Tengo que confesar que no entiendo de fútbol. Nunca he sabido explicar una jugada, discutir un fuera de juego o analizar un planteamiento. Quizá, por eso, y por respeto a mi profesión, nunca me he dedicado al periodismo deportivo; pero sí entiendo de pasión, de esfuerzo, de trabajo, de unidad, de justicia y, sobre todo, de felicidad.Tal vez, por eso, la noche del domingo quise ir a la Alameda Vieja no como periodista, sino como una jerezana más —aunque, reconozco que esta profesión nunca deja de acompañarnos, y de ahí nace esta inesperada columna—. Tras darle muchas vueltas a cómo quería vivir esta final, sentí la necesidad de vivir en la calle lo que hace dieciséis años disfruté de una forma muy distinta. Tenía ganas de volver a sentir esa emoción, pero esta vez compartiéndola con toda una ciudad.El Mundial de 2010 lo recuerdo en casa, con mi familia, con mis hijos pequeños. Aquella noche forma parte de esos recuerdos que el tiempo nunca borra. No solo porque España levantara su primera Copa del Mundo, sino porque cada uno guarda ese triunfo en un rincón diferente de la biblioteca de su memoria. Todos recordamos dónde estábamos, con quién lo celebramos y cómo nos abrazamos.Esta final sentía que tocaba vivirlo de otra manera. Confiaba en nuestra selección y sabía que la celebración estaba en la calle y que no me la podía perder.Y Jerez respondió frente a una Roja imparable.La Alameda Vieja se convirtió en el gran punto de encuentro. Una pantalla gigante, un DJ animando la espera y miles de personas compartiendo una misma ilusión. Había niños que no habían nacido cuando España conquistó aquel Mundial, padres que querían transmitirles ese sentimiento y muchos que, como yo, buscaban comprobar si dieciséis años después era posible volver a emocionarse igual.Lo era.Aunque no entienda de fútbol, fue evidente que España dominó el partido. También fue imposible no compartir la tensión, los nervios y el enfado en algunos momentos. Celebramos tres goles. Saltamos tres veces. Nos abrazamos tres veces. Dos fueron anulados, sí, pero nadie podrá borrar esos segundos en los que toda la Alameda creyó haber vuelto a tocar el cielo. Porque la emoción no entiende de VAR.Y al final llegó el gol de una victoria tan merecida como trabajada, construida desde el primer minuto sobre la unidad, el esfuerzo y unos valores que hacen de este equipo mucho más que un campeón.Pero si algo me llevo de esa noche no es solo un resultado. Me llevo el ejemplo. El de un equipo que nunca dejó de creer, que trabajó hasta el último minuto y que demostró que el talento solo alcanza su verdadera dimensión cuando va acompañado de esfuerzo y confianza.Al volver a casa, no pude evitar quedarme hasta altas horas de la mañana viendo las celebraciones en toda España. Plazas llenas, abrazos, familias enteras en la calle, sonrisas de madrugada. Y pensé que hacía tiempo que no asistíamos a una alegría colectiva de esta magnitud.Vivimos rodeados de noticias que hablan de incertidumbre, de crispación, de salud mental, de soledad y de una sociedad cada vez más dividida. Por eso noches como la de ayer tienen un valor que va mucho más allá del deporte. Nos recuerdan que todavía somos capaces de emocionarnos juntos, de abrazar a quien tenemos al lado sin preguntar quién es y de sentir que compartimos algo más importante que una victoria.Curiosamente, el Mundial de 2010 también llegó en uno de los momentos más difíciles para España, en plena crisis económica. Aquel verano nos regaló una alegría cuando más falta hacía.Hoy el contexto es diferente, pero la necesidad de buenas noticias quizá sea la misma. También ahora necesitamos momentos que nos recuerden que la felicidad compartida sigue existiendo, incluso en tiempos marcados por la polarización, la crispación política y los continuos escándalos de corrupción.Vuelvo a reconocer que no entiendo de fútbol, pero si del trabajo bien hecho y la alegría que despierta en todo un país. Y eso fue exactamente lo que vi en la Alameda Vieja."Dieciséis años después, España lo ha vuelto a hacer". Tengo que reconocer que ese era el titular que imaginaba desde que comenzó el Mundial. Porque siempre he creído en esta selección. Orgullosos. ¡Gracias!