¿Derecho o deber?

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Fui un niño débil y enfermizo, por ello me acostumbré a estar frecuentemente rodeado de médicos. No les tenía miedo, por el contrario, eran muy buenos pediatras que sabían ganarse el afecto y la simpatía de los pequeños. Como era de esperar, mi juego favorito era el de médico, tenía un maletín lleno de instrumentos para solucionar cualquier tipo de malestar. Mis pacientes favoritos eran mis dos abuelas y mis dos abuelos, siempre estaban con achaques que inmediatamente me ponía a curar a mí manera. El tiempo pasó y lo tenía muy claro, ingresé a la facultad y me convertí en médico geriatra. Los cuatro pacientes de mi infancia se convirtieron en una realidad, me dediqué de verdad a cuidar a mis abuelos.Ahora trabajo en el hospital público de mi localidad, y también realizo visitas periódicas al centro de mayores. En cada consulta cumplo con el protocolo de escribir en la ficha del paciente el motivo de la visita, el resultado de los medicamentos recetados, así como los posibles cambios en el tratamiento, etc. Pero, además, me interesa mucho grabar en audio la consulta, previa autorización del paciente, desde luego. Estas grabaciones ofrecen una información adicional del estado del paciente, como por ejemplo el tono de voz, la rapidez o lentitud en sus respuestas, lo que le gusta y disgusta, lo que le preocupa, así como la seguridad en afirmar o negar diversas opiniones. En algunos casos suelo mostrar estas grabaciones con otros colegas para un mejor análisis del paciente.Lo que les contaré a continuación es un caso muy especial, diferente, interesante y que considero válido para pensar en lo que podemos encontrar en nuestras vidas. Por ser un caso real, quiero el total anonimato, por ello no doy mi nombre, ni el del hospital, ni la localidad, ni fechas, ni por supuesto, el nombre del paciente.Cada dos meses, este paciente viene a la consulta para un chequeo de rutina. Es un hombre que me dobla la edad, me recuerda a uno de mis abuelos, de buen porte, como el de un ex deportista, siempre educado, elegante, amable y sonriente. Luego de la revisión rutinaria y viendo que todos sus niveles estaban en buen estado le pregunté si había algo más que consultar. Él se acomodó mejor en el sillón, miró al suelo, luego a la ventana, su cara parecía más seria, ya no mostraba la expresión sonriente de costumbre, clavó sus ojos en los míos y me dijo: - Dr. quiero dejar de vivir, ayúdeme por favor.Me quedé una pieza, mudo e inmóvil, me demoré unos segundos en reaccionar y sólo atiné a preguntarle en un tono casi de increpación. - ¿Qué? ¿Por qué? Le dije en un tono fuerte y de asombro.Se volvió a acomodar en el sillón, como más relajado, ya había soltado la bomba y podía argumentar su propuesta con más tranquilidad, que, sin duda y conociéndolo, la tendría muy pensada. - Mire, soy un hombre mayor, viudo, mis dos hijos y mis dos hijas ya han formado sus propias familias, mis cinco nietos ya son grandes, unos trabajando y otros aún en la universidad. Vivimos en localidades diferentes. Las reuniones familiares son cada vez más distanciadas. Desde que me jubilé mi rol social casi ha desaparecido, ya no formo parte de la empresa, no tengo jefes, ni compañeros, ni empleados. No tengo ninguna actividad productiva. Estos últimos años los aproveché para viajar y conocer varios lugares que me interesaban, pero ya no tengo las facultades de antes y viajar me resulta cada vez más complicado. ¿Cuál es mi futuro? He visitado unas residencias para mayores, son totalmente deprimentes, el espectro de los mayores es muy amplio, desde los que aún son autónomos y casi no tienen dificultades, hasta los que están en cama sin moverse, entubados, con vías en las venas y respirando con máscaras, sólo vegetan, esperando la muerte para poder descansar finalmente. El dueño y gerente de la empresa, donde trabajaba, era una persona excelente, inteligente, educado, muy humano y considerado con sus empleados. Todos lo respetábamos y admirábamos, realmente una persona especial. No estaba en edad para retirarse, pero un día delegó la dirección a su hijo. Su problema era que estaba perdiendo la memoria, algo increíble porque siempre mostraba una mente admirable, recordaba hasta los detalles más insignificantes de la empresa y del personal. Poco a poco dejó de venir a la empresa, hasta que un día su hijo nos informó que su padre había tomado la decisión de ir a un albergue de mayores. Le tenía gran estima así que lo visitaba con alguna frecuencia. Estaba en una residencia de primera, acorde a su nivel económico. Un dormitorio privado, con baño propio y una salita anexa con un sofá, un sillón, mesa, sillas y una mini cocina donde se podía preparar algo ligero, pero no estaba solo, tenía enfermeras en tres turnos, estaba atendido las 24 horas del día. El deterioro paulatino era evidente y con un ritmo acelerado, hasta que llegó el día en que no me reconoció, sólo atendía al gran televisor, sin entender lo que veía, pero hipnotizado por la secuencia de colores e imágenes. Me impactó y me dio una profunda pena ver la escena de este gran señor transformado en un ser que era incapaz de recordar su propio nombre. ¿Cómo podía ser posible que llegara hasta ese extremo? ¿Cuánto tiempo más estaría así, empeorando hasta la muerte? Fue mi última visita, era muy fuerte para mí verlo así, además ya no era él, simplemente era un ser a la deriva, nulo. Si él se pudiera ver así, si él se hubiera imaginado que llegaría a este estado… ¿Qué hubiera hecho? ¿Lo hubiera aceptado? No creo. Por amor propio y por dignidad habría visto la forma de evitarlo…Es una deficiencia encefálica, la masa se va reduciendo como una pasa, será que las neuronas se mueren o que simplemente pierden la capacidad de realizar sinapsis, lo cierto es que la persona pierde su identidad, pierde su pasado y su presente ya no deja huellas para su futuro. No tiene otras dolencias y su nivel económico le permite estar en una residencia de muy buen nivel, atención médica, alimentación, higiene, etc. algo nada frecuente. Me imagino que podrán durar muchos años en este limbo existencial. No sufrirá, a diferencia de otros con problemas de salud, con dolores y que requieren estar conectados a equipos que los mantienen vivos. Considero que es completamente absurdo e incluso egoísta seguir viviendo así, consumiendo todo tipo de recursos, me refiero a todo, desde estas residencias, sus instalaciones, los equipos sanitarios, medicamentos, servicios de profesionales médicos y enfermeras que dejan horas de sus vidas, y que serían más provechosos para la infancia, para las generaciones que se están formando. Doctor, yo ya cumplí con la vida, no tengo nada importante que aportar, no quiero ser un paria y terminar esperando la muerte en un almacén de viejos enfermos. Sé que lo que le pido es completamente anormal e ilegal, incluso negado por la religión, no obstante, le diré que soy profundamente religioso, así como toda mi familia lo es. Por eso mismo creo y deseo encontrarme lo antes posible con el creador y estoy seguro que Él aceptará mi decisión.El silencio fue largo. Levantó la vista y nuevamente fijó sus ojos en los míos, como esperando una respuesta de aprobación. Yo seguía sin palabras, intentaba encontrar el equilibrio entre lo emocional y lo racional, sin dejar de lado lo legal que tiene un camino complicado con muchas condicionantes tendenciosas. Opté por la respuesta fácil, esgrimir la ley.  – Usted sabe que la eutanasia está restringida a casos muy específicos y con un exhaustivo protocolo previo. Sus motivos no pueden ser aceptados ante las autoridades. - Lo sé Doctor, por eso le pido que me ayude. Hay muchas formas de morir, pero cuando uno desea morir, sólo hay dos caminos, el violento y el civilizado. Yo deseo morir en paz, sin escándalo, sin crear molestias a las personas que quiero y que me quieren, estar con mi familia, decirnos tantas cosas, tantos sentimientos guardados, que si no se dicen se quedan como espinas en el corazón. Quiero poderme despedir de mis hijos y nietos sin crearles dolor ni dejarles un triste recuerdo, justamente, al contrario, ellos también son creyentes como yo, y adelantar mi viaje hacia un futuro reencuentro, lo aceptarán con amor y respeto. Nunca optaría por el suicidio. Es una vía de soledad, de silencio, de escándalo, algo traumático que deja huellas que no suelen cerrar. Hasta aquí puedo transcribir la grabación de esa cita. Lo que les he contado es real, como lo dije antes, y considero muy importante divulgarlo por lo transcendente del tema. Así, cada lector podría reflexionar sobre el derecho a la muerte. Le pedí a mi paciente suspender la consulta por unos días para poder reflexionar tranquilamente, aceptó. Pensé en analizar este problema con dos colegas del hospital, amigos de varios años, y a los que considero hábiles en sus profesiones, uno es psicólogo y el otro psiquiatra. Nuestros horarios de consultas están a tope, así que tendría que proponerles una reunión fuera de horas de trabajo. No habían pasado cinco días de la consulta cuando mi paciente me llamó de improviso, estaba algo alterado, preocupado por no recibir una solución de mi parte: le expliqué que iba a tener una pequeña junta de médicos para estudiar la forma de tener una solución. Felizmente tuve la buena idea de grabar la conversación telefónica, porque acto seguido argumentó más motivos, sin duda interesantes, para justificar su deseo. Ahora transcribo lo grabado. – Doctor, creo que el pasado día de la cita le di algunas explicaciones, pero en realidad hay muchas cosas más en mi vida, que le debo de contar, para que comprenda realmente mi situación y mi futuro. Mi familia es de clase media, media baja, vivo en un piso de Protección Oficial, aprendí contabilidad y entré a trabajar en la empresa siendo muy joven, mi esposa fue ayudante de enfermería y entre los dos criamos a nuestros hijos con el mayor esmero posible, algo por lo que siempre nos hemos sentido orgullosos. Ella falleció contagiada por un virus extraño, sin duda fue por su trabajo. Ahora, ya mayor y jubilado, vivo mi soledad sintiendo que mis capacidades van disminuyendo, me preocupa especialmente las fallas de memoria y por ello recuerdo la triste vejez de mi jefe. Mi jubilación es modesta, por supuesto que muy inferior a mi antiguo sueldo, más extras y bonificaciones que daba la empresa por los beneficios anuales, eso me permitió ahorrar y ya jubilado realizar los viajes que le comenté. La situación ha cambiado, el costo de la vida aumenta cada año, pero mis ingresos van en proporción inversa y este desequilibrio va en aumento. Mi mayor temor es el de perder la vivienda, ya hay varios casos de pisos en edificios vecinos comprados por las empresas buitres, y a continuación los desahucios, personas mayores que requieren cuidados, familias enteras, víctimas de todo tipo. No quiero vivir peor cada año que pasa. Se lo dije y se lo repito, yo ya cumplí con mi vida, ¿vivir más para qué?… no tiene sentido. Estoy totalmente en contra del suicidio, de una muerte brusca, solitaria, penosa y que deja secuelas a la familia, por eso solicito una muerte digna, respetuosa con la vida y con la muerte, despidiéndose con afecto de los seres queridos.Hoy he visto en internet esta noticia:   El martes pasado murió el el Dr. Hernán Darío Estrada, neurocirujano. Ayer publicaron en el grupo de sus compañeros, un mensaje muy doloroso que envió el mismo Dr. Hernán Darío, hablando sobre la tremenda deshumanización que se sufre en las UCI (Unidad de Cuidados Intensivos). Les agradeceré mucho si lo hacen circula. Soy otro después de estar cuatro veces en la UCI. Los resultados médicos no compensan el daño irreparable en esta esfera psicológica. Ya no soy Hernán Darío Estrada, soy lo que queda de él. Como dice el Dr. Vélez no hay día, no hay noche. No hay horario. No hay quien escuche el gemido. El amigo y colega es un extraño. No se le ve la cara. No hay una mano en el hombro que te diga cómo te sientes. Tampoco el estetoscopio en el pecho que te haga sentir protegido. ¡No sabes lo que es un baño a las 5 am tiritando de frio! Pregunté: ¿por qué no me cambian de posición cada dos horas? Y oí las burlas. Un lugar hostil. Con ruidos por alarmas de aparatos y conversaciones y risas inadecuadas. Los pacientes tenemos angustias, insomnio, miedo y temor a la muerte. Fácilmente nos rotulan de Psicóticos. Rescato a los ángeles, las enfermeras (la gran mayoría). Son médicas (explican el por qué), familia, confidentes y amigas. Lloran con uno. Difícilmente se sientan, mientras los Dioses del Olimpo no se mueven de su Trono y su juguete el computador. Falta mucho para humanizar las UCI. Hay que empezar por humanizar los médicos. (Los hay muy humanos). Los pacientes de la UCI nos convertimos en objeto de estudio médico, pero se olvidan de las necesidades emocionales.No era un paciente cualquiera, era un médico como Usted, era un neurocirujano de prestigio, que sin lugar a dudas no se imaginaría vivir sus últimos días en esta forma. Por eso no quiero vivir en una residencia para ancianos y luego ir a morir en una UCI.Doctor, también me he fijado en estadísticas nacionales, estas cifras son fortísimas; 4227 suicidios en 2022 y algo menos en 2023, 4116 suicidios, resultan más de 11,5 suicidios por día, casi una persona cada dos horas.Los datos sobre la eutanasia son de 288 personas en 2022, y de 334 en 2023, hay un dato adicional muy importante, en 2023 fueron 766 las solicitudes y aceptaron menos de la mitad. ¿Por qué? ¿No estaban sufriendo lo suficiente? ¿La familia tenía dinero para seguir costeando los gastos? ¿Quedaba el comodín del milagro? ¿Qué hicieron los 432 que no fueron aceptados para la eutanasia? ¿Cuántos de estos se suicidaron? ¿Cuántos tuvieron que seguir sufriendo y mal viviendo? De esto no se preocupan las estadísticas.Si las normas para realizar la eutanasia fueran menos restrictivas, pensadas con un mínimo de respeto y sentido común, estoy seguro que serían muchos menos los suicidios y la eutanasia sería un verdadero servicio para morir con dignidad. Existe un documento llamado “Testamento Vital o Documento de Voluntades Anticipadas” o que también llaman “Declaración de Voluntad Vital Anticipada” en el que una persona pide ser desconectada de los equipos que le permiten continuar con vida en circunstancias terminales, pero la decisión final ya no está sus manos, si no en las personas que estén con ella, familiares y/o personal sanitario, y si una de estas personas considera que no es aún el momento, o que simplemente se oponga al acto terminal, la voluntad vital se dilatará o puede no llegar a término y la persona en cuestión tendrá una agonía no deseada.Hay un caso, como otros muchos, el de la joven parapléjica catalana, Noelia que llevaba más de dos años solicitando la eutanasia por estar sufriendo unos dolores insoportables, pero su padre, familiares y abogados cristianos se oponían y ella siguió aguantado obligada por esta falta de respeto a la persona, hasta que por fin logro la eutanasia.– Entiendo perfectamente todo lo que me ha dicho. En estos días me reuniré con los otros médicos como le he informado. Si le parece, venga a la consulta la próxima semana. Lo espero el jueves a la hora de costumbre.Me quedé preocupado, y sin perder tiempo me puse en contacto con los otros doctores. A ambos les pareció muy interesante el caso y quedamos para el día siguiente, terminadas las consultas, en mi despacho. Lo primero que hice fue que poner el equipo para que escucharan las dos últimas grabaciones. Ambos doctores tomaron notas y luego me pidieron volver a escucharlas, pero haciendo pausas en cada frase, porque como ya comenté anteriormente, hay información adicional en el tono, volumen y frecuencia de las palabras. Luego me pidieron la Historia Clínica del paciente, confirmaron que no padecía de enfermedades graves, todos sus niveles estaban dentro de la normalidad de su edad. Como ellos no lo conocen personalmente, me preguntaron por su aspecto personal, les conté que es esbelto, algo delgado, bien vestido, siempre con traje y corbata, zapatos negro muy lustrados, que se le ve preocupado o interesado en dar buena apariencia, posiblemente la misma imagen que vistió en las décadas de su trabajo. Ante esta reflexión los tres coincidimos en considerar los frecuentes casos de los jubilados que han tenido trabajos rutinarios, monótonos, exentos de iniciativa, de creatividad, que han sido simples piezas de una producción rutinaria. Esto se podría considerar un problema en su salud mental. La falta de interés por realizar algún tipo de actividad. Cada uno de los doctores ofrecieron darle una cita lo antes posible y de hecho así lo hicieron. Optaron por una cita conjunta, el psicólogo le propuso una serie de diversas actividades; deportivas, artísticas, culturales, sociales y creativas. Por su parte el psiquiatra le recetó, como primera medida para disminuirle esta obsesión considerada contra natura, un tratamiento de farmacoterapia relajante. Los médicos comentaron que la cita inicial fue muy correcta y el paciente aceptaba todas las sugerencias y propuestas con normalidad. Quedaron en llamarlo dentro de unos días para programar la siguiente cita.Paso la semana de la última cita y el paciente no se presentó. Hablé con los otros dos médicos, ellos también lo habían estado llamando, pero no respondía. Lo llamé al móvil y no contestó. Tenía el número de uno de sus hijos, y lo llamé. Me dijo que hacía unas semanas había recibido este mensaje de su padre: “Estaré fuera, voy a visitar a tus hermanas”. Le conté que no había asistido a la cita y que no respondió a mi llamada. Me dijo que llamaría a sus hermanas para ubicarlo. Poco tiempo después me llamó a decirme que había hablado con ellas y que cada una había recibido el mismo mensaje: “No estaré en casa, voy a visitar a tus dos hermanos”. Está claro, ha desaparecido.Hoy encontré este tristísimo mensaje, de inmediato recordé a mi paciente.Foto de un señor mayor, con una enorme tristeza en el rostro, y comenta:“Cuando cumplo 89, estoy sentado solo en una residencia de retiro con un plato de ravioles frente a mí. No sé quién los hizo, y no sé si alquilen recordará mi cumpleaños. Tengo tres hijos. No los he visto en mucho tiempo. Me trajeron aquí, diciendo que era por mi bien, pero con el pasar de los días, el teléfono se queda en silencio. Sin llamadas, sin visitas. No estoy enojado, sólo triste. Triste porque, no importa cuanto tiempo haya pasado, nunca dejé de quererlos. Triste porque no pido mucho, sólo un abrazo, una palabra amable, un simple “Feliz cumpleaños, papá”. Sólo desearía que alguien me recordara. A mi edad, vives de recuerdos y esperanza. Y hoy, mi esperanza es que este mensaje llegue a aquellos que han olvidado la importancia del amor y la familia antes de que sea demasiado tarde”.Habían pasado unas tres semanas sin tener noticias de él. Reviso nuevamente su historia clínica y las grabaciones, vuelve a mí la incertidumbre y preocupación del caso, lo llamo a su móvil y no hay respuesta, así que decido llamar a su hijo, no responde, pero le dejo grabado un mensaje interesándome por su padre. Al cabo de unas horas recibo su mensaje.“Buenos días Doctor, dentro de dos días estaré en la ciudad, este miércoles, dígame si me puede recibir a las 17.00 horas. Deseo hablar con Usted personalmente. Gracias.”Inmediatamente le respondí que lo estaría esperando en mi consulta.Llegó el miércoles, esperaba la llegada del hijo de mi paciente cuando veo otra noticia preocupante en el diario:Una foto de dos Policías Nacionales llevándose a un detenidoDetenidos tres trabajadores de una residencia por “tratos degradantes” a personas mayores.Los implicados actuaban en el módulo de hombres dependientes, donde la mayoría de usuarios presentan “problemas de comunicación, limitaciones físicas o distintos grados de demencia senil”Llegó puntual como su padre, a las 5 de la tarde se presentó en mi consulta. Se notaba que era su hijo, el mismo porte, muy cordial, bien vestido, pero menos elegante que el padre. Inició la conversación disculpándose por su silencio y también por no haberme dicho la verdad con relación a las visitas de su padre a él y a sus hermanos. OpiniónLas vacas vuelan Álvaro La Rosa Talleri- Sí, nos visitó a cada uno por separado, para explicarnos su deseo personal, lo que Usted ya sabe. Nos contó las conversaciones con Usted y con los otros doctores; el psicólogo y el psiquiatra, así como las propuestas de tratamientos que le hicieron, recuerdo claramente sus palabras: “No tuve interés alguno en realizar esas actividades ni en tomar las pastillas indicadas. Entiendo que para las médicos es natural intentar encontrar alguna enfermedad, más aún en una persona, como yo, que le dice que no quiere seguir viviendo. Lógico, eso no es frecuente, y al ver que no tengo enfermedades graves y/o incurables, concluyen en un posible problema de salud mental, aunque yo les había explicado, con un lógico raciocinio, los argumentos por los cuales he tomado esa decisión, y para recordártelo ahora a ti, lo repetiré: me siento bien, con los deterioros lógicos de mi edad, no tengo dolores ni angustias, vivo en paz, he tenido una vida ordenada, justa y generosa en lo posible. Desde que me casé con tu madre formamos una familia feliz con vosotros cuatro, sin lujos, pero respondiendo con satisfacción a nuestras necesidades básicas. Mi dedicación ha sido el trabajo, cumplir con mis obligaciones cívicas y religiosas. No he cultivado otras actividades, ni deportivas, ni artísticas, ni sociales. Por lo tanto, no tengo nada pendiente, tengo claro que ya cumplí con todo y que ahora me encuentro bien, pero mi calidad de vida irá bajando paulatinamente, diariamente, ¿y para qué seguir? En estos días me he dedicado a encontrar los medios necesarios para resolver mi problema. No les diré quién ni que me ha proporcionado para lograr mi objetivo, solamente me quedaré dormido, mi vida se irá apagando hasta que deje de respirar. Te voy a pedir el último favor, que esta despedida la hagamos en tu casa, tus hermanos viven en pisos y tú en esta casa, con espacio abierto, tendremos la privacidad ideal para reunirnos en familia. En la tarde tomaré una siesta que será el final. En la noche avisarás de mi fallecimiento a las autoridades, ellos darán constancia de un paro cardiaco. Aquí te entrego este sobre con dinero y todos los datos de la funeraria que he previsto. El testamento está en notaría”.Me quedé perplejo de la tranquilidad con la que el hijo mayor contaba la muerte de su padre, no parecía un caso real. Como me quedé sin palabras, mirándolo sin pestañar, entendió que debía dar una explicación de lo que realmente sucedió, así que continuó. – Si Doctor, todo esto parece una ficción. El último sábado del pasado mes fue el día acordado para esta reunión familiar. En los días anteriores tuvimos varias reuniones entre los cuatro hermanos para prepararnos emocionalmente a todo lo que se nos venía encima, entendíamos perfectamente a nuestro padre, queríamos respetarlo e incluso ayudarlo, en lo que estuviera a nuestro alcance, para que pudiera dar este paso. El sábado previsto vinieron mis otros hermanos, sus parejas, los dos nietos mayores y mi padre. Nos saludamos, nos quedamos mirándonos, pero nadie decía nada. Mi padre formó un círculo entre todos cogidos de las manos y nos habló, con serenidad, con afecto, con agradecimiento, con amor. Todos estábamos con un nudo en la garganta y los ojos húmedos. Nos abrazamos y lloramos, fueron minutos de silencio. Mi padre volvió a hablar en otro tono, como si fuera un día cualquiera, distrayéndonos, alegrándonos, hasta bromeando con los nietos. La tensión se disipó, nos sentamos a comer, bebimos y nos relajamos, creo que había la sensación de que lo más duro ya había pasado, como intentando no pensar en lo que nos esperaba. La sobremesa fue larga, muy larga y muy intensa de recuerdos y cariño, hasta que mi padre se levantó y dijo: - “Voy a descansar”. Todos fuimos a abrazarlo, él estaba sereno, pero su rostro era especial, no podría decir si fuerte o débil como un cristal a punto de romperse. Se dio media vuelta y se fue al dormitorio, antes de cerrar la puerta dijo: - “Quiero estar solo unos 15 minutos”.Pasado este tiempo entramos los cuatro, estaba echado en la cama, con su traje y corbata y con los ojos cerrados, como dormitando, le cogimos sus manos y él reaccionó, respiraba muy suave, nuestras lágrimas mojaban su traje, sus manos presionaban cada vez menos, el pulso se desvanecía, hasta que dejó de respirar. Fue un final feliz …He estado varios meses fuera por un Master en Geriatría y Gerontología, pero en todo este tiempo no he dejado de pensar en mi atípico paciente y su familia, ha sido todo tan fuera de la normalidad, pero por otro lado tan natural, que no puedo dejar de reflexionar con este caso. Aún me quedan unos días libres, pero he preferido venir a la consulta para revisar varias historias clínicas de algunos pacientes, concretamente las de los ya fallecidos. Estos expedientes se cierran y van al archivo. Ahora los he abierto y he analizado lo sucedido desde que entran en estado crítico, es decir terminal, hasta el fallecimiento. Los tiempos varían notablemente, desde unos pocos días hasta años. En estos casos prolongados, que son una cantidad considerable, el tiempo y el esfuerzo empleado en mantener vivas tantas vidas, que ya no son vidas, resulta un asunto a considerar con seriedad. Por experiencia profesional, los geriatras sabemos cuándo las personas se encuentran en un estado de no retorno, es decir que no hay recuperación posible, podrá haber un tiempo menor o mayor de cierta estabilidad, en base lógicamente, a la resistencia de los pacientes, a los medicamentos y tratamientos extremos para mantenerlos con vida. Esto debido a que la mayoría de los familiares desean retardar la muerte, grave error. Todo este tiempo significa un alto costo económico, un desgaste emocional importante y un sufrimiento innecesario para el paciente. El peso de la cultura, los dogmas religiosos, las leyes políticas y el mal entendido amor familiar, que más parece un amor egoísta, son cargas fortísimas, difícilmente superables para morir en paz. Algunos pacientes informaban que tenían un testimonio de sus últimas voluntades solicitando en ellas la eutanasia, claro que dentro de las premisas y condicionantes que se estipulan en la ley. No siempre dio resultado, el sistema tiene muchas condicionantes que distorsionan la voluntad del solicitante, y que además se encuentra en una situación sin capacidad de imponer su voluntad. Deciden los que están alrededor. Su historiaLa historia clínica de mi último paciente la revisé detenidamente para ver el deterioro general de su salud. La primera cita fue hace 12 años, él tenía 80 recién cumplidos. Sus primeras molestias eran detalles de falta de memoria reciente, de olvidarse de cosas cotidianas, de dónde había deja algún objeto, de una hora a la que debía realizar algo, o del nombre de alguna persona, algo muy frecuente en una edad avanzada. Paulatinamente los problemas iban aumentando; variaciones en la tensión arterial, dolores en las articulaciones, menor capacidad auditiva, aumento de la presbicia, mala digestión de algunos alimentos, menor fuerza y precisión en las manos, etc. Él vivía en un piso en la 2ª planta de un edificio de protección oficial sin ascensor, y me contaba que últimamente era un gran esfuerzo poder subir las dos plantas. Las consultas eran semestrales al principio, luego trimestrales y por último cada dos meses, era necesario un control más continuo para mantenerlo lo mejor posible. En su última cita a la consulta tenía 92 años, y es a la edad que falleció. Nunca llegó a tener alguna enfermedad grave que diera motivo a un internamiento hospitalario, ni siquiera a una asistencia de enfermería permanente. Él era consciente de la degeneración normal de todos los tejidos del organismo, sin necesidad de una enfermedad en especial.Su finalNo me imaginé que lograría quitarse la vida, era una propuesta difícil de llevarla a cabo teniendo que conseguir los medios necesarios para hacerlo, y además que lograra que sus hijos lo aceptaran y participaran, aunque sólo haya sido una forma pasiva, de complicidad. La verdad es que me ha impactado y me ha hecho reconsiderar muchos conceptos y valores que he tenido durante mis años de formación y de actividad profesional. Como geriatra he atendido muchos casos diferentes, con variados diagnóstico y pronóstico, pero este caso es totalmente singular, y cada vez que lo pienso lo considero más justo, digno y natural.Hay quienes consideran que es lo mismo el “suicidio” que la propuesta del “final feliz” o “muerte digna”, sí, es verdad, en el fondo ambos son autolisis, pero la forma es radicalmente diferente. Lo correcto sería llamarlo “eutanasia” que etimológicamente proviene del griego y significa “buena muerte” o “muerte tranquila”, pero lamentablemente la palabra “eutanasia” ya está usada y han tergiversado el concepto, es un total engaño, llena de condicionantes valoradas por terceras personas quienes al final toman la decisión.Nuestra finalidad, como médicos, es la de curar enfermos y mejorar el estado vital de la gente. Nacer es un proceso natural, sin embargo, los médicos estamos presentes para ayudar para que todo resulte lo mejor posible y en el menor tiempo. La muerte es también un proceso natural, pero, por lo visto, la presión cultural no colabora, por el contrario, se intenta que esto no se produzca, los médicos tratan de impedir que esto suceda dilatando así el proceso del fallecimiento lo más posible.Veo esta noticia en la TV; Una señora mayor con ELA, viuda y con un solo hijo, de mediana edad que la cuida, le pronosticaron entre 3 a 5 años de vida, pero lleva así 12 años. El hijo ni tiene ni puede trabajar, está dedicado a su madre. El Gobierno no le da ayuda alguna, por el contrario, le exige el pago de impuesto por la propiedad de la vivienda que no tiene como pagar. El joven pide ayuda... Los comentarios sobran.Los tres doctoresMe animé a llamar a los doctores que lo habían visto, el psicólogo y el psiquiatra. Se sorprendieron con la noticia y aceptaron reunirnos y vinieron en la tarde a mi consulta. Les informé lo sucedido, esperando opiniones, reflexiones y posibles nuevas propuestas de actuación. El psicólogo fue el primero en opinar. - Siempre hay una posibilidad de rectificación en los intentos de quitarse la vida, lo primero es encontrar las causas para tener un diagnóstico correcto y plantear uno o más tratamientos, de forma flexible, para encontrar el mejor camino que se adapte al paciente y ver mejores resultados. En este caso la experiencia vital de su jefe ha sido la causa de su decisión. Lo frecuente es el uso de farmacológicos, en algunos caso he optado por la hipnoterapia con el fin de que recupere la ilusión de vivir. Pero si el paciente, como en este caso, no regresa no es mi problema. Le di un tratamiento, podría haber superado la crisis o no. Total, no somos inmortales, podemos morir antes o después. A mí me gusta mi profesión, trabajar con la mente es muy interesante. Me va bien económicamente, no haría ningún cambio en mi forma de trabajar, respeto las normas establecidas, y este caso en particular es extremadamente anormal y no veo que de margen a cambios de criterios no normas legales. Creo que la fórmula de eutanasia establecida es suficienteEl psiquiatra tomó la palabra.Este caso es digno de una denuncia, ha sido un suicidio asistido, permitido, un virtual asesinato imposible de justificar. Un atentado a la vida que va contra nuestras leyes jurídicas y divinas. Usted, estimado colega, así como los que han participado de alguna manera, se encuentran en pecado mortal. Este señor nos engañó, nos tomó el pelo e hizo lo que su mente perturbada, endemoniada, lo inducía a tan errónea decisión... ya estará sufriendo las consecuencias. Yo lo podría haber salvado, no solo se logra con fármacos, hay tratamientos más radicales como el electroshock que me han dado muy buenos resultados.La reunión terminó siendo desagradable y no viene al caso detallar aquí.Suele suceder en muchas profesiones, unos interesados repetir la lección para no dejar de ganar dinero, otros obsesionados por las incuestionables leyes, normas y dogmas impuestas en la sociedad, y en mi caso, interesado evitar el sufrimiento inútil del ser humano. Los geriatras somos, probablemente, los especialistas que estamos con mayor contacto en este proceso de la vida a la muerte, no somos inmortales y la muerte se debe de respetar. Evitemos el suicidio. Merecemos muerte digna.