De descubrir planetas a acabar con los plásticos: así son los jóvenes premiados por la Fundación Princesa de Girona

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¿Estamos solos en el universo? Es una de las grandes preguntas que la humanidad lleva siglos intentando responder y, por primera vez, la ciencia empieza a disponer de las herramientas necesarias para acercarse a ella. Mientras telescopios como el James Webb permiten observar las primeras galaxias del cosmos y la nueva generación de observatorios promete revolucionar nuestro conocimiento del universo, la Fundación Princesa de Girona ha reconocido este año por primera vez el trabajo de dos astrofísicos. Un doble premio —concedido además por dos jurados distintos y en categorías diferentes— que refleja el extraordinario momento que vive una disciplina llamada a responder algunos de los mayores interrogantes de la humanidad. El cordobés Rafael Luque ya ha contribuido al descubrimiento de más de 220 mundos fuera del sistema solar, una cifra tan difícil de imaginar como de explicar. Su vocación nació siendo un niño. «Tendría unos once años cuando miré por un telescopio por primera vez. Esa imagen se me quedó totalmente grabada y fue la semilla de todo», recuerda a ABC. Aquel curso de iniciación a la astronomía que se impartió en su pueblo cambió su vida. Hoy dirige un equipo internacional desde el Instituto de Astrofísica de Andalucía para estudiar unos planetas, los llamados subneptunos, que podrían albergar grandes cantidades de agua líquida. «Creo que estamos cada vez más cerca de responder a la pregunta de si estamos solos en el universo», asegura. Al hacerle la pregunta que la humanidad lleva haciéndose desde que se conoce la existencia de otros planetas, contesta que «sí», que perfectamente puede haber vida fuera de la Tierra: «Sabemos que, de media, todas las estrellas tienen al menos un planeta. Solo en la Vía Láctea hay miles de millones de estrellas. Por puro número, es posible que la vida no sea única de la Tierra». El mexicano José Eduardo Méndez Delgado dedica su carrera a estudiar las nebulosas y la composición química de las galaxias para comprender cómo nació y evolucionó el universo. Su camino hacia la astrofísica comenzó algo más tarde, ya durante sus estudios universitarios. «Me di cuenta de que dedicarme a esto no solo era posible, sino que era un camino viable para mí», explica. Desde entonces investiga cómo el gas y el polvo interestelar dan origen a las estrellas, convencido de que entender su composición química ayuda también a comprender nuestro propio origen. «Somos parte de este mismo universo y tenemos un origen en común», resume. Cree, además, que la astronomía vive un momento decisivo. «Se viene una revolución», afirma, en referencia a los nuevos telescopios de 30 metros y al impulso de la inteligencia artificial para procesar cantidades ingentes de datos. Que la Fundación haya distinguido por primera vez a dos astrofísicos supone para él un mensaje dirigido a las nuevas generaciones: «Es una manera de decirles a los jóvenes que aquí hay un camino y que pueden seguirlo». El talento reconocido este año por la Fundación Princesa de Girona va mucho más allá de los planetas y el universo. Hatim Azahri nació en Nador (Marruecos), aunque llegó a Barcelona con apenas dos años. Estudia Trabajo Social en la Universidad de Barcelona y preside la asociación juvenil Joves Units del Poble-sec, que ha logrado transformar el barrio desde el compromiso vecinal. Todo empezó cuando dos profesoras de Primaria le hicieron creer en sí mismo. «No solo confiaron en mí, sino que me hicieron creer que era una persona inteligente y capaz de superar cualquier obstáculo», recuerda. Años después vivió la cara opuesta, cuando una tutora le desaconsejó estudiar Bachillerato porque, según le dijo, «era demasiado complicado». Aquella experiencia reforzó todavía más su compromiso con los jóvenes de su barrio. Junto a otros vecinos creó una asociación que ha impulsado instalaciones deportivas gratuitas, un gimnasio popular, espacios de convivencia e incluso tres pozos de agua en Togo. «A veces pensamos que el cambio no es posible, pero sí lo es. Solo necesitamos organizarnos, compartir nuestras preocupaciones y cooperar por un bien común», defiende. La argentina Mercedes Bidart decidió estudiar Ciencias Políticas porque quería «hacer algo que cambiara el mundo». Tras años trabajando con gobiernos locales y acompañando a mujeres emprendedoras en barrios vulnerables, comprendió que muchas no fracasaban por falta de talento, sino porque ningún banco estaba dispuesto a prestarles dinero. De esa realidad nació Quipu, una empresa tecnológica que utiliza inteligencia artificial y datos alternativos —como la actividad de un negocio, imágenes o su presencia digital— para evaluar la solvencia de personas sin historial crediticio. La plataforma ya ha facilitado financiación a miles de pequeños emprendedores y otras entidades financieras utilizan su tecnología. «Hay una gran responsabilidad en demostrar que desde Latinoamérica también se pueden crear empresas capaces de cambiar las cosas», afirma. La catalana Patricia Aymà se define como «entrenadora de bacterias». En realidad, es cofundadora de la tecnológica Benviro, una empresa biotecnológica que utiliza microorganismos para fabricar bioplásticos biodegradables capaces de sustituir a los derivados del petróleo. Lo paradójico es que durante su infancia las bacterias eran precisamente su mayor enemigo porque nació con los bronquios inmaduros y sufrió repetidas neumonías bacterianas. «Para mí eran aquello que casi me quita la vida. Cuando descubrí que podían convertirse en la solución a algunos de los mayores retos ambientales, decidí dedicarme a ellas», explica. Hoy su empresa desarrolla materiales sostenibles para decenas de clientes y trabaja para demostrar que es posible reducir la contaminación por plásticos sin renunciar a sus prestaciones. La directora y guionista de cine catalana Gemma Blasco ha sido distinguida por una obra que convierte el séptimo arte en una herramienta para reflexionar sobre la violencia, la memoria o la identidad. Su última película, La furia, inspirada en una vivencia personal, aborda la violencia sexual desde una mirada que huye del sensacionalismo y pone el foco en las víctimas. Para el jurado, su cine consigue conectar con las nuevas generaciones sin renunciar a la complejidad, combinando sensibilidad artística y compromiso social. Una forma más de demostrar que cambiar el mundo también pasa por contar historias capaces de transformar la manera en que lo miramos.