Verano del 26: La Roja

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Los veranos bisiestos de fútbol corren en paralelo de dos años en otros dos, de manera que al río, a la playa y a leer novelas hay que añadir las épicas nacionales del fútbol y su supuesta posible despolitización cuando conviene, como con las olas de calor y sus incendios. Yo recuerdo que al principio de mis veranos, sin embargo, más que los incendios el problema era la procesionaria, aquel deambular parsimonioso y extraño de millones de orugas peludas que producían fuego a quien le tocaban y tenían color de llama. Luego empezaron a quemarse los eucaliptos de unas repoblaciones bastante ideológicas, y cayeron igual los pinos y todo lo que siguió. La verdad es que lo que más me interesaban eran las islas de los mares del sur o el cine de verano mismo.El fútbol se fue imponiendo y llegó al punto de cambiar el verano por el invierno, como el año de Qatar, en que Buenos Aires celebraba entre las romerías de Almagro de comienzo de verano y Europa, con bufanda y abrigo. Sí, Europa, el norte, está acostumbrada a que sea verano y la ideología de derecha extrema parece que vaya a querer sustituir incluso los colores: ya no dicen La Roja y por ese camino, iniciado por M. Rajoy, que no le gustan ni los diablos ni los rojos, aunque sean belgas, volvemos al bermellón de la dictadura o aprovechan para cambiar hasta la bandera y de paso restablecen el himno de Pemán: ¿quién no quiere cantar un himno en lugar de un tarareo a lo Darío Fo? No parece que puedan soportar que el rojo, desde que los colores representan y simbolizan, signifique el más alto poder y ha quedado en el rojo cardenalicio, por ejemplo. Sí, también advierte del peligro, ustedes mismos comprenderán.Roja era la sangre en las novelas de Salgari y, aunque no por ello, era más emocionante leerse una novela suya durante la siesta canicular que ver una de sus pelís, ya en la tele, todavía en blanco y negro. España estaba todavía atada con el hilo invisible de los complejos, en realidad nacidos de aquella dictadura de gestas de cartón, NO DO y demasiadas vidas malogradas. Entonces caía en nuestras manos la Rebelión en la granja y otro verano, La casa de los espíritus. España seguía triste y mustia, acomplejada y sin trofeos, pero con su Real Madrid y Franco en el palco, aunque solo fuera simbólicamente. Un Real Madrid que ayer no tuvo ni un jugador en La Roja. Puestos a decir, digamos: ¿y si así hubiera finalizado lo que parecía casualidad y ahora queda constatado?, que las periferias hacen grande a las Españas. El verano era el Trofeo Carranza, hoy ya no, en el que mi Athletic dejó escrita una larga historia. Ayer se vio una bandera de Andalucía en New Jersey.El tiempo me ha hecho disfrutar de determinados encuentros futboleros, sobre todo si tienen ese carácter aglutinante o más abiertamente político. Me emociona que un campeonato europeo espolee la discusión sobre el uso de la bandera: fue en Alemania. Qué la sábana pintada con “Las Malvinas son argentinas” indisponga al gobierno mileiniano y sacuda la consiguiente discusión en Reino Unido. Es divertido que salgan a decir que no se mezcle la política con el fútbol cuando en el fútbol se utilizan todos los símbolos políticos del Estado o la Nación: la bandera, el himno, las autoridades del Gobierno y del Estado; incluso la policía. Y, por supuesto, Hacienda.Ganado el Mundial volvemos a los fuegos, en lo que somos campeones europeos del verano y varios políticos que han practicado el austericidio con los medios de prevención y extinción de incendios convengan que Fortuna nos tiene manía. Volvemos a las olas de calor, que ya es una e indivisible, pero nada de cambio climático, por favor, que el tiempo está loco por lo menos desde que hay ascensores en los vecindarios.