1580, Buenos Aires empezó a crecer como un asentamiento estable, aunque modesto en comparación con Lima o Potosí. La ciudad vivía de la ganadería, de un comercio a menudo clandestino y de su papel como puerta hacia el interior. Pero lo más importante es que el nombre de la Virgen del Buen Aire quedó definitivamente unido a su identidad. Lo que había nacido como devoción marinera en Sevilla y Triana se consolidaba ahora al otro lado del Atlántico como germen devocional de toda una ciudad. La huella de aquella advocación marinera aún puede verse hoy en la capital argentina a través de dos imágenes que simbolizan la continuidad de una devoción nacida en el Mediterráneo y arraigada en Sevilla. En el Museo del Bicentenario de la Casa Rosada se expone una imagen conocida como la Virgen de los Buenos Aires. De origen incierto, no se sabe con certeza cuándo fue realizada ni cómo llegó hasta allí, pero la tradición la relaciona con la primera fundación de Pedro de Mendoza en 1536, siendo posiblemente la imagen más antigua de la ciudad con esta advocación. Muy distinta es la impresión que causa la Virgen de los Buenos Aires venerada en la Catedral Metropolitana, junto a la Plaza de Mayo. Situada en la nave de la epístola del templo metropolitano bonaerense, a la derecha del crucero, es una talla en madera policromada, coronada, con el Niño en brazos y un barco en la mano: una iconografía de enorme fuerza que resume su condición de patrona de los navegantes. Su estilo elegante y sereno, su policromía cuidada, la dulzura del rostro de Madre y Niño y la gracia con que sostiene el cirio y el navío en su mano derecha la convierten, sin duda, en una de las imágenes más bellas —si no la más bella— de la ciudad. A sus pies se detienen visitantes y fieles sin reparar, quizá, en que el propio nombre de Buenos Aires nace de esta antigua devoción marinera que, desde Sevilla, cruzó el Atlántico para echar raíces en el Río de la Plata. La Cofradía y Hospital de Mareantes de Nuestra Señora del Buen Aire, nacida en Triana a mediados del siglo XVI, acabaría mudando su sede cuando en 1681 se fundó el Colegio de San Telmo, destinado a formar pilotos y oficiales para la Carrera de Indias. La Universidad de Mareantes pasó entonces a administrar este nuevo centro, que pronto se convirtió en uno de los edificios más notables de Sevilla. Allí, en la margen opuesta del Guadalquivir, la corporación continuó su labor asistencial y gremial, al tiempo que impulsaba la enseñanza náutica en un momento en que la Monarquía sufría una crónica escasez de marinos. El traslado no fue solo institucional, también devocional. La Virgen del Buen Aire, patrona de los mareantes sevillanos, acompañó a la hermandad en su nueva etapa y recibió culto en la capilla del Colegio , pasando de Triana a San Telmo. Allí se conserva aún la soberbia talla barroca que preside el templo: María coronada, de semblante sereno, con el Niño en brazos y un navío en la mano, símbolo inequívoco de su protección sobre quienes se hacían a la mar. Una imagen que, como la venerada en la capital argentina, recuerda el vínculo inseparable y a la vez completamente desconocido entre Sevilla y Buenos Aires. No es casual que en Buenos Aires exista un barrio llamado San Telmo, heredero del mismo patronazgo marinero que dio nombre al colegio sevillano donde hoy se venera la Virgen del Buen Aire. Tampoco lo es que Joaquín Sabina, amante de la ciudad, cante en su canción Dieguitos y Mafaldas a los chicos de la «12» —la hinchada de Boca Juniors— implorando a la «Virgen de los Vientos» que levante la pollera de su querida Paula. Sabina conoce bien la historia de la fundación de Buenos Aires; la mayoría de los porteños y de los sevillanos quizá no. Ahora, querido lector, tú sí la conoces. Y sabrás que, cinco siglos después, aquella Virgen de los Vientos sigue soplando desde las orillas del Plata hasta las del Guadalquivir —o al contrario—, porque la orilla es lo de menos: lo importante son el Atlántico y los vientos que nos siguen uniendo, aunque a veces ni lo sepamos.