Si a un aficionado al fútbol que no ha seguido el Mundial le dicen que el equipo que borró anoche del mapa a Francia es el mismo que hace un mes no sabía cómo superar a Cabo Verde lo hubiera negado tajantemente. Pero ya dijo Luis de la Fuente que hacía falta tiempo para que el equipo se engrasara y creciera. Y desde luego tras la exhibición que ofreció España ante la que hasta ayer era la favorita para ganar el Mundial se puede decir que la maquinaria de La Roja funciona a la perfección, a unos niveles que hacía tiempo no se veían en un grupo que quiere hacer historia en este 2026. Pocas veces en el mundo del fútbol una selección plagada de estrellas que llegaba lanzada a semifinales como Francia habrá recibido semejante lección de fútbol, de implicación y de convencimiento como la que le dio España en un partido inolvidable. Les Bleus sufrieron un colapso total en todas sus líneas porque el planteamiento de Luis de la Fuente se centró en dos cuestiones enlazadas, quitarles el balón para minimizar totalmente sus virtudes. Hasta ahora, los rivales de Francia habían quedado a merced de su pegada, de su potencial ofensivo. En Dallas, fueron los de Deschamps los que quedaron desfigurados por un equipo en mayúsculas que liderado por un magistral Rodri lo hicieron todo bien tanto en ataque como en defensa. El Balón de Oro español comenzó el Mundial bajo de revoluciones, lejos de su mejor versión que ante Francia apareció de forma estelar. Si hay que poner vídeos en las academias de fútbol de lo que es un líder sobre el terreno de juego se puede guardar el partido que hizo ayer el futbolista del City. Desde el primer momento se hizo dueño y señor de la parcela central, pero no solo eso. Fue el metrónomo encargado de mover a España tanto en la salida en ataque para superar a Francia como a la hora de dar equilibrio en defensa tras esa presión adelantada que tanto daño hizo a los de Deschamps. El equipo tenía muy interiorizada una cosa. Para empezar a difuminar a Francia era fundamental hacerlo desde la posesión. ¿Y cómo quitar el balón a los galos? Con una presión adelantada que les llevó a perder muchos más balones de los que está acostumbrado un rival de ese nivel. Esas pérdidas se sumaban a la superioridad que ejerció La Roja en el centro del campo, porque al liderazgo de Rodri se le unía la ayuda de Fabián, al que De la Fuente mantuvo en el equipo, y los apoyos de Oyarzabal y Olmo bajando al centro del campo. De este modo Francia era incapaz de activarse en ataque y eso provocó un dibujo de partido muy adverso para una selección acostumbrada a batir a sus rivales por su velocidad y contundencia. El gol de penalti de Oyarzabal sentó de maravilla a España. Lo que había sido un buen trabajo de contención se tradujo en la confirmación que necesitaba La Roja para ir sin freno a por el partido y hacia la final. Una de las virtudes de España en este Mundial ha sido su capacidad competitiva, pero es que lo de anoche en Dallas fue una masterclass de cómo se gana una semifinal a través de la convicción en una idea y del compromiso colectivo. Porque para ganar a Francia hacían falta todavía más cosas. Y España las tuvo. Esas coberturas en las bandas, con Baena y Lamine echando una mano a sus laterales, o la concentración que mantuvieron ese eje defensivo que forman Simón, Laporte y Cubarsí –un gol encajado en siete encuentros– provocaron que futbolistas como Mbappé o Dembelé, estrellas mundiales, apenas tuvieran incidencia en el encuentro. Pero si un futbolista de Francia evidenció todo lo bueno que hizo España anoche fue Olise, probablemente la revelación de la Copa del Mundo por su calidad y por todo lo que había aportado a su equipo hasta entonces y anoche cambiado a los 70 minutos porque estaba desaparecido en ese centro del campo imperial de España. Los cambios fueron otra evidencia de que La Roja tenía a Francia a su merced. Tras el relevo oligado de Saliba en la primera tarde, Deschamps efectuó los cuatro cambios restantes antes de que Luis de la Fuente moviera sus piezas desde el banquillo. El seleccionador bleu trató de activar a su equipo con todo, con futbolistas como Koné, Doué o Cherky, pero teniendo en cuenta que Francia solo disparó a puerta en los minutos de descuento es evidente que a España le dio igual qué jugadores estuvieran en el terreno de juego. Porque el segundo gol fue una obra de arte de Pedro Porro y La Roja se recreó en ese fútbol de tiralíneas donde siempre encontraba superioridades ante una Francia desconcertada. Después del enorme trabajo de desgaste que realizaron futbolistas como Oyarzabal o Fabián, De la Fuente insistió en el modelo de juego, en la idea, dando entrada a Ferrán, Merino y Pedri. ¿El resultado? Que España mantuvo bajo control la semifinal intentando hacer posesiones largas, escondiendo el balón y haciendo fácil lo difícil, que es dejar sin argumentos a una Francia desconocida ante lo inesperado. Lo resumió el seleccionador al finalizar el encuentro. «Hemos minimizado a una grandísima selección». Así fue. La mejor España pegó un golpe en la mesa que se escuchó en una Francia que quería celebrar a lo grande el 14 de julio y que se llevó una lección futbolística que tardará tiempo en olvidar. La Roja está de vuelta en una final mundialista tras ofrecer probablemente el mejor partido de fútbol, o el más completo, que se ha visto en esta Copa del Mundo. Queda el último paso, pero como decía el líder Rodri, «vamos a disfrutar antes de lo que hemos hecho».