Foto: Andrés Cadena, socio senior de la oficina de Bogotá y miembro de las prácticas de Banca y Consumo en América Latina, McKinsey & CompanyPor: Andrés Cadena, socio senior de la oficina de Bogotá y miembro de las prácticas de Banca y Consumo en América Latina, McKinsey & Company¿Cómo podemos definir a la competitividad? Por muchos años, la hemos delineado como una combinación de estabilidad macroeconómica, apertura comercial, talento y facilidad para hacer negocios. Ese marco sigue siendo importante, pero el nuevo entorno geopolítico exige una métrica mucho más tangible. La cuestión hoy en día debería ser “¿Quién atrae inversión productiva y puede convertirla en capacidad industrial, tecnológica e innovadora?”. Esta pregunta es la guía de la nueva cartografía de la competitividad.La tesis resulta poderosa porque desplaza la conversación desde conceptos abstractos hacia evidencia concreta. Las empresas invierten donde consideran que podrán generar mejores retornos y esta decisión sintetiza miles de variables económicas, regulatorias, financieras y operativas. Por esa razón, la inversión productiva se convierte en el mejor indicador tanto de la competitividad presente como de la productividad futura. Las inversiones tangibles e intangibles explican hasta el 80% del crecimiento de la productividad, creando un círculo virtuoso entre capital, innovación y prosperidad.¿Cómo estamos en el mundo?La fotografía global revela una divergencia profunda. Europa enfrenta un déficit anual de inversión cercano a 800.000 millones de euros, equivalentes a más de US$900.000 millones. Estados Unidos mantiene una economía altamente innovadora, aunque necesita fortalecer la inversión manufacturera para reducir vulnerabilidades asociadas con dependencias externas. China, por su parte, incorpora cada año tres veces más activos productivos que Europa y Estados Unidos juntos. El contraste tiene un matiz importante.La competencia ocurre en múltiples dimensionesTanto la experiencia global como la de nuestro país demuestra que el extraordinario esfuerzo inversor también genera retornos sobre el capital aproximadamente 40 % inferiores, consecuencia de una acumulación de capacidad que supera el ritmo de la demanda en diversos sectores.La explicación aparece cuando se observa el problema desde abajo, proyecto por proyecto. La competitividad surge de la suma de costos de construcción, equipos, energía, materiales, financiamiento, tiempos de ejecución y velocidad para llegar al mercado. Un análisis de diez industrias que realizó McKinsey (nuclear, pharma, baterías, semiconductores, automovilística, entre otras) muestra que los costos nivelados en Europa y Estados Unidos suelen ser al menos 50 % superiores respecto de los países que hoy concentran la mayor parte de la inversión.En manufactura, la brecha frente a China ronda el 50 % debido principalmente a salarios más elevados que no son compensados por mayores niveles de productividad. En investigación y desarrollo (I+D), la diferencia alcanza aproximadamente 300 %, donde la rapidez para transformar conocimiento en productos comerciales se convierte en un factor decisivo. A ello se agregan diferencias en precios de energía, materias primas, subsidios implícitos y tipos de cambio que amplían todavía más la distancia competitiva.El diagnóstico también rompe otro lugar común. La competitividad ya no puede reconstruirse únicamente mediante reducciones regulatorias o programas aislados de incentivos. Los factores de ventaja se han vuelto extraordinariamente amplios. China combina costos competitivos, velocidad de ejecución, automatización creciente, liderazgo en numerosos procesos industriales y una aceleración notable en investigación aplicada y lanzamientos comerciales.Rutas accionablesUn escenario hipotético muestra que elevar la productividad en 30 %, reducir las diferencias en costos de equipos, energía y materiales, además de incorporar una velocidad de ejecución comparable con la llamada “China speed”, permitiría cerrar entre 30 % y 80 % de la brecha de costos. Sin embargo, ese esfuerzo por sí solo no sería suficiente, y será indispensable especializarse en industrias donde la diferenciación tecnológica tenga mayor peso que el costo unitario, revitalizar la innovación en economías avanzadas y revisar políticas industriales que hoy generan distorsiones competitivas.Para América Latina y Colombia, la lección resulta especialmente relevante. La competencia global por el capital será cada vez menos ideológica y mucho más pragmática, Los inversionistas observarán productividad, infraestructura, disponibilidad energética, talento especializado y capacidad para innovar. Los países que logren combinar esos elementos atraerán fábricas, laboratorios y centros tecnológicos que definirán la próxima generación de crecimiento.En este escenario, la competitividad del futuro se dibuja sobre un mapa donde cada nueva inversión representa una coordenada… y el mapa se rediseña con rapidez. ¿Quién será capaz de ocupar los espacios que todavía permanecen abiertos? He ahí el verdadero reto.